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  • Inicio > Historias > La Astrología, Esa Antigua Compañera
    2015-09-25
    )

    La Astrología, Esa Antigua Compañera
    2015-09-25

    Hace unos meses la SOCIEDAD ESPAÑOLA DE BIOQUÍMICA Y BIOLOGÍA MOLECULAR publicó un dossier especial sobre pseudociencias dirigido por José María Riol. Un buen conjunto de artículos amenos y clarificadores sobre el tema lo componen y se puede encontrar en la web de la SEBBM

    Mi pequeña contribución al dossier tenía como tema la astrología. Y aquí os la pongo. Me he acordado de que no lo había dejado por aquí ahora al ver una encuestra realizada por Pew Research Center en EEUU ("A Look at What the Public Knows and Does Not Know About Science") en donde concluían que sólo el 73% de los encuestados eran capaces de distinguir entre astrología y astronomía. Como comento en el artículo no implica esto más que cierta desidia y que la gente cae en el error de una paronimia que induce a error. Astrología y Astronomía suenan parecido, a pesar de que la primera es un timo y la segunda una ciencia. Por el blog hemos recogido errores de confusiones de este tipo a cascoporrro en los medios de comunicación. Y reconozco que yo mismo los he cometido más de una vez aunque indudablemente se qué son cada cosa. Precisamente en el artículo comento algo de las investigaciones al respecto de Nick Allum: la gente no toma al horóscopo por algo científico tanto como "la astrología". Y es que astrología comparte una etimología que la pone del lado de la ciencia, con biología, geología y un largo etéctera. Quizá entonces el error es seguir hablando de astrología y no desterrar el término para usar "adivinación con horóscopos" para que se note a qué nos referimos.

    Bueno, dicho esto, aquí el tocho, que también está en la web.

    La astrología, esa antigua compañera

    Javier Armentia Fructuoso

    La creencia en el influjo de los planetas y las estrellas fue desde los comienzos del pensamiento racional –y posteriormente el científico– uno de los campos de batalla más evidentes. Pero aunque todas las afirmaciones astrológicas quedaban desbaratadas, su popularidad nunca disminuyó. En este artículo exploramos la razón de esta suspensión del juicio crítico ante la fascinación de los horóscopos.

    H
    ace 25 años, 258 astrónomos y otros científicos españoles suscribimos un manifiesto titulado Objeciones a la astrología, que en su versión en inglés había sido apoyado un decenio antes por casi 200 científicos, de entre ellos 20 premios Nobel. Era una toma pública de postura ante la sociedad de quienes más conocían del Universo y más implicados estaban en avanzar el conocimiento científico. Pero no sirvió de mucho porque nadie dejó de leer el horóscopo, o al menos de tolerarlo. Y socialmente hemos seguido aceptando que el signo zodiacal, por poner un ejemplo banal, siga siendo incluido entre los datos de un personaje público al que se va a entrevistar. La misma agencia de prensa oficial española, EFE, ha venido incluyendo una «caracterización» astrológica, también numerológica, con cada nacimiento de la Casa Real. 

    «Todos conocen algo, o mucho, del zodíaco... pero no está transmitido en el sistema educativo formal, sino que se perpetúa a través de la educación en la familia y con la colaboración (complicidad) necesaria de los medios de comunicación.»
    ¿Sabe el lector cuál es su signo zodiacal, ya que estamos? ¿Y alguna característica que se suele describir asociada a ese signo? ¿Sabe algún otro signo de alguna persona cercana? A los estudiantes que vienen al Planetario de Pamplona solemos proponerles estas preguntas, que muestran la popularidad y aceptación social de la cosmovisión astrológica (por decirlo de alguna manera). Y todos conocen algo, o mucho. No ha sido parte de su currículo en la escuela, no está transmitido en modo alguno en el sistema educativo formal: es perpetuado a través de la educación en la familia y con la colaboración (complicidad) necesaria de los medios de comunicación.

