2026-06-08

Campanadas de eclipse (una iniciativa abierta)

2026-06-08 · 16:51
Por si a alguien le puede interesar, la Asociación de Campaneros de Navarra ha creado unos repiques para el eclipse: uno para anunciar el comienzo de la parcialidad (que se invertiría para el final si no fuera porque en 2026 el ocaso solar es antes y ya no vemos el Sol) y otro para prevenir de la totalidad (que funciona a modo de avisar que es seguro ver el Sol sin protección) y que también se invierte al acabarse la fase de totalidad.

Como he comentado en Mastodon habrá un aviso:
"Se acerca ya..." (repetido)

para marcar el comienzo de la parcialidad y en el minuto previo a la totalidad las campanas tañerán:
"Comienza el eclipse ya
el eclipse ya
llega ya
ya
ya..."


(los textos ayudan a la campanera a recordar el repique).
Al salir de la totalidad sonará el mismo repique pero invertido en el tiempo.


¿Por qué esto? Las campanas han sido, especialmente en los pueblos, en esa España despoblada que se verá invadida por el eclipse, el aviso, la alerta, la llamada que además, tenía su significado. Mucha gente recordará de ese toque "ten-te-nu-blo" de cuando llegaba la tormenta. Las campanadas a muerto, las alertas de incendio. Por lo que me han contado, no existe registro de un toque de eclipse. Tiene su lógica: un fenómeno tan poco habitual no llegó a generar la necesidad de un repique propio. Pero la Asociación de Campaneras y Campaneros de Navarra se animó a pensar en que un eclipse bien merece su campanada propia. ¿No se para el país aún con los doce toques de la nochevieja? Hace unos años, la misma asociación, con la Fundación Clima, propuso, con el proyecto Campanas por el Clima, usar las campanas cuando la predicción meteorológica anuncia calores extremos u otros fenómenos extremos relacionados con el clima. Así que el contexto nos indica que bien merece la pena.

Aún no tenemos una grabación y los datos de estos repiques, pero los pondrán en la propia web del Ayuntamiento de Lerín, que es donde hoy hemos presentado la iniciativa, dentro de las actividades de las X Jornadas de Astroturismo Lerín Tierra Estrella: (+info en la web municipal)

La noticia la comentan en Navarra TV: El eclipse solar suma iniciativas en Lerín.

2026-06-03

Marchando una de eclipses

2026-06-03 · 15:46

0. Prefacio


Desde hace unos meses me ha tocado hablar de esto de los eclipses de Sol, sobre todo pensando en el trío ibérico pero especialmente en el #eclipse del 12 de agosto de 2026. Ante diferente tipo de audiencias, en circunstancias diversas, centrándome más unas veces en la historia, otras en los mitos, alguna en la ciencia. Me he sentido a veces como el cocinero al que le deicen desde la barra "marchando una de eclipses" y tú te ves preparándolo todo y poniendo la ración en el plato.

Bien, aquí un poco la ración resumida. Uso a menudo alguna presentación de google, como esta que hace unos días empleé en Salas de los Infantes.



Por cierto que la metieron por internet así que se puede ver en el tutubo.



Bueno, he sacado una transcripción del texto, por si acaso, que siempre las letras escritas aguantan más todo. Esto es lo que viene (atención que es un poco largo: la charla viene a durar una hora, así que imagina. Así en lectura es menos tiempo, en todo caso.)


¡Marchando una de eclipses! Por Javier Armentia


1. El asombro bajo la bóveda celeste: la llamada del eclipse

Siempre me vengo arriba desde el principio cuando tengo que hablar del cielo. Hay algo profundamente magnético en la bóveda celeste que nos apela de manera directa, un instinto atávico que nos empuja a levantar la mirada. Es un placer inmenso estar aquí un viernes por la tarde, rodeado de tanta gente con ganas de mirar al firmamento, a pesar de que este cambio repentino de tiempo nos ha pillado a todos un poco desprevenidos. Yo mismo ando algo acatarrado por esta transición brusca de estaciones que en Pamplona nos ha llevado de golpe de la calefacción al abrigo, y sé de buena tinta que a muchos de vosotros os apetecería más estar paseando tranquilamente ahí fuera, envueltos en los maravillosos «pelusones de los chopos» —esas semillas algodonosas de los álamos que flotan en el aire de Salas de los Infantes como nieve de primavera—, que metidos en un teatro. Pero os aseguro que la ocasión lo merece. Hoy nos convoca algo verdaderamente grande: vamos a hablar de eclipses.

Un eclipse total de Sol es, sin duda, uno de los espectáculos más imponentes que la naturaleza puede ofrecernos. Se suele decir que el que más nos sobrecoge, por encima de la primera vez en que vemos una aurora boreal... Sin embargo, a menudo me asalta un cierto temor de que las cosas que digo con entusiasmo queden registradas para la posteridad y que luego, al cabo del tiempo, se me devuelvan como algo ridículo o que causa pudor. Como llevo hablando de esto unos cuarenta años, sé de que hablo. Es un peaje inevitable para quienes nos dedicamos a contar la ciencia con pasión. Pero es que un eclipse es un acontecimiento que pone a prueba no solo nuestra capacidad de observación, sino también nuestra propia madurez como sociedad y la calidad de nuestra comunicación científica. El cielo no necesita ser presentado con exageraciones sensacionalistas, ni como una amenaza apocalíptica, ni como un milagro irrepetible de tintes mágicos. El fenómeno es, por sí mismo, de una belleza y una precisión matemática tan extraordinarias que cualquier intento de adornarlo con alarmismos o infantilismos solo consigue desvirtuarlo.

Hace poco, el Science Media Centre España me pidió que recopilara las últimas investigaciones científicas sobre qué es exactamente lo que sentimos los seres humanos al presenciar un eclipse total de Sol. Los resultados de estos estudios psicológicos y sociológicos son fascinantes. Lo podéis leer aquí: “Único, extraño, sobrecogedor”: qué se siente al vivir un eclipse total de Sol. Todos los relatos históricos y contemporáneos coinciden en tres adjetivos: la experiencia es descrita de forma sistemática como algo único, extraño y sobrecogedor. El psicólogo Dacher Keltner, director del Berkeley Social Interaction Lab de la Universidad de California, publicó un revelador estudio sobre la psicología del asombro —lo que en inglés denominan awe—. Keltner describe el asombro como una poderosa maquinaria de origen evolutivo que conmueve al ser humano, transformando su percepción de la realidad, haciéndolo más cooperativo y, en última instancia, mejor persona. El asombro nos descentra del "yo" egoísta para sumergirnos en el "nosotros" colectivo.

