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    Viernes De Eclipse (#MILENIO @NoticiasNavarra) #eclipse20M
    2015-03-16

    Publicado el lunes 16 de marzo de 2015 en MILENIO - Diario de Noticias

    Hace casi diez años que desde estos pagos no hemos visto a la Luna pasearse por delante del Sol. Así que comprenderán que los que solemos estar mirando para arriba estemos con muchas ganas de que las nubes nos dejen ver el eclipse solar del viernes. Cierto que no tendremos noche en pleno día, porque no veremos un eclipse total (no por aquí hasta el 12 de agosto de 2026, paciencia entonces). Pero será una buena señal para acabar el invierno. De esas cosas que no nos cambian la vida, que no nos afectan y que, sin embargo, convocan a mucha gente quizá por eso mismo, porque estamos un poco hasta más arriba de la coronilla del eclipse de la razón y la decencia a que nos tienen sometidos etcétera. No haré más analogías: no las merecen los chorizos de turno. Pero, como en otras ocasiones he querido comentar, resulta curioso cómo un baile complejo de la Tierra, la Luna y el Sol se convierta por aquello de las casualidades en un momento mágico, como aquel que comentó hace poco más de 100 años Juan Ramón Jiménez: “Al ocultarse el sol que, un momento antes, todo lo hacía dos, tres, cien veces más grande y mejor con sus complicaciones de luz y oro, todo, sin la transición larga del crepúsculo, lo dejaba solo y pobre, como si hubiera cambiado onzas primero y luego plata por cobre.”

    Unos años antes, en 1860, un niño que se llamaba Santiago Ramón y Cajal se sorprendió con la precisión comprobada de los cálculos astronómicos de un eclipse total de Sol, cuando nadie podía prever la caída de un rayo que, unos meses antes, había matado al párroco del pueblo. Me encantan los eclipses por las grandes personas que se enamoraron del mundo al ritmo de esos juegos del escondite celeste. Y porque cada vez que puedo ver uno nuevo renuevo ese contrato con el conocimiento y la ciencia. Romántico que es uno...

    NOTA: El texto completo de Cajal está en el Cervantes Virtual, corresponde al capítulo IV de "Recuerdos de mi vida".
    El tercer acontecimiento que me produjo también efecto moral importante, fue el eclipse de sol del año 60. Anunciado por los periódicos, esperábase ansiosamente en el pueblo, en el cual muchas personas, protegidos los ojos con cristales ahumados, acudieron a cierta colina próxima, desde la cual esperaban observar cómodamente el sorprendente fenómeno. Mi padre me había explicado la teoría de los eclipses, y yo la había comprendido bastante bien. Quedábame, empero, un resto de desconfianza. ¿No olvidará la luna la ruta señalada por el cálculo? ¿Se equivocará la ciencia? La inteligencia humana, que no pudo prever la caída de un rayo en mi escuela, ¿será capaz, sin embargo, de predecir fenómenos ocurridos más allá de la tierra, a millones de kilómetros? En una palabra: el saber humano, incapaz de explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra vida y nuestro pensamiento, ¿gozará del singular privilegio de comprender y vaticinar lo lejano, aquello que menos puede interesarnos desde el punto de vista de la utilidad material? Claro que estas interrogaciones no fueron pensadas de esta forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis sentimientos de entonces. Es justo reconocer que la casta Diana acudió a la cita, cumpliendo a conciencia y con admirable exactitud su programa. Parecía como que los astrónomos, además de profetas, habían sido un poco cómplices, empujando la luna con las palancas de sus enormes telescopios hasta el lugar del cielo donde habían acordado ensayar el fenómeno. Durante el eclipse, hízome notar mi padre esa especie de asombro y de indefinible inquietud que se apodera de la Naturaleza entera, acostumbrada a ser regulada en todos sus actos por el acompasado ritmo de luz y de obscuridad, de calor y de frío, resultante del eterno girar de la tierra. Para animales y plantas, el eclipse parece constituir un contrasentido, algo así como inexplicable equivocación del mecanismo cósmico, distraído de los perennes intereses de la vida. Se comprenderá fácilmente que el eclipse del 60 fuera para mi tierna inteligencia luminosa revelación. Caí en la cuenta, al fin, de que el hombre, desvalido y desarmado enfrente del incontrastable poder de las fuerzas cósmicas, tiene en la ciencia redentor heroico y poderoso y universal instrumento de previsión y de dominio.

    2015-03-16 17:22
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