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    El Continente Helado...
    2002-04-08

    TERRITORIOS, Ciencia/Futuro, miércoles 3 de abril de 2002
    Javier Armentia


    La noticia de que una parte de la banquisa antártica, en la barrera de Larsen, se ha desgajado en miles de fragmentos en las últimas semanas resulta sorprendente: solemos pensar que este continente helado no sufre cambios normalmente, y por ello, saber que una superficie de unos 3250 kilómetros cuadrados (algo más que el territorio de Álava), con un espesor de unos 200 metros, puede romperse y lanzarse al océano convertida en miles de icebergs, parece indicar un tipo de catástrofe que podría estar relacionada con el calentamiento del planeta. ¿Es eso así?

    En primer lugar, una de las primeras preguntas que ha surgido al hilo de esta noticia es si este hielo podría fundirse �que lo hará, conforme los fragmentos alcancen aguas menos frías- podría aumentar el nivel del agua del mar. Realmente, aunque estamos hablando de más de 700 billones de litros de agua contenida en ese hielo, se trata de un hielo que ya estaba flotando sobre el mar: la banquisa antártica es una envoltura helada en torno al continente, que está flotando. Por eso, al descongelarse, esa agua no ocupará más volumen del que ya ocupaba (como explica el teorema de Arquímedes que nos contaban en la escuela). Es cierto que, en el hipotético caso de que se fundiera todo el hielo antártico, el que está sobre la masa continental sí produciría un aumento del nivel de los mares. De hecho, se estima en que subiría unos 70 metros, anegando muchas de las costas habitadas en todo el mundo. Paralelamente, la propia Antártida se elevaría unos 1.000 metros, al perder esa capa de más de dos kilómetros de espesor de hielo que lo mantiene comprimido. Sin embargo, ni los escenarios más pesimistas de la evolución del calentamiento de nuestro planeta prevén una fusión completa de este continente. En cualquier caso, el desgajamiento de este banco de hielo sí podría tener que ver con el calentamiento global. Los expertos, sin embargo, no saben aún si ese calentamiento de la zona antártica se produce como resultado de la acción humana o realmente es un efecto a más largo plazo: la última glaciación tuvo su punto álgido hace unos 12.000 años, cuando se formaron estos gigantescos paisajes helados, y desde entonces, el periodo postglacial ha ido haciendo que disminuyera el hielo antártico. El problema está en que el ritmo podría estar aumentando, debido esta vez a la acción humana, no a los cíclicos periodos glaciales.

    Por otro lado, aunque el proceso haya sido muy rápido en su fase final, no ha sido tan repentino: los geólogos sabían desde mediados del decenio pasado que esta barrera Larsen B era inestable y que, tarde o temprano, iba a desprenderse. Los bancos de hielo que rodean la Antártida cambian a lo largo del año, con periodicidad estacional, debido al ciclo de congelación y descongelación que favorecen los cambios de temperatura. En el invierno antártico (de junio a septiembre), la superficie del continente blanco aumenta unos 20 millones de kilómetros cuadrados (casi cuarenta veces la superficie de España). Tampoco es la primera vez que parte de la banquisa se desgaja: en la zona cercana a la Península Antártica (la parte continental que queda al sur de Sudamérica), la barrera Larsen ha ido disminuyendo unos 30 km en los últimos 3 años. Otra barrera, la de Amery, se ha ido adentrando en el mar un kilómetro por año en los últimos 25 años.

    Los datos que se van obteniendo sobre la Antártida muestran que se trata de un terreno mucho más activo de lo que se esperaba: los campos de hielo están continuamente evolucionando, mandando decenas de kilómetros cúbicos de agua al mar cada año. Pero además, se ha podido ver evolucionar verdaderos ríos de hielo que recorren el continente antártico: estos glaciares suponen movimientos de hielo que van desde unos pocos metros por año a algunas corrientes realmente veloces, como la que alimenta el banco de hielo Filscher, que llega a moverse hasta un kilómetro cada año. Las corrientes de hielo de la Tierra de la Reina Maud, que llegan a tener más de 400 km de longitud, son monitorizadas continuamente para comprobar su evolución y poder conocer su antigüedad. Nadie sabe aún por qué se han ido generando. Y no son las más grandes: el Glaciar Recovery, en la zona oriental de la Antártida, es alimentado por un flujo helado de unos ochocientos kilómetros. Los geólogos están creando mapas de velocidades de estos flujos, con la intención de poder realizar un seguimiento más completo de la evolución de la principal reserva de agua dulce de nuestro planeta.

    A Vista De Satélite
    En gran parte de la cartografía antártica con más de diez años de antigüedad, esta amplio continente apenas tiene más detalles que los correspondientes a sus costas y alguna cadena montañosa: en su mayor parte aparece como una zona blanca uniforme. Sólo con el uso de satélites de observación, como el RADARSAT que Estados Unidos y Canadá pusieron en órbita a finales de 1995, se ha podido realizar una cartografía adecuada, que además está permitiendo comprobar la existencia de cambios en todas las escalas: no solamente los hielos costeros, sino los ríos de hielo y glaciares, además de situar adecuadamente todos los accidentes geográficos, que hasta entonces sólo se podían cartografiar desde tierra o con misiones aéreas que dependían de la climatología, normalmente muy adversa.

    A finales del años 2000 concluyó el proyecto AMM-2 (Misión del Mapa Antártico) que ha proporcionado a los expertos el marco de referencia, mediante un mosaico de varias decenas de miles de imágenes obtenidas con el radar del satélite. Al ser imágenes radar, no fotografías, se recogen, aparte de la topografía, las características del tipo de hielo: por ejemplo, al hielo que sufre alteraciones estacionales resulta más brillante que el que permanece desde hace miles de años inalterado. Tras el AMM-1, la continuación de esta cartografía está proporcionando a los geólogos un mejor conocimiento de la evolución en el tiempo de la capa de hielo, de manera que empieza a ser posible prever con tiempo la disgregación de nuevas barreras de banquisa o la suelta de icebergs.

    Enlace: La página del RADARSAT
    La página del Antarctic Mapping Project

    2002-04-08 20:36
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