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  • Inicio > Historias > Vuelta A La Infancia ¿Viaje Sin Retorno?
    2006-09-18
    )

    Vuelta A La Infancia ¿Viaje Sin Retorno?
    2006-09-18

    Nota previa:
    Rescato de la noche de los tiempos (bueno, de hace unos cuantos años) un artículo que publiqué en la revista ARTyCO, una experiencia cultural que fue, en el páramo navarro, un soplo de aire fresco que, como suele pasar con esos soplos, acabó muriendo, a pesar del empeño de sus promotores, Juan Zapater y Blanca Oria (buenas gentes, imparables...). Uno de los números trataba el tema del arte infantil, de la infancia: La mirada inocente. Nacho Zenborain lo mantiene en su web completo, con los otros artículos que conformaban el dossier. Yo lo había dado por perdido, u olvidado al menos por completo.

    Pero justo hace unas horas Joaquín Cid, responsable de dibujamos.com, me ha escrito recordándome ese texto, que quería incluir en una sección de escritores de esa deliciosa web en la que se intenta preservar un archivo casi imposible: el de los dibujos que hacen los chavales y que, normalmente, acabarán desapareciendo. También los cuentos que escriben los niños, además de muchas otras cosas relacionadas con ese mundo infantil. Da gusto encontrar que las tecnologías que permiten tanta basura son también una herramienta útil para proyectos tan necesarios como este.

    En fin, el artículo hablaba de viajes a la infancia y de recuerdos de la misma. La casualidad me ha hecho no sólo recuperar algo que ya no formaba parte consciente de mi biografía, sino además recordar a algunos amigos y buenos tiempos de propuestas y, sobre todo, descubrir dibujamos.com, uno de esos sitios en los que te puedes pasar horas viendo dibujos preciosos, llenos de colorido y de historias. Vamos, que ha merecido tanto la pena que no he podido sino aprovechar para contárselo.. Así que aquí lo dejo...




    Vuelta a la infancia ¿viaje sin retorno?

    I.
    Asociamos la inocencia con la infancia, la mirada del niño con aquella libre de convenciones, prístina, que interroga y se maravilla... lo virginal, acaso, que aún no tiene el pecado social de ser adulto viviendo en un mundo lleno de convenciones, correcciones más o menos políticas, excusas, mentira o hipocresía.

    Es una forma de verlo, por supuesto. Quiero decir: acaso lo que idealizamos realmente no exista. Desde la óptica del adulto consideramos al niño como algo casi idílico, pero ¿realmente lo es? Veamos: hagamos memoria de nuestra infancia, un juego un poco como si de una regresión hipnótica, esas tonterías tan de moda entre los tarados nueva-era, volver a esos años, a esas vivencias.

    Yo lo intento y lo cierto es que no me sale del todo. El niño que construyo en ese ejercicio es demasiado parecido a mi yo adulto, a mí mismo imitando un niño. Sí, tengo otra vez presente ese mundo donde todo estaba por descubrir; la escuela con su olor a pupitres y tiza; el patio del cole donde hacíamos gochos para jugar a las canicas, o los plátanos que nos servían de estación para nuestras tocatorres; sentarme a la mesa ante un plato lleno de sopa con la cañada flotando, el mantel de hule, los garbanzos humeando en la olla; leyendo el Can y Me o aquella historia de una guitarra llamada Blim que iba de un sitio a otro; las colecciones de cromos de naturaleza o aquellas que componían mapamundis, las de Bimbo; jugar y discutir con mis hermanos, bajar al parque a jugar a las chapas, el mono que en la casa de los gitanos del patio no paraba de chillarnos cuando nos acercábamos; irnos en cuanto podíamos en el break al monte, a la playa, dormir en una cama helada una noche oscura de semana santa en aquella fonda de doña Belarmina en Segovia; coger los cangrejos levantando las piedras del río Ayuda...

    Escenas que se suceden saltando de manera aparentemente inconexa en el tiempo, en el espacio, que atesoro en mi memoria. ¿Existieron realmente?