Durante el gran eclipse que cruzó los Estados Unidos en 2017, un equipo de la Universidad Johns Hopkins liderado por el psicólogo Sean Goldy analizó millones de publicaciones en la red social Twitter (hoy X) antes, durante y después del evento. El análisis de lenguaje natural reveló un patrón asombroso: en las horas próximas a la totalidad, el uso de términos relacionados con la sorpresa, la gratitud, el cariño y la empatía se disparó de forma inaudita. Pero el cambio más significativo fue gramatical: la gente dejó de usar el pronombre «yo» para empezar a utilizar el «nosotros». Nos volvimos más conscientes de nuestra pertenencia a un colectivo, más humildes ante la escala del cosmos y más conectados con quienes compartían el momento. Lamentablemente, el estudio también demostró que este efecto de comunión social es efímero; apenas veinticuatro horas después del eclipse, los usuarios volvieron a sus dinámicas habituales de polarización y egocentrismo.

Esto nos demuestra que un eclipse trasciende por completo la física de órbitas y la mecánica celeste. Es un catalizador de emociones colectivas, un espejo de la situación política y cultural de cada época. Los antropólogos de la Universidad de Belgrado Ivan Kovačević y Danijel Sinani estudiaron este fenómeno comparando cómo reaccionó la población de la capital serbia ante dos eclipses solares muy distintos: el de 1961 y el de 1999. En 1961, bajo el régimen comunista yugoslavo, las autoridades e instituciones científicas informaron minuciosamente a la población. El eclipse se vivió en las calles con una inmensa curiosidad festiva y un gran espíritu de descubrimiento. En 1999, sin embargo, en una Serbia poscomunista marcada por la reciente guerra, los bombardeos de la OTAN y una profunda desconfianza institucional, el eclipse fue presentado por ciertos sectores y medios de comunicación como un peligro inminente. El resultado fue el pánico absoluto: las calles de Belgrado quedaron completamente desiertas, la gente se encerró en sus casas bajando las persianas y las mujeres embarazadas fueron conminadas a no salir bajo ningún concepto por miedo a supuestas radiaciones nocivas. El eclipse físico fue exactamente el mismo en ambas ocasiones, pero el eclipse social fue radicalmente distinto.

Como divulgadores, nuestro deber es asumir que el público es curioso, no ingenuo. Debemos ofrecer las herramientas necesarias para que la emoción del momento se ordene y se comprenda, aportando el contexto científico e histórico adecuado. En un mundo saturado de titulares hiperbólicos, de clickbait y de algoritmos diseñados para viralizar bulos —donde incluso colectivos extravagantes como los terraplanistas encuentran altavoces inesperados gracias a las inteligencias artificiales generativas—, el gran eclipse que se avecina representa una oportunidad de oro para demostrar que podemos narrar una gran historia celeste con el rigor y la serenidad que merece. El firmamento, como siempre, hará su parte de manera impecable; a nosotros nos toca estar a la altura de las circunstancias.

2. La feliz coincidencia de las escalas cósmicas

Detrás de la poesía y del terror mitológico de los eclipses se esconde una de las coincidencias numéricas más asombrosas de nuestro Sistema Solar. Una coincidencia de escalas que, si no la conociéramos de antemano a través de la física y la observación directa, nos parecería fruto de un diseño deliberado o de una carambola cósmica de proporciones inverosímiles.

La propia palabra «eclipse» tiene raíces profundas que nos conectan con la antigüedad. Proviene del término griego ékleipsis, que significa literalmente desaparición, abandono u ocultamiento. Es el astro rey que nos abandona a mitad del día, dejándonos desamparados. Pero ¿quién se esconde detrás de quién en este juego de sombras? Los protagonistas son siempre tres: el Sol, la Luna y la Tierra.

Para comprender la magnitud de lo que ocurre en el cielo, debemos hacer un esfuerzo por visualizar la escala real de nuestro rincón del universo, algo que los diagramas de los libros de texto suelen distorsionar por completo por cuestiones de espacio. Si quisiéramos construir un modelo a escala verdaderamente representativo, podríamos imaginar que la Tierra tiene el tamaño de un balón de fútbol. A esa escala, nuestro satélite, la Luna, sería aproximadamente del tamaño de una pelota de golf. Para respetar la proporción de la distancia entre ambas, tendríamos que colocar la pelota de golf a unos siete metros y medio del balón de fútbol, una distancia que cubriría holgadamente la anchura del escenario de un teatro.

La verdadera locura de las proporciones llega cuando intentamos introducir al Sol en esta maqueta. El Sol es una esfera colosal de gas caliente, unas veces más grande en diámetro que la Luna. Sin embargo, por una de las piruetas geométricas más afortunadas del cosmos, el Sol se encuentra también unas veces más lejos de nosotros que nuestro satélite. Al dividir ambas magnitudes, la distancia y el diámetro se compensan a la perfección en una igualdad matemática elegante:

En nuestra maqueta del balón de fútbol y la pelota de golf, para colocar al Sol a la distancia correcta, tendríamos que viajar fuera del teatro, salir de los límites de Salas de los Infantes y colocar una esfera gigantesca de más de veinticuatro metros de diámetro —equivalente a un edificio de ocho plantas— a una distancia de casi cuatro kilómetros.

Esta equivalencia matemática exacta hace que, vistos desde la superficie de la Tierra, ambos astros parezcan tener exactamente el mismo tamaño en el firmamento: aproximadamente medio grado de arco. Es esta coincidencia absoluta la que permite que la Luna tape milimétricamente el disco brillante del Sol durante un eclipse total. Si la Luna fuera un poco más pequeña, o si estuviera situada en una órbita ligeramente más alejada, nunca podría ocultar por completo al Sol; en su lugar, solo veríamos tránsitos o eclipses anulares permanentes. Si fuera más grande o estuviera más cerca, taparía al Sol con tanta facilidad y frecuencia que el fenómeno perdería parte de su magia y nos impediría contemplar detalles tan sutiles como la corona solar externa.

Sin embargo, debemos ser conscientes de que esta situación de equilibrio perfecto no es eterna. Debido a las fuerzas de marea mutuas y a la transferencia de momento angular, la Luna se está alejando de la Tierra a un ritmo constante de unos centímetros por año. Puede parecer una cifra insignificante a escala humana, pero en el gran reloj de la geología planetaria es un goteo implacable. Se calcula que dentro de unos millones de años, la Luna se habrá retirado a una distancia tal que su tamaño aparente en el cielo será insuficiente para cubrir por completo el disco solar. A partir de ese momento, los eclipses totales de Sol desaparecerán para siempre de la faz de la Tierra, dejando paso únicamente a los eclipses anulares. Vivimos, por tanto, en una época extraordinariamente privilegiada de la historia geológica de nuestro planeta; una ventana de tiempo perfecta para disfrutar de este espectáculo de precisión cósmica.

3. Mitologías, monstruos y el pánico del fin del mundo

Para comprender de verdad el impacto emocional y cultural de un eclipse, primero debemos hacer el esfuerzo de viajar al pasado y ponernos en la piel de nuestros ancestros. A menudo tendemos a mirar a las civilizaciones antiguas con cierta suficiencia condescendiente, pensando que eran más ingenuas o menos inteligentes que nosotros por carecer de nuestra tecnología. Sin embargo, la realidad es que poseían una capacidad de observación del entorno extraordinariamente aguda. Lo único que les faltaba era el marco teórico de la ciencia moderna para ordenar sus observaciones.

