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    2003-02-26
    )

    Vivir Para Contarla
    2003-02-26


    Lo tenía pendiente, desde hace tiempo: colocar una entrada sobre el primer tomo de las memorias (autobigrafía acaso) de Gabo, de Gabriel García Márquez. Pero lo he ido dejando porque, tras acabar por primera vez el libro, un tanto perdido con tanto nombre (más dos apellidos casi siempre) de los personajes que aparecían por un lado y por otro, un poco abrumado al reconocerme completo desconocedor de la historia de Colombia en la postguerra mundial, pero sobre todo porque lo había leído ansioso, queriendo adelantar en la lectura, intentando descubrir en cada página nueva algo maravilloso (que es lo que pasa siempre que uno lee algo de alguien como Gabo) y de repente había llegado al final sin darme cuenta, bueno, nada más finalizar no pude sino volver a comenzar por el principio. Ahora sin las mismas sorpresas, pero descubriendo otras, me he permitido una lectura más sosegada. Y sigo enamorado. No tanto como con otros libros que han necesitado una tercera lectura, ya puramente viciosa, y eso es algo que achaco quizá a la edad, quizá a la premura que tiene que dar a un escritor ponerse a rellenar las cuentas de su propia vida, en un ejercicio que tiene algo de fúnebre, posiblemente en alguien como Gabo, tan supersticioso, de funesto.

    Merece la pena. Siempre merece la pena leer a García Márquez. Sobre todo el primer capítulo del libro (que ya había adelantado El País un tiempo atrás), con ese viaje a lo recóndito de su infancia, saltando entre épocas diferentes. El resto de la novela (porque novelada es la historia, en gran parte) no desmerece, simplemente es menos mágico, pero eso suele pasar siempre: el universo de la infancia tiene más recovecos que el de las edades adultas, cuando ya nos han enseñado a interpretar el mundo como un "mayor". En cualquier caso, las preocupaciones, las sinrazones, el ansia y hasta la inconsistencia de la personalidad de GGM están ahí, en "Vivir para contarla" expresados con una intensidad que simplemente le deja al lector subyugado. Uno querría haber vivido en esos pueblos, paseado por esas ciénagas, o selvas, haber estudiado con él o haber pasado noches de parranda sorteando el toque de queda en Cartagena, descubrir el periodismo con él en Barranquilla, ser tertuliano absorto en sus tertulias... Como eso no es posible, uno se contenta con leerlo todo. Y gozar.

    En mi segunda lectura he ido marcando algunos párrafos. De esos voy a transcribir algunos pocos. Necesito compartirlos con vosotros. (La numeración de páginas se refiere a la edición que tengo, del Círculo de Lectores)

    pg. 103

       No puedo imaginarme un medio familiar más propicio para mi vocación que aquella casa lunática, en especial por el carácter de las numerosas mujeres que me criaron. Los únicos hombres éramos mi abuelo y yo, y él me inició en la triste realidad de los adultos con relatos de batallas sangrientas y explicaciones escolares del vuelo de los pájaros y los truenos del atardecer, y me alentó en mi afición al dibujo. Al principio dibujaba en las paredes, hasta que las mujeres de la casa pusieron el grito en el cielo: la pared y la muralla son el papel de la canalla. Mi abuelo se enfureció, e hizo pintar de blanco un muro de su platería y me compró lápices de colores, y más tarde un estuche de acuarelas, para que pintara a gusto, mientras él fabricaba sus célebres pescaditos de oro. Alguna vez le oí decir que el nieto iba a ser pintor, y no me llamó la atención, porque yo creía que los pintores eran sólo los que pintaban puertas.
    pg. 197

       - Ven acá.
       Allá fui, y a medida que me acercaba, su respiración afanada iba llenando el cuerto como una creciente de río, hasta que pudo agarrarme del brazo con la mano derecha y me deslizó la izquierda dentro de la bragueta. Sentí un terror delicioso.
       - Así que tú eres hijo del doctor de los globulitos - me dijo, mientras me toqueteaba por dentro del pantalón con cinco dedos ágiles que se sentían como si fueran diez. Me quitó el pantalón sin dejar de susurrarme palabras tibias en el oído, se sacó la combinación por la cabeza y se tendió bocarriba en la cama con sólo el calzón de flores coloradas -. Éste sí me lo quitas tú - me dijo -. Es tu deber de hombre.
       Le zafé la jareta, pero en la prisa no pude quitárselo, y tuvo que ayudarme con las piernas bien estiradas y un movimiento rápido de nadadora. Después me levantó en vilo por los sobacos y me puso encima de ella al modo académico del misionero. El resto lo hizo de su cuenta, hasta que me morí solo encima de ella, chapaleando en la sopa de cebollas de sus muslos de potranca.
       Se reposó en silencio, de medio lado, mirándome fijo a los ojos y yo le sostenía la mirada con la ilusión de volver a empezar, ahora sin susto y con más tiempo. De pronto me dijo que no me cobraba los dos pesos de su servicio porque yo no iba preparado. Luego se tendió bocarriba y me escrutó la cara.
    pg. 279

       ...el libro lo imprimió la editorial Iberoamericana de Madrid, con una gran tirada y un lanzamiento estelar. Era empastado en cuero, con un papel excelente y una impresión impecable. Sin embargo, fue una luna de miel efímera, porque no pude resistir la tentación de hacer una lectura exploratoria, y descubrí que el libro escrito en mi lengua de indio había sido doblado - como las películas de entonces - al más puro dialecto de Madrid.
       Yo había escrito: 'Así como ustedes viven ahora, no sólo están en una situación insegura sino que constituyen un mal ejemplo para el pueblo'. La transcripción del editor español me erizó la piel: 'Así como vivís ahora, no sólo estáis en una situación insegura, sino que constituís un mal ejemplo para el pueblo". Más grave aún: como esta frase era dicha por un sacerdote, el lector colombiano podía pensar que era un guiño del autor para indicar que el cura era español, con lo cual se complicaba su comportamiento y se desnaturalizaba por completo un aspecto esencial del drama. No conforme con peinar la gramática de los diálogos, el corrector se permitió entrar a mano armada en el estilo, y el libro quedó plagado de parches matritenses que no tenían nada que ver con el original. En consecuencia, no me quedó otro recurso que desautorizar la edición por considerarla adulterada, y recoger e incinerar los ejemplares que aún no se hubieran vendido. La respuesta de los responsables fue el silencio absoluto.

    (se refería a la primera y no autorizada edición de La mala hora)

    En fin, otro día más.


    2003-02-26 03:05
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