    Posiblemente no o, más correctamente expresado: casi seguro que de la manera en que las recuerdo no. La memoria humana es un proceso constructivo, no es simplemente un almacén de ficheros a la manera de un disco duro de un ordenador. Ya el mismo proceso de escritura de nuestra memoria entraña alteraciones: obviamente no es posible guardar recuerdo de todo, por lo que nuestra maquinaria cerebral selecciona, reordena, criba, todo ese mundo de fenómenos que es nuestra percepción de la vida.

    Pero una vez creado esa especie de paquete que dice, por ejemplo, “9 de noviembre de 1970”, tampoco acaba ahí la cosa. Ese archivo, junto con otros, se va mezclando, alterando, manteniendo. Son procesos constantes que lo mismo hacen que un día desaparezca (hay que hacer sitio para otras cosas) lo que vivimos ese día que nos lo cambian de lugar, o lo mezclan con otro día, otro lugar, o incluso otra persona. Porque nuestra memoria se alimenta de lo que oímos, lo que leemos, lo que vivimos, las memorias por lo tanto de otras gentes. Nuestras preconcepciones o nuestras ideologías van moldeando todo ello y al cabo de un tiempo todo ha cambiado. Recientemente se ha comprobado cómo en efecto nuestras memorias de sucesos anteriores se pueblan de detalles inexistentes, cambian conforme nuestra educación posterior... En verdad no podemos estar seguros de haber vivido aquello que creemos haber vivido.

    Por ejemplo, exageramos lo bueno, tendemos a olvidar lo malo. Algunos apuntan a que esto es algo que evolutivamente necesitamos para mantener un nivel de autoconfianza que nos permita seguir adelante. En esa reordenación de conexiones sinápticas, el mantenimiento de circuitos neuronales que es la memoria, tenemos mecanismos que intentan protegernos, una especie de guardián de nuestra autoestima.

    En definitiva, todo ello parece configurarnos una memoria de nuestra infancia (y por lo tanto, una generalización de lo que suele ser “la mirada del niño”) más idílica, más vestida por nuestras expectativas actuales de lo que realmente fue.

    Como contestaba no recuerdo qué escritor ante una pregunta de si le gustaría volver a vivir su infancia (sería alguien que acababa de publicar sus memorias, probablemente: lo siento, pero la mía, mi memoria, está plagada siempre de estos olvidos de nombres, citas, referencias...). Venía a decir, más o menos: claro, me encantaría volver a vivir mi infancia, mi adolescencia, pero sabiendo lo que sé ahora... no sólo ello me habría evitado cometer tantos errores, sino que además me habría permitido realmente disfrutar de algo que sólo ahora he valorado adecuadamente. [Escribo esto y dudo: ¿lo habré oído a alguien realmente o me lo imagino, por cuanto es algo con lo que me identifico? Misterios de la mente humana]

    Me da la sensación, por lo tanto, de que cuando invocamos la infancia, o su mirada, como algo que puede ser ejemplificante, o necesario, no hablamos de la infancia real, sino de una Arcadia que es mucho más adulta de lo que nos parece.


    II.
    Poseemos más de cien mil millones de neuronas en el cerebro humano adulto (y a partir de los 20 años este número va disminuyendo, al no renovarse suficientemente las que mueren). Los billones de conexiones que se establecen lo hacen en base a una programación genética, una base biológica escrita en nuestro genoma probablemente, que permite que desde el mismo feto se produzca un crecimiento ordenado, específico, y el establecimiento de interconexiones preciso para que esa estructura permita la complejidad de la mente humana: la percepción, el aprendizaje, la comunicación, la memoria, el pensamiento, la conciencia... El grado de complejidad es tal que durante la gestación se han de establecer las conexiones básicas, pero llegamos al nacimiento con el trabajo a medio hacer, o incluso menos: el peso del cerebro de un bebé es tan sólo una cuarta parte del de un adulto. Es el ambiente que rodea al recién nacido el que va a moldear ese proceso de crecimiento e interconexión, de maneras que aún distamos mucho de comprender, y que acaso nunca lleguemos a controlar.