Imaginemos por un instante la escena en cualquier aldea de la antigüedad: es pleno día, el Sol brilla con fuerza garantizando la luz, el calor, las cosechas y la vida misma. De repente, sin previo aviso, una mancha oscura y silenciosa comienza a devorar el astro rey. La temperatura desciende rápidamente varios grados, el viento cambia de dirección de manera perceptible, los pájaros enmudecen y buscan refugio en los árboles creyendo que ha llegado la noche antes de tiempo, y las flores se cierran. Una oscuridad grisácea y antinatural se apodera del paisaje. Para cualquier ser humano de hace tres mil años, aquello no era un simple fenómeno óptico o geométrico; era una catástrofe cósmica de proporciones apocalípticas, una quiebra absoluta del orden establecido del universo.

No es de extrañar que casi todas las culturas antiguas recurrieran a la mitología y a la creación de bestias monstruosas para intentar explicar este aparente cataclismo. La explicación más extendida a lo largo y ancho del planeta era la presencia de un ser colosal que intentaba devorar el Sol. En la mitología china, esta bestia era un dragón celestial; en la tradición hindú, el demonio Rahu —una cabeza incorpórea que se había vuelto inmortal tras beber del néctar de los dioses— perseguía incansablemente al Sol y a la Luna para vengar la delación que estos habían hecho de su robo. En la mitología nórdica, el pavor recaía sobre los lobos Sköll y Hati, quienes corrían por la bóveda celeste intentando dar caza a los carros que transportaban a los luminares del día y de la noche. Para los incas y mayas, el atacante solía ser un jaguar hambriento que mordía el disco celeste.

Cuando el eclipse comenzaba, la reacción humana era el pánico, pero un pánico activo. En la antigua China, la población salía en masa a las calles provista de tambores, gongs, calderos y todo tipo de cacharros de cocina, haciendo el mayor ruido posible para asustar al dragón celestial y obligarle a escupir el Sol que se estaba tragando. Curiosamente, la estrategia siempre funcionaba de manera impecable: tras unos minutos de máxima tensión y alboroto, el primer rayo de Sol volvía a brillar en el cielo y la sombra se retiraba, reforzando de manera absoluta la creencia de que el griterío ritual y el estruendo de los tambores habían salvado al mundo del fin de los tiempos.

Existe un delicioso cuento del escritor Augusto Monterroso titulado simplemente El eclipse que retrata a la perfección este choque cultural y desmonta de un plumazo nuestra soberbia eurocéntrica. El relato narra la historia de fray Bartolomé Arrazola, un misionero español perdido en la selva de Guatemala que es capturado por un grupo de indígenas que se disponen a sacrificarlo ante un altar. Al recordar que para ese mismo día se espera un eclipse total de Sol, fray Bartolomé intenta valerse de su conocimiento aristotélico para engañarlos y salvar la vida: "Si me matáis —les dice— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura". El cuento termina de forma demoledora: dos horas después, el corazón de fray Bartolomé chorrea su sangre sobre la piedra de los sacrificios bajo la luz opaca del Sol eclipsado, mientras uno de los indígenas recita, sin ninguna inflexión de voz y sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya ya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Esta noción del nativo ignorante asustado por el conocimiento científico de los colonizadores ha sido un recurso literario recurrente. Hergé lo utilizó de manera magistral en la famosa viñeta de El templo del Sol, donde Tintín se salva de morir en la hoguera tras consultar un recorte de periódico y predecir el eclipse ante los incas. Una idea muy similar aparece en la novela de Gaston Leroux de 1912 La novia del Sol, e incluso en la obra de Mark Twain de 1889 Un yanki en la corte del rey Arturo, donde el protagonista utiliza un eclipse para autoproclamarse un mago superior a Merlín. Sin embargo, la realidad histórica es obstinada: las culturas mesoamericanas y andinas calculaban las efemérides celestes con una precisión matemática asombrosa, a menudo muy superior a la que manejaba la Europa de la misma época.

4. Astrónomos ajusticiados y batallas suspendidas

En la China imperial, la predicción de los eclipses no era una mera curiosidad académica para astrónomos aficionados, sino un asunto de Estado de la más alta importancia política. El emperador era considerado el «Hijo del Cielo» y gobernaba gracias al llamado Mandato Celestial. Un eclipse de Sol no previsto con antelación era interpretado de manera inmediata como una señal inequívoca de la desaprobación divina hacia su gestión, un augurio de inminentes desastres naturales, hambrunas, invasiones o rebeliones populares. Por ello, los astrónomos de la corte imperial tenían la responsabilidad absoluta de vigilar constantemente el firmamento y predecir estos eventos con precisión matemática.

La historia nos ha dejado un relato legendario registrado en el Shujing (el Libro de los Documentos) que ilustra a la perfección los riesgos de esta profesión en la antigüedad: el caso de los astrónomos reales Hsi y Ho (o Xi y He, según las transcripciones modernas). Corría el año 2137 antes de nuestra era cuando se produjo un eclipse total de Sol que pilló al vasto imperio chino completamente por sorpresa. El pánico se apoderó de las calles y el dragón celestial comenzó a devorar el Sol sin que el palacio ni la población hubieran preparado los tambores tradicionales para ahuyentarlo. Cuando el emperador ordenó investigar las causas de semejante negligencia, descubrió que Hsi y Ho habían descuidado de manera flagrante sus sagrados deberes. En lugar de estar en las torres de observación escrutando el firmamento, se habían entregado a los excesos del alcohol y la fiesta en alguna taberna, quedando completamente embriagados e incapaces de predecir el fenómeno. La ira del emperador fue fulminante y ejemplar: ambos astrónomos pagaron su falta de profesionalidad perdiendo literalmente la cabeza. Esta drástica medida nos recuerda que, ya desde los albores de la civilización, la astronomía y la predicción celeste han sido profesiones de alto riesgo.

Con el paso de los siglos, el registro sistemático de estos eventos permitió a los astrónomos de la antigüedad descubrir pautas de repetición. Los babilonios, tras siglos de observar pacientemente las posiciones del Sol y la Luna, descubrieron el llamado Ciclo de Saros, un período de aproximadamente años, días y horas tras el cual los eclipses de Sol y Luna se repiten en condiciones muy similares. Este conocimiento transformó los eclipses de herramientas de terror político a instrumentos de diplomacia y paz.

El historiador griego Heródoto nos relata un ejemplo bellísimo de este poder pacificador en su crónica de la Batalla del Eclipse, ocurrida el 28 de mayo del año 585 antes de nuestra era (Se da esa datación, pero probablemente no sea correcta, ni siquiera del todo histórico el hecho... Al bucear por la parafernalia de los eclipses nos acostumbramos a creernos las cosas pero no del todo, un poco al estilo del se non é vero, é ben trovato.)

Los lidios y los medos llevaban seis años enzarzados en una guerra cruel y sangrienta a lo largo del río Halys (en la actual Turquía), sin que ninguno de los dos bandos lograra imponerse. En pleno fragor de la batalla, el día se convirtió repentinamente en noche. El astrónomo y filósofo Tales de Mileto había predicho la ocurrencia de este eclipse a los jonios para ese mismo año, pero los combatientes lo ignoraban por completo. Al ver que el Sol se apagaba sobre sus cabezas, ambos ejércitos interpretaron el fenómeno como una señal inequívoca de que los dioses exigían el fin de las hostilidades. Sobrecogidos por el temor reverencial, los soldados arrojaron las armas al suelo de inmediato, cesaron los combates y los reyes de ambos imperios firmaron apresuradamente un tratado de paz que sellaron con un matrimonio real.

Tales de Mileto, considerado el primer filósofo de la tradición occidental, no dejó ninguna obra escrita. Todo lo que sabemos de él nos ha llegado a través de pensadores posteriores como Aristóteles o Diógenes Laercio. Fue un hombre de una curiosidad desbordante: midió la altura de las pirámides de Egipto observando la longitud de su sombra en el momento del día en que su propia sombra medía lo mismo que su altura; postuló el famoso teorema de geometría sobre los triángulos semejantes y descubrió las propiedades electrostáticas del ámbar al frotarlo con lana, un fenómeno que bautizó de manera indirecta el concepto de electricidad, ya que la palabra griega para designar al ámbar es elektron.

En otras ocasiones, el conocimiento de los eclipses fue utilizado de manera mucho más cínica y manipuladora para someter a poblaciones locales. El caso histórico más famoso es el de Cristóbal Colón durante su cuarto viaje a América, en el año 1504, según aparece en la crónica que su hijo Hernando hizo de la peripecia. Colón y su tripulación se encontraban varados en la costa del norte de Jamaica, con las carabelas destrozadas por la acción del broma —un molusco que devoraba la madera de los barcos— y rodeados de una población indígena, los arahuacos, que comenzaba a cansarse de alimentar a unos extranjeros cada vez más exigentes y hostiles. Al borde de la hambruna por la negativa de los nativos a seguir proporcionándoles víveres, Colón consultó las efemérides astronómicas del astrónomo alemán Regiomontano que llevaba a bordo y descubrió que en la noche del 29 de febrero de 1504 se produciría un eclipse total de Luna.

Colón convocó a los caciques locales unas horas antes del evento y les comunicó solemnemente que el Dios de los cristianos estaba profundamente enojado con ellos por haberles negado la comida a sus enviados. Como prueba de su ira divina, les advirtió de que esa misma noche la Luna perdería su luz y se teñiría del color de la sangre como preludio de una terrible maldición que caería sobre sus familias. Cuando la Luna comenzó a entrar en la sombra de la Tierra y adquirió ese color rojizo y espectral, el pánico se apoderó de los arahuacos. Llorando y gritando de terror, corrieron hacia las naves de Colón cargados de todo tipo de provisiones, suplicándole que intercediera ante su Dios para que les devolviera la Luna. Colón se retiró a su camarote simulando rezar, esperando pacientemente el momento exacto en que la Luna comenzaría a salir de la totalidad según sus tablas astronómicas. Al salir a cubierta y anunciar que su Dios les perdonaba, la Luna recuperó su brillo y Colón aseguró el sustento de sus hombres durante el resto de su estancia.

Incluso en el cine moderno, la recreación histórica de estos momentos ha dejado huellas imborrables. En el año 1961, el director de cine Richard Fleischer rodaba en Italia la superproducción histórica Barrabás, protagonizada por Anthony Quinn. Para la icónica escena de la crucifixión de Jesucristo, Fleischer quería plasmar de la manera más realista posible las tinieblas de las que hablan los Evangelios. Al enterarse de que el 15 de febrero de 1961 se produciría un eclipse total de Sol visible en el norte de Italia, retrasó el rodaje de la escena y preparó todo el equipo técnico en la Toscana. La sobrecogedora escena de la crucifixión que vemos en la película se rodó durante los minutos reales de la totalidad del eclipse, logrando una atmósfera de oscuridad metálica, sombras extrañas y un dramatismo místico que ninguna técnica de iluminación artificial o efecto especial de la época habría podido igualar jamás.

5. Eclipses de Luna: el filtro atmosférico y la Luna de cobre

Para comprender la física detrás de estas sombras celestes, resulta muy útil analizar primero los eclipses de Luna, un fenómeno que, aunque menos espectacular visualmente que un eclipse de Sol, comparte la misma geometría fundamental y resulta mucho más fácil de observar.

Un eclipse de Luna ocurre siempre y de manera obligatoria durante la fase de Luna Llena. En ese momento de la órbita, nuestro satélite se encuentra situado exactamente al lado opuesto del Sol con respecto a la Tierra, cruzando por detrás de nuestro planeta. Al interponerse en la trayectoria de la luz solar, la Tierra proyecta una larga sombra en el espacio que se extiende en la dirección opuesta al Sol.
Cuando la Luna penetra en esa sombra, esperaríamos que desapareciera por completo de nuestra vista, convirtiéndose en un disco invisible recortado contra el fondo estrellado. Sin embargo, lo que ocurre en la realidad es un espectáculo de una delicadeza cromática maravillosa: la Luna nunca llega a apagarse del todo, sino que adquiere un tono rojizo, cobrizo o anaranjado oscuro muy característico.
Este fenómeno se debe por entero a la presencia de la atmósfera terrestre. La envoltura de gases que rodea nuestro planeta actúa como una lente biconvexa gigante que refracta, curva y desvía la luz solar que pasa rozando el limbo de la Tierra, dirigiéndola hacia el interior del cono de sombra. Pero la atmósfera no solo desvía la luz, sino que también la filtra.

La luz del Sol está compuesta por todos los colores del espectro visible. Al atravesar los miles de kilómetros de aire de las capas bajas de la atmósfera, las longitudes de onda más cortas y energéticas, como la luz azul y violeta, sufren una intensa dispersión debido a los gases y aerosoles en suspensión. Esta dispersión de Rayleigh es, precisamente, la razón física por la cual vemos el cielo diurno de color azul. Sin embargo, las longitudes de onda más largas, correspondientes al color rojo y al naranja, logran atravesar la atmósfera con mucha más facilidad sin dispersarse apenas.