    En el año 1990, el manifiesto astronómico se declaraba beligerante ante este hecho: 

    «Imaginábamos, en estos días en que la cultura y la educación se encuentran muy difundidas, que sería innecesario desenmascarar creencias basadas en la magia y la superstición. Con todo, la aceptación de la astrología es cada vez mayor en la sociedad moderna. Estamos especialmente inquietos por la continuada proliferación de cartas astrales, predicciones y horóscopos por los medios de comunicación social tanto visuales como escritos. Esto solo puede contribuir al crecimiento del irracionalismo y el oscurantismo. Creemos que ha llegado el momento de rechazar vigorosamente las afirmaciones pretenciosas de los astrólogos charlatanes.»1

    A poco de la publicación del manifiesto, que fue acogido al menos con interés por los medios de comunicación de la época y generó cierto debate, sin embargo, un personaje estrafalario que se promocionaba como futurólogo y astrólogo, con el nombre artístico de Rappel, conseguía un espacio en la televisión pública en el que aconsejaba a las personas que llamaban consultándole, un anticipo del fenómeno similar que existe un cuarto de siglo después en casi todas las cadenas de televisión digital por la noche.

    ¿Es respetable la astrología?

    La 23ª edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española sigue definiendo laastrología como el «estudio de la posición y del movimiento de los astros, a través de cuya interpretación y observación se pretende conocer y predecir el destino de los hombres y pronosticar los sucesos terrestres». Realmente, los astrólogos en la actualidad disponen de herramientas que calculan esa proyección simplificada del cielo que conocemos popularmente como horóscopo

    Miniatura del libro Très riches heures du Duc de Berry, c. 1412, donde se muestra la correspondencia entre diferentes órganos del cuerpo y los planetas que influyen sobre ellas. La astrología médica se mantuvo incluso hasta el siglo XVIII, posiblemente por la gran ignorancia sobre la enfermedad y su cura (Musée Condé, Chantilly, Francia)

    La astrología se centra principalmente en la interpretación de las diferentes posiciones relativas de algunos planetas con respecto a las posiciones marcadas del zodiaco. No las constelaciones zodiacales, realmente, las que están en el cielo, sino una versión que esencialmente no ha variado en los últimos cuatro mil años (a pesar de los movimientos de precesión del eje de rotación terrestre que hace que esas posiciones zodiacales cambien), y usando herramientas que no han sido nunca puestas en cuestión o adaptadas a la realidad. No es una ciencia por lo tanto, sino un conjunto de saberes dogmáticos que, sin embargo, funciona. Aunque sea como negocio o creencia popular.

    Nick Allum, de la Universidad de Essex (Reino Unido), ha analizado en los últimos años la percepción social de la astrología2 y su popularidad entre sectores amplios de la población europea. Su trabajo ha intentado comprobar si el fenómeno se debe a un analfabetismo científico que hace que los ciudadanos sean incapaces de distinguir ciencia de pseudociencia, o si, como apuntaron algunos filósofos como Adorno, algunas creencias se mantienen como respuesta a los dogmas autoritarios aceptados socialmente. Según algunos expertos, las creencias alternativas y pseudocientíficas se dan más en personas no autoritarias, entendiendo esto como personas no adscritas a creencias religiosas o ideológicas arraigadas. El auge de las pseudomedicinas o de la adivinación de todo tipo, médiums y demás en España, por ejemplo, se habría producido como una cierta reacción de rechazo al dogma nacionalcatólico de la dictadura franquista.

    Aun siendo en parte cierto que entre los ciudadanos con mayor nivel cultural y conocimiento de la ciencia la consideración de que la astrología es una disciplina seria es menor, y aunque existe ese factor social del dogma señalado por Adorno, hay un factor importante y que aparecía en las encuestas cuando se comparaba la creencia o respetabilidad de la «astrología» frente a la del «horóscopo». La interesante conclusión de Allum es que el término «astrología», con cercanía semántica no solo a «astronomía», sino también a la denominación habitual de las ciencias (geología, biología, psicología, etc.) es percibido como más serio que «horóscopo».

    ¿Funciona entonces simplemente por una cuestión de nombre?

    No realmente. Lo más interesante de los numerosos estudios que se han realizado en los últimos 40 años sobre cómo la gente cree que la astrología funciona (para caracterizar personalidades o definir tendencias, para establecer afectos o incluso para pronosticar movimientos sociales o económicos) simplemente porque habitualmente establece afirmaciones vagas que el cliente personaliza y adecúa a su propia percepción. Es el chicle psicológico o efecto Barnum que opera también en todo tipo de adivinación, desde la lectura de manos o el tarot a las sesiones mediúmnicas. 