    No es raro que casi nadie tenga memorias anteriores a los tres o incluso cuatro años: más aún, quienes dicen recordar hechos anteriores están muy posiblemente recreando hechos de los que a lo más habrán oído hablar posteriormente. Reproducir las acciones, la forma de entablar su relación con el mundo, de un niño pequeño es un ejercicio imposible para un adulto, salvo por la imitación consciente de un mundo al que no pertenecemos: sabemos demasiado, percibimos de manera diferente; nuestro cerebro, más rico en conexiones, es capaz de procesos impensables en el bebé.

    Conforme el proceso de maduración va convirtiendo a los niños en adultos, algo que realmente sólo es posible tras un periodo de estallido hormonal, en el que se cimbrean todas las bases bioquímicas del organismo, y por ende las cerebrales (o sea, la pubertad), la percepción del mundo se va acercando a la del adulto. La cuestión es: ¿podemos separar esa maduración biológica de la maduración llamémosle social (educación, entorno, pero también alimentación claro)? Quiero con ello decir que posiblemente el niño no sólo no tiene las ataduras de las convenciones de nuestra sociedad, esa hipocresía, ese falso mirar que uno pretendería abandonar al utilizar “una mirada infantil”, sino que además carece de la capacidad de ver muchas cosas, de percibirlas o sentirlas como pretende seguir haciendo ese adulto. De ahí la idealización que supone. El niño, realmente, lo hace de otra forma: no menos intensa, pero de una manera que a los ya adultos no nos será posible recrear fielmente.


    y III.
    Para acabar, lo cierto es que esa idea arcádica de mirar a la infancia como refugio de lo que realmente importa y es limpio refleja más bien un sentimiento de rechazo del adulto ante el mundo en que vive, y con el que no comulga. Acaso lo disfrazamos de vuelta a la infancia como autojustificación, por aquello de echarle la culpa de lo que somos a lo que nos ha pasado: lo que nos enseñaron y aprendimos, lo que nos ha tocado vivir (y padecer).

    Haciendo esto olvidamos (consciente o inconscientemente) que precisamente esa Historia también ha ido cambiándonos en un nivel biológico. Ese ideal rousseauniano de seres libres realmente que son niños no es sino un ideal perfectamente inexistente. No es posible un retorno a la infancia como tampoco es posible dar marcha atrás en el tiempo.

    En cierto modo, y haciendo un posiblemente injusto juicio de valor, esos intentos de los adultos de idealizar la infancia, de proponerla como código de conducta, o como objetivo intelectual, responden a la cobardía de enfrentarse a un conglomerado social con el que no estamos de acuerdo, pero con el que no vamos a luchar. Como una huida hacia adelante, intentamos huir hacia atrás. Que tal da.

    2006-09-18 02:11
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    Comentarios

    1
    De: Diego (MrDeejay) Fecha: 2006-09-18 03:54

    Bueno, yo quizas tengo la suerte de conservar bastantes dibujos que hice de mi infancia, algunos ya ni recordaba que existian.Incluso pensaba que ya se habian perdido para siempre, pero mis padres guardaron casi todos y el otro dia encontre no una, sino tres carpetas repletas.

    Siempre me ha gustado dibujar desde muy pequeño, no recuerdo desde que edad exactamente. Pero mi aficion vino al ver a mi padre hacer un par de dibujos y ciertamente no se le daba mal, y claro yole imite. Y asi hasta ahora.

    En fin quizas algun dia me anime a mostrar alguno (aunque me da mucho corte) incluso llegue a hacer algunas historietas de Mortadelo y Filemon inventadas por mi, ya que de pegueño era fan de Ibañez. :)



    2
    De: Mojamé Fecha: 2006-09-18 10:45

    Pescaílla, ya tarda usted en meterse con Ratzinger, a qué esta esperando?



    3
    De: Martin Pawley Fecha: 2006-09-18 11:00

    Estupendo artículo. Y me ha hecho mucha ilusión ver los nombres de Juan Zapater y Blanca Oria, básicamente porque mañana emprendo camino con dirección Donostia (Film Festival) ;-)



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