El resultado es que la única luz solar que consigue atravesar el perfil de la Tierra y proyectarse en el cono de sombra es una luz de color rojo profundo. Visto desde la Luna, si un astronauta estuviera situado en la superficie lunar durante un eclipse, vería la Tierra tapando por completo al Sol, pero rodeada por un anillo brillante de color rojo ardiente. Es decir, vería la proyección simultánea de todos los amaneceres y atardeceres de nuestro planeta reflejándose al mismo tiempo sobre las llanuras polvorientas de la Luna.
La pureza y el tono exacto de este color rojizo —que en la antigüedad infundía tanto terror y que se bautizó popularmente como «Luna de Sangre» o Luna de cobre— no son constantes. Varían de manera muy notable de un eclipse a otro dependiendo de las condiciones meteorológicas y de la limpieza de la atmósfera terrestre en ese momento preciso. Si en las semanas o meses anteriores al eclipse se han producido grandes erupciones volcánicas que han inyectado millones de toneladas de ceniza y dióxido de azufre en la estratosfera, o si hay grandes incendios forestales activos, la atmósfera se vuelve mucho más opaca. En estos casos, la Luna se verá de un rojo extremadamente oscuro, casi invisible, o de un tono gris ceniciento.

Para analizar la estructura de la sombra terrestre, debemos distinguir entre dos regiones físicas muy claras: la umbra y la penumbra. Debido a que el Sol no es un punto de luz puntual, sino una esfera gigantesca de un millón y medio de kilómetros de diámetro, la Tierra no proyecta una sombra nítida de bordes perfectos. La región de sombra total, donde la luz del Sol queda completamente bloqueada por el cuerpo de la Tierra, se denomina umbra o cono de sombra. A la distancia a la que se encuentra la Luna, esta umbra tiene un diámetro equivalente a casi tres veces el tamaño de nuestro satélite, por lo que la fase total de un eclipse lunar puede durar fácilmente más de una hora.

Alrededor de la umbra se extiende la penumbra, una región de transición donde la Tierra bloquea únicamente una parte del disco solar. Cuando la Luna transita por esta zona, simplemente experimenta un sutil oscurecimiento de su superficie que a menudo pasa desapercibido para el observador casual. Solo cuando la Luna muerde el límite de la umbra comienza el verdadero espectáculo del eclipse.

6. La anatomía del juego de sombras: Sol contra Luna

Una de las preguntas más frecuentes y lógicas que se plantea cualquier persona cuando empieza a interesarse por la astronomía es la siguiente: si la Luna tarda aproximadamente veintisiete días y medio en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra, ¿por qué no tenemos un eclipse de Sol en cada Luna Nueva y un eclipse de Luna en cada Luna Llena? Deberíamos tener dos eclipses todos los meses, de manera matemática.

La respuesta a este enigma se encuentra en la geometría tridimensional de nuestro Sistema Solar. El plano en el que la Luna gira alrededor de la Tierra no coincide de manera exacta con el plano en el que la Tierra órbita alrededor del Sol, plano que los astrónomos denominamos eclíptica debido, precisamente, a que es en él donde se producen estos fenómenos.

Ambos planos se encuentran inclinados entre sí un ángulo medio de unos cinco grados. En el espacio, cinco grados de inclinación es una desviación muy notable. Significa que, la mayoría de las veces que la Luna se encuentra en fase de Luna Nueva —pasando físicamente entre la Tierra y el Sol—, su posición real en el cielo queda situada ligeramente por encima o por debajo del disco solar desde nuestra perspectiva. Como consecuencia de ello, el cono de sombra de la Luna pasa de largo por encima del Polo Norte o por debajo del Polo Sur de la Tierra, perdiéndose en el vacío del espacio interplanetario sin tocar nuestro planeta.

Lo mismo ocurre en la fase de Luna Llena: la Luna suele pasar por encima o por debajo del cono de sombra de la Tierra, recibiendo la luz solar directa sin experimentar oscurecimiento alguno.

Para que ocurra un eclipse, la alineación tridimensional entre los tres astros debe ser absolutamente perfecta. Esta coincidencia solo es físicamente posible cuando la Luna cruza el plano de la eclíptica justo en el momento en que se encuentra en fase de Luna Nueva o Luna Llena. Los dos puntos de intersección donde la órbita inclinada de la Luna corta el plano de la órbita de la Tierra se denominan nodos orbitales.

La línea imaginaria que une estos dos puntos se llama línea de nodos. Debido a la atracción gravitatoria del Sol, esta línea de nodos no es fija en el espacio, sino que experimenta un lento movimiento de rotación que tarda unos años en completarse. Para que se produzca un eclipse, el Sol debe encontrarse cerca de la dirección de uno de estos nodos, lo que define dos épocas del año denominadas «temporadas de eclipses», separadas por aproximadamente días.

Gracias a esta regularidad geométrica, el número de eclipses que pueden ocurrir en un año natural está estrictamente limitado por las leyes de la mecánica celeste. El número mínimo de eclipses al año es de cuatro —dos de Sol y dos de Luna—, mientras que el número máximo posible es de siete. Sin embargo, la gran mayoría de estos eclipses anuales suelen ser parciales o penumbrales, o se producen sobre regiones oceánicas e inhabitadas de nuestro planeta, lo que hace que la observación de un eclipse total de Sol desde un punto geográfico concreto de la Tierra sea un acontecimiento extraordinariamente escaso y memorable.

7. El instante de la totalidad: perlas, diamantes y la corona oculta

Si los eclipses de Luna son hermosos y relajados de observar, el tránsito de la parcialidad a la totalidad durante un eclipse de Sol es una de las transiciones físicas más dramáticas, veloces y sobrecogedoras que se pueden experimentar en toda la naturaleza. Es un espectáculo que se acelera de manera vertiginosa en los últimos minutos antes del eclipse total.

Durante la primera hora del eclipse, el avance de la Luna es pausado y casi imperceptible para nuestros sentidos si no miramos a través de filtros protectores. El ojo humano posee una capacidad de adaptación lumínica verdaderamente asombrosa; nuestras pupilas se dilatan de manera progresiva conforme disminuye la luz, por lo que hasta que el Sol no está cubierto en más de un noventa por ciento, apenas somos conscientes de que la luz del día está cambiando.

Pero en los últimos cinco minutos antes de la totalidad, el entorno se transforma a una velocidad de vértigo. La luz del día pierde su calidez dorada habitual y adquiere un tono grisáceo, plomizo y metálico muy extraño, como si estuviéramos contemplando el paisaje a través de un filtro fotográfico de alto contraste. La temperatura del aire cae de golpe varios grados, provocando un enfriamiento repentino del suelo. Esta diferencia térmica genera a menudo una brisa física muy perceptible —el viento del eclipse—, similar a la brisa marina del atardecer pero generada por el enfriamiento localizado de la atmósfera bajo la sombra de la Luna.

Justo en estos instantes finales, si disponemos de una pared blanca, una sábana extendida en el suelo o una zona de arena clara a nuestro lado, y dado que en nuestro caso el Sol estará muy bajo en el horizonte, podremos observar un fenómeno óptico esquivo y bellísimo: las bandas de sombra, también conocidas popularmente como las «culebrillas de luz». Son una serie de ondas oscuras y claras que se desplazan velozmente por el suelo, similares a los patrones de luz que vemos en el fondo de una piscina en un día soleado. Este efecto se produce porque el finísimo hilo de luz que nos llega del Sol en ese momento actúa como una fuente de luz casi puntual, revelando las turbulencias y corrientes térmicas de las capas altas de nuestra atmósfera.