    Se han señalado además otros efectos conductuales que permiten hacer que tanto los clientes como incluso los practicantes acaben convencidos de que la práctica astrológica funciona. Por un lado hay una validación ilusoria y un claro sesgo: uno va a recordar aquello que ha funcionado y minimizar el error, pero además se ha comprobado cómo los recuerdos de las sesiones de este tipo de adivinación se recuerdan sistemáticamente con detalles precisos que realmente no existieron de verdad. La predisposición a la creencia, además, realimenta el proceso, de la misma manera que lo hace el que se pague por ello y el miedo a ser tomado, si uno se siente timado, por tonto y socialmente relegado. 

    Los psicólogos añaden efectos procrusteanos, mediante los cuales el cliente es forzado a encajar en la carta. En diversos tests se ha comprobado cómo funciona así. Posiblemente el más notable fue el publicado en 1985 en la revista Nature por el físico Shawn Carlson,3 con un test de doble ciego donde se comprobaba que los clientes eran incapaces de distinguir una caracterización astrológica hecha sobre la base de su carta natal por un astrólogo (seleccionado por la American Astrological Association) de una tomada al azar. En otros estudios se ha comprobado que, cuando se presenta una carta como la verdadera, sistemáticamente es puntuada como más acertada que otra que se presente como falsa (aunque en la aleatorización de la prueba se haya podido cambiar el texto). Más aún: ni los propios astrólogos eran capaces de casar los horóscopos con los resultados de tests estándar de personalidad elaborados por psicólogos. 

    Aunque parezca mentira se han realizado numerosas pruebas de las afirmaciones astrológicas y se han refutado casi todas. Por ejemplo, con datos del censo del Reino Unido del año 2001, el sociólogo de la Universidad de Manchester David Voas comprobó con datos de 10 millones de matrimonios cómo los signos zodiacales de las parejas se repartían al azar, a pesar de que casi todo el mundo (no solo los astrólogos) está convencido de que hay ciertos signos más o menos compatibles.

    Objeciones clásicas

    Por supuesto, la crítica tradicional a la astrología (un buen resumen al respecto se puede encontrar en el dossier que preparó el astrofísico Miguel Ángel Sabadell para ARP Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico)4 explica cómo no hay mecanismo físico posible para una influencia astral que solo tiene en cuenta ciertos planetas o, mejor dicho, las posiciones simplificadas de ciertos planetas y sus relaciones angulares conforme una visión del Universo geocentrista y parcial. Ningún astrólogo en la historia notó que había dos planetas como Urano o Neptuno, descubiertos mediante la ciencia astronómica y usando el telescopio, a pesar de que son usados habitualmente –tras su descubrimiento– por los astrólogos para hablar de largos ciclos socioeconómicos.

    Ilustración del modelo geocéntrico de Ptolomeo, del cosmógrafo portugués Bartolomeu Velho, 1568 (Bibliothèque Nationale, París, Francia)

    Igualmente, Plutón fue incorporado a los horóscopos a partir de 1930, el año en que fue descubierto por Clyde Tombaugh, astrónomo. Asimismo los nombres de las constelaciones o sus formas responden simplemente a tradiciones culturales que son distintas en diferentes partes del mundo y que no tienen nada que ver con un Universo en el que algunas estrellas que forman parte del mismo dibujo zodiacal pueden ser cientos de veces más pesadas, decenas de miles de veces más luminosas o miles de veces más lejanas que otras. La astrología, si algo ha quedado claro, es que no tiene nada que ver con el cielo.

    Se suele intentar justificar el que el corpus teórico de la astrología sea erróneo y parcial y no haya evolucionado apenas en más de 20 siglos de uso popular, en que realmente la astrología funciona en una clave no mecanicista. A lo largo del siglo XX, diversos movimientos irracionalistas han abrazado diversas formas de justificación de la astrología: en unos casos como arquetipos que entroncan con una cierta espiritualidad o humanismo, en otros como supuestas resonancias que podrían venir, quién sabe, de la propia naturaleza cuántica de la naturaleza. Sin embargo, la parsimonia metodológica nos debería alertar de que no conviene crear hipótesis o construcciones aparatosas ad hoc para justificar algo que, por un lado, se sustenta en creencias y falibilidad de la percepción y la memoria humana, y en el otro sigue sin funcionar en el fondo a pesar de la popularidad.