Apenas unos segundos antes de que el Sol desaparezca por completo, el borde del disco solar no se apaga de manera uniforme. La superficie de la Luna no es una esfera lisa y perfecta; está sembrada de un relieve abrupto de cráteres, cordilleras montañosas, valles profundos y abismos. Los últimos rayos de luz solar directa se filtran a través de estos desfiladeros lunares en el limbo de nuestro satélite, creando una serie de puntos brillantes, centelleantes y cegadores que parecen un collar de perlas suspendido en el cielo oscuro. Este fenómeno fue descrito de manera detallada por primera vez por el astrónomo británico Francis Baily durante el eclipse de Sol de 1836, y desde entonces se conocen en la literatura científica como las Perlas de Baily.

Cuando solo queda un único punto de luz brillando con fuerza a través del último valle lunar profundo, combinado con la primera visión de la atmósfera solar exterior que comienza a asomar a su alrededor, el cielo nos regala una de las imágenes más emblemáticas de la astronomía: el Anillo de Diamantes. Es un destello único, de un brillo blanco azulado intensísimo, engarzado sobre un anillo de luz tenue, idéntico a un solitario de proporciones cósmicas que marca el segundo exacto antes de la oscuridad total.

Y entonces, en una fracción de segundo, la luz se apaga por completo, el Sol queda reducido a un disco negro y perfecto y se hace el silencio absoluto en el paisaje. Es en ese instante preciso de la totalidad cuando emerge ante nuestros ojos la corona solar, la atmósfera más externa de nuestra estrella.

La corona solar es una de las estructuras físicas más bellas, complejas y misteriosas de la astrofísica. Está compuesta por un gas extremadamente enrarecido y magnetizado que se extiende a lo largo de millones de kilómetros por el espacio interplanetario. Presenta una estructura filamentosa de un color blanco perlado y delicadísimo, moldeada de manera directa por las complejas líneas del campo magnético del Sol.

La temperatura de la corona es objeto de intensas investigaciones científicas. Mientras que la fotosfera —la superficie visible del Sol— se encuentra a una temperatura relativamente moderada de unos grados centígrados, la corona solar exterior experimenta temperaturas extremas de varios millones de grados. Es una paradoja termodinámica aparente, similar a alejarse de una hoguera y sentir cada vez más calor. La explicación física de este calentamiento extremo se encuentra en la disipación de la energía transportada por las ondas magnéticas y acústicas generadas por los movimientos convectivos de la superficie solar, que descargan su energía de manera violenta en las zonas más externas de la atmósfera de la estrella.

La corona es tan sumamente tenue —emite aproximadamente un millón de veces menos luz que la fotosfera del Sol— que la luz azul dispersada por nuestra atmósfera durante un día normal la oculta por completo a nuestros ojos. Solo podemos contemplarla directamente de manera natural durante los breves minutos de un eclipse total de Sol. Ninguna cámara fotográfica, por sofisticada que sea su tecnología de alto rango dinámico, es capaz de captar simultáneamente la delicadeza de los filamentos coronales y la intensidad de la luz solar directa; por ello, la única forma de apreciarla en toda su gloria es observarla con nuestros propios ojos en el silencio de la totalidad.

Además de la corona, durante la totalidad podemos observar la cromosfera, una fina capa de color rosa intenso, magenta o violeta que rodea el disco solar. Su nombre proviene precisamente del griego chroma, que significa color, y su tonalidad característica se debe a la intensa emisión de luz del hidrógeno a una longitud de onda muy específica. En esta región se forman las protuberancias solares, unos lazos gigantescos de gas caliente suspendidos sobre la superficie por los campos magnéticos del Sol, que a veces se rompen y lanzan miles de millones de toneladas de partículas cargadas al espacio —las eyecciones de masa coronal— que, al chocar contra el campo magnético de la Tierra, generan las maravillosas auroras boreales en las regiones polares, e incluso en latitudes más bajas en momentos de máxima actividad solar.

8. La gran cita: el trienio de oro de la astronomía ibérica (2026, 2027 y 2028)

Todo el conocimiento científico, la preparación geométrica y la reconstrucción histórica que hemos analizado hasta ahora sirven como prólogo para el acontecimiento astronómico más importante de nuestras vidas. España está a punto de convertirse en el epicentro mundial absoluto de la observación de eclipses. Por una extraordinaria y rarísima carambola estadística que ocurre una vez cada varios siglos, nuestro territorio va a ser testigo directo de tres grandes eclipses de Sol consecutivos en un plazo de apenas tres años. Un «trienio de oro» sin parangón en la astronomía moderna de la Península Ibérica.

El gran eclipse total del 12 de agosto de 2026
Este será el primer eclipse total de Sol visible en la España peninsular desde el lejano año 1905. La franja de totalidad —el pasillo de sombra de unos 290 kilómetros de ancho proyectado por la Luna donde el Sol se ocultará al cien por cien— entrará de lleno por el noroeste peninsular a última hora de la tarde, cruzando en una diagonal perfecta hacia el sureste y perdiéndose en el mar Mediterráneo a la altura de las Islas Baleares.

Este eclipse presenta una geometría observacional extraordinariamente bella pero sumamente exigente: el desafío del horizonte. Debido a que el fenómeno se producirá muy cerca de la hora del atardecer, el Sol estará muy bajo sobre el horizonte oeste en el momento de la totalidad. En la provincia de Burgos y en Salas de los Infantes, la altura del Sol será de apenas unos diez grados sobre el horizonte; si nos desplazamos hacia el este, en Baleares, la totalidad se producirá a escasamente dos grados de altura, con el Sol rozando el agua.
Esto significa que no nos servirá cualquier lugar para observar el eclipse. Si nos situamos en un valle profundo, detrás de una arboleda espesa o de un edificio alto orientado hacia el oeste, nos perderemos por completo la totalidad debido al obstáculo de la orografía y el relieve. Necesitaremos buscar con antelación lugares elevados, miradores despejados o llanuras libres de obstáculos hacia el punto de la puesta de Sol.

La duración de la totalidad en este primer eclipse será breve pero intensísima. En Salas de los Infantes dispondremos de aproximadamente un minuto y cuarenta segundos de oscuridad total; en otras localidades más al sur, como en Lerín, la totalidad apenas rozará el minuto de duración. Pero contemplar un Sol completamente eclipsado, con su corona perlada brillando en el cielo, flotando justo por encima del horizonte teñido de los tonos naranjas y rojizos de un atardecer de 360 grados, promete ser una de las imágenes más sobrecogedoras de todo el siglo XXI.

El eclipse total del 2 de agosto de 2027
Apenas un año y medio después, el extremo sur de España revivirá la magia de la totalidad. En esta ocasión, la sombra de la Luna cruzará el Estrecho de Gibraltar de oeste a este, barriendo las costas de Cádiz, Málaga, Ceuta y Melilla antes de continuar su viaje por el norte de África hacia Egipto.

A diferencia del eclipse de 2026, este eclipse de 2027 se producirá a mitad de la mañana, con el Sol situado a gran altura en el cielo. Esto elimina por completo el desafío del horizonte y garantiza unas condiciones de estabilidad atmosférica excepcionales en el sur de la Península.

Pero el aspecto más extraordinario de este eclipse es su duración. La totalidad en la franja central rozará los cuatro minutos y treinta segundos de oscuridad absoluta en territorio español. Será uno de los eclipses más largos de todo el siglo XXI, ofreciendo un espectáculo incomparable en el que las estrellas brillarán con fuerza en pleno día sobre las playas andaluzas.

Un eclipse anular a comienzos de 2028
Para cerrar con broche de oro este trienio increíble, el 26 de enero de 2028 cruzará la Península un eclipse anular de Sol. La franja de anularidad entrará por el suroeste de la Península (Huelva) y saldrá por el noreste (Cataluña) a última hora de la tarde. En esta ocasión, la Luna se encontrará cerca de su apogeo —el punto más alejado de su órbita terrestre—, por lo que su tamaño aparente no bastará para cubrir por completo el Sol. El resultado será el majestuoso espectáculo del «anillo de fuego», un anillo brillante de luz solar rodeando la silueta oscura de la Luna justo en el momento en que el Sol se pone por el horizonte oeste.

9. Epílogo: El arte de mirar y la madurez científica

La llegada de este histórico trienio de eclipses representa una oportunidad única, pero también una prueba de fuego para nuestra madurez como sociedad y la calidad de nuestra cultura científica. La expectación mediática y social que se va a generar conforme se acerque el verano de 2026 será inmensa. Miles de científicos, astrofotógrafos y cazadores de eclipses de todos los rincones del planeta viajarán a nuestro país, saturando las plazas hoteleras y centrando la atención de todos los informativos en el cielo.

Ante esta avalancha social e informativa, quienes nos dedicamos a la divulgación científica tenemos la responsabilidad crucial de orientar al público de manera adecuada, evitando a toda costa dos grandes errores históricos en la comunicación de estos fenómenos:
El primer error es el alarmismo paralizante. Un eclipse de Sol es un acontecimiento para ser disfrutado y vivido en comunidad, no para esconderse en casa con miedo. Es cierto, y debemos recalcarlo de manera insistente, que la observación directa del Sol sin protección adecuada entraña riesgos graves e irreversibles para la salud ocular, pudiendo provocar ceguera total debido a quemaduras térmicas en la retina. Pero la solución no es prohibir la mirada o sembrar el pánico.

Debemos enseñar a observar el Sol con absoluta seguridad. Esto implica el uso exclusivo de gafas de eclipse homologadas que cumplan estrictamente con la normativa de seguridad ISO correspondientes, o el uso de métodos de proyección indirecta. Bajo ningún concepto debemos recurrir a remedios caseros peligrosos como radiografías, cristales ahumados, CDs, negativos fotográficos, gafas de sol convencionales o filtros improvisados para telescopios que no estén certificados; estos materiales dejan pasar la radiación infrarroja y ultravioleta, dañando el ojo de manera silenciosa sin que sintamos dolor inmediato debido a la ausencia de receptores del dolor en la retina. Pero una vez equipados con nuestras gafas homologadas, o utilizando la proyección indirecta, debemos salir a la calle con la mente abierta al asombro.

El segundo error que debemos evitar es la mercantilización del asombro y la propagación de bulos o teorías de la conspiración. Vivimos en la era de la inmediatez digital y de los algoritmos que premian el contenido sensacionalista. En el reciente eclipse de 2024 en Norteamérica, vimos proliferar de manera alarmante en las redes sociales todo tipo de bulos absurdos sobre el fin del mundo, desastres naturales inminentes o teorías terraplanistas que intentaban negar la realidad geométrica del fenómeno. Debemos combatir la mentira con datos rigurosos pero accesibles, demostrando que la explicación científica de la realidad es infinitamente más bella, coherente y poética que cualquier patraña inventada para ganar visitas fáciles.

Un eclipse total de Sol nos impone una hermosa lección de humildad cósmica. No admite improvisaciones de última hora ni se puede acelerar pulsando un botón en una pantalla; si el cielo se cubre de nubes en el último minuto, nos perderemos el espectáculo y no habrá forma de repetirlo al día siguiente. Nos exige paciencia, planificación, respeto por la naturaleza y la aceptación de que formamos parte de un cosmos inmenso regido por leyes gravitatorias inmutables.

Preparemos nuestras mentes con curiosidad científica, consigamos nuestros filtros homologados de seguridad, busquemos un horizonte despejado hacia el oeste y, cuando llegue el minuto mágico de la totalidad, guardemos silencio y disfrutemos del espectáculo más grande del universo. ¡Marchando una de eclipses!

2026-05-03

Hacia un planeta sin noche (y sin cielo)

2026-05-03 · 21:21
Leo en ElDiario el contundente artículo de Antonio Martínez Ron, El fin de la “canica negra”: los datos muestran que nos dirigimos hacia un planeta “sin noche” sobre la luz artificial que cada vez más cubre el planeta. Os lo recomiendo, también el artículo al que se refiere, esta investigación con datos de satélite que se ha publicado en Nature Satellite imagery reveals increasing volatility in human night-time activity.

Esa imagen idílica de la Tierra de noche —la famosa "canica negra" salpicada de luces elegantes— (siempre me pareció en cualquier caso algo siniestra porque no dejaba de ser una foto del derroche energético y la mala planificación en la iluminación, he de reconocerlo) se ha quedado vieja, casi como una postal de otro siglo. Durante años nos conformamos con mapas de la contaminación lumínica que eran simples promedios, composiciones que, ahora lo sabemos, maquillaban la realidad (era lo que se podía hacer). Se iba constatando el aumento de la iluminación en muchas zonas del mundo, al paso de lo que se ha llamado con demasiada ligereza progreso y del crecimiento de las ciudades (más de la mitad de la población humana vive en zonas urbanas, olvidemos el mundo rural...), se iba viendo que la apuesta por la iluminación LED no solucionaba el problema porque aunque se gastara menos dinero en iluminar la noche sus consecuencias eran cada vez más dañinas.

Y ahora una nueva vuelta de tuerca: los nuevos datos del proyecto Black Marble de la NASA han cambiado radicalmente el guion: tras analizar más de un millón de imágenes diarias, la noche ha dejado de ser una foto fija para revelarse como lo que realmente es: un sistema dinámico, un latido frenético de nuestra actividad absurda. Lo que vemos ahora no es un mapa, sino un electrocardiograma de la civilización.