    «El sofista Carnéades en el siglo II antes de nuestra era ya planteó tres cruciales objeciones, que han pasado a la historia porque nunca han podido ser adecuadamente respuestas por la creencia en la influencia de los astros.»
    Y es que a este respecto conviene rescatar las críticas que el filósofo sofista Carnéades hacía a la astrología en el siglo II antes de nuestra era. En aquella época estaba de moda en Grecia la astrología, proveniente de Mesopotamia, donde la observación del cielo, de los movimientos y aspectos de los astros que se movían respecto de las estrellas fijas había permitido la elaboración de precisos calendarios, el desarrollo de sistemas de orientación, y toda una geometría que unía los cielos y la tierra. Era imposible no pensar que ese poderoso conocimiento nos daría también el poder de predecir los asuntos humanos. A Carnéades las verdades eternas no le gustaban, opinaba que el destino no está grabado en los cielos. Y el fatalismo le resultaba intolerable, al negar la libertad humana. Así que como los astrólogos levantaban la carta natal de un niño recién llegado al mundo pretendiendo que ese diseño de las mecánicas celestes sería capaz de decir algo fundamental sobre cómo sería, qué le sucedería o cómo actuaría, Carnéades se opuso planteando tres cruciales objeciones, que han pasado a la historia porque nunca han podido ser adecuadamente respuestas por la creencia en la influencia de los astros.

    (1) ¿Por qué tienen una vida tan diferente el príncipe recién nacido en el palacio y el hijo de la cocinera que nació esa misma noche en las cocinas del mismo palacio? Los astrólogos nos han asegurado que ambos comparten cielo y horóscopo, pero su realidad social y económica será mucho más importante que ningún pretendido designio astral. 

    Es cierto que algunos estudios han mostrado que no es lo mismo nacer antes del verano que antes del invierno en las regiones de latitudes templadas donde hay cambios climáticos y de luz de tipo estacional. El niño nacido de cara al buen tiempo pasará más tiempo en sus primeros meses de vida fuera de casa, en un entorno más rico que, acaso, podría afectar algo a su desarrollo, al menos comparándolo con uno que nació antes del invierno. Pero el orden dentro de la familia, ser el primero o el último de varios hermanos, está mucho más relacionado con diversas dimensiones de la personalidad, y eso no tiene nada que ver con la hora o el día de nacimiento.

    Ilustración del tratado astrológico de Abū Maʿshar De Magnis Coniunctionibus (Venecia, 1515)

    (2) ¿Por qué se parecen más dos tracios entre sí aunque nazcan en diferentes días, o dos judíos, que un tracio y un judío nacidos el mismo día en Atenas? Carnéades no sabía de genética, pero todos sabemos que en parte nuestro destino está escrito por pertenecer a un grupo social y étnico. Las dos primeras preguntas de Carnéades muestran que, por mucho que se quieran inventar influencias astrales, los genes, la cultura y la economía marcan más el devenir de los asuntos humanos. Le podremos echar la culpa al cielo, pero es más que nada para despistar.

    (3) ¿Tenían todos los que murieron en aquella batalla el mismo horóscopo avisando de su muerte? La idea de que podemos conocer el destino interpretando una fotografía del cielo resultaba ya hace dos mil años absurda, como aprendemos de Carnéades. Sin embargo, la persistencia de esta creencia, contra todo pronóstico, muestra cómo realmente los humanos estamos en el fondo deseosos de poder sucumbir al embrujo de los astros, al menos de la creencia en que, escrutando los movimientos celestes podemos saber qué nos depara el futuro.



    Notas

    1.  El texto completo del manifiesto se puede leer en la página de ARP Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico: http://www.escepticos.es/node/3909.
    2.  Por ejemplo, Nick Allum en «What makes some people think astrology is scientific?» (Science Communication 2010: 1-26). Disponible en http://ssrn.com/abstract=1860385.
    3. Véase Carlson Shawn: A double-blind test of astrology. Nature 1985; 318 (6045): 419-25. Disponible en: http://muller.lbl.gov/papers/Astrology-Carlson.pdf.
    4. «Dossier sobre Astrología: ¿Está escrito en las estrellas?», a cargo de ARP Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico. Se puede consultar en www.escepticos.es/.

    Javier Armentia Fructuoso

    Astrofísico y ex profesor de Astrofísica en la Universidad Complutense de Madrid
    Divulgador científico

    Director del Planetario de Pamplona 

    2015-09-25 09:12
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    Comentarios

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    De: Albert Fecha: 2015-10-08 18:30

    Decía el genial Jaume Perich: “La astrología es la ‘ciencia’ por la que un imbécil llega a creer que es imbécil por culpa de las estrellas”
    Saludos.



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