Al aumentar la resolución y poder ir más allá de la media estadística, afloran los eventos reales, los que duelen; incrementamos la resolución temporal y ello nos permite descubrir una gran variedad: ciudades que se apagan por la barbarie de la guerra (como en Ucrania o Gaza), el rastro de los apagones tras huracanes o ese parpadeo global que supuso la pandemia. La oscuridad, ese bien cada vez más escaso, se ha convertido en un indicador económico y geopolítico de primer orden.

Pero el dato que debería hacernos saltar es que la iluminación global ha crecido un 16% entre 2014 y 2022. Y no es que haya más gente y por eso hay más luz; es que iluminamos mucho más que nunca antes, un incremento que es de hecho más rápido que el crecimiento poblacional. Es el paroxismo del exceso que marca ya casi todas las actividades de nuestra civilización bajo el yugo del tecnocapitalismo: iluminamos más por persona y no por necesidad, sino como si fuera un desafío de nuevo rico: más luz más luz, parece que gritamos cada vez que se pone el sol.

Mientras en Europa la mancha parece estancada (en niveles ya de por sí obscenos), en Asia el crecimiento es exponencial, asociado a un modelo de desarrollo que, por defecto, parece odiar la oscuridad. E incluso, como comenta el experto Alejandro Sánchez de Miguel en el artículo de ElDiario, la imagen es incompleta, el refugio europeo tampoco existe de hecho. Sucede que las mediciones satelitales empleadas en el estudio son menos sensibles al azul, el rango en el que el alumbrado europeo sigue aumentando específicamente su brillo. Y como consecuencia de ello estamos perdiendo la noche no solo como laboratorio científico, sino como experiencia humana. Más del 80% de la población mundial ya no sabe lo que es ver una Vía Láctea en el cielo. Nos la han robado definitivamente...

Lo que este nuevo análisis nos dice es que nuestra huella ya no es solo una mancha estática en el mapa; es un parpadeo constante que redefine el planeta a golpe de interruptor. Más que iluminar la noche, nos la estamos cargando con un entusiasmo tecnológico que no deja espacio para el asombro. Como ya me había deprimido un poco con todo esto, me he puesto a ver una charla de Sam Lawler, astrofísica canadiense y experta en el tema de la locura de los satélites actual. Está aquí en el tubo: Astronomy vs. The Billionaire Space Race - Samantha Lawler. En su punto de mira las megaconstelaciones de los tecnooligarcas...

La astrofísica Samantha Lawler no se anda con rodeos: la carrera espacial de los multimillonarios no es un avance para la humanidad (en el fondo lo temíamos, salvo quizá los más ingenuos tecnooptimistas que siguen entusiasmados por los colorinchis de ese despliegue), sino una amenaza directa para la ciencia y el medio ambiente. El dato es demoledor: hoy existen más de 10,000 satélites Starlink orbitando sobre nuestras cabezas, lo que supone ya más de dos tercios de todos los satélites activos en el planeta. Una cifra que se va a disparar además en los próximos años, con nuevas constelaciones (megaconstelaciones) de otras empresas, de China, de Rusia... No hay regulación además ni nada que se lo parezca.

Lo que nos venden como conectividad global es, en realidad, un modelo de negocio basado en la obsolescencia programada orbital. Estos satélites son desechables en su propio concepto: tienen una vida útil de apenas cinco años, tras los cuales se lanzan a una reentrada atmosférica para quemarse. Sin embargo, la promesa de que se desintegran sin dejar rastro es falsa. Lawler documenta restos físicos de SpaceX caídos en granjas de Saskatchewan y Carolina del Norte, un recordatorio de que la basura espacial también tiene puntería terrestre. (Estuvimos viendo en el festival Ecozine de Pamplona hace menos de un mes el documental "Shifting Baselines" de Julien Elie, en el que salía ella precisamente relatando ese caso y cómo era imposible con la legislación actual que el problema se pueda regular de forma adecuada).

Desde el punto de vista científico, el impacto es un sabotaje en toda regla a la humanidad y al planeta. Por un lado la contaminación lumínica que raya el cielo y queda reflejado en los datos que los observadores astronómicos toman del cielo: las rayas brillantes que dejan estos objetos en las imágenes de los detectores astronómicos están comprometiendo la búsqueda de objetos transneptunianos (como el Planeta 9) y afectarán gravemente al Observatorio Vera Rubin. Las monitorizaciones del cielo en todos los temas de interés astronómico y social (el patrullaje de objetos potencialmente peligrosos para la Tierra) están comprometidas ya: se tienen que limpiar los datos, potencialmente perdiendo algunos lugares o momentos que podrían ser fundamentales... y nos quedaremos sin saberlo.

Pero además hay que sumar el ruido radioeléctrico: estos satélites funcionan como torres de telefonía voladoras que emiten señales directamente hacia los radiotelescopios, bloqueando de forma irreversible partes críticas del espectro para la investigación. A la mierda la radioastronomía también...

Estos satélites tienen bastante aluminio en sus estructuras, que son así más ligeras. Pero al quemarse en la atmósfera en la reentrada al cabo de su vida útil (o en algún accidente antes de ello) comenzarán a alterar irreversiblemente la química atmosférica: el vapor metálico generado alterará la temperatura de la atmósfera superior y dañará la capa de ozono. Esos aerosoles van a tener consecuencias en el forzado radiativo de la atmósfera, convirtiéndose en el futuro en un nuevo factor de riesgo para el equilibrio del clima.

La regulación actual, liderada por organismos como la FCC, más preocupada por la cuestión económica, ignora sistemáticamente la seguridad orbital y el riesgo de colisiones en cadena —el temido Síndrome de Kessler— que podría dejar la órbita terrestre inutilizable para futuras generaciones. La conclusión de Lawler es puramente pragmática: necesitamos infraestructuras de internet terrestre (fibra y torres) y una legislación que deje de tratar el espacio como un vertedero sin dueño antes de que el cielo nocturno natural pase a ser, definitivamente, un recuerdo del pasado.

Por supuesto nadie le hará caso. Por supuesto, nadie va a disminuir tampoco esto de la contaminación lumínica que comentábamos. Un nuevo signo de que nuestra civilización está emprendiendo acciones destinadas a colapsarla mientras los ricos se dedican a hacerse más ricos. A ver cómo nos salvamos de nosotros mismos.

2026-04-28

40 años de Chernóbil

2026-04-28 · 10:03
Ayer estuvimos hablando en la SER en nuestro espacio semanal de ciencia #SERciencia (que hacemos Joaquín Sevilla y yo con Mamen García y Joaquin Torrens en SER Navarra) de los 40 años del accidente de la central nuclear de Chernóbil. El podcast está aquí: SER Ciencia con Javier Armentia y Joaquín Sevilla: Recuerdos y secuelas del accidente de Chernobyl.

Me acuerdo de aquel abril de 1986, yo estaba entonces como becario en el departamento de astrofísica de la Universidad Complutense y cómo nos impactó. Luego fueron llegando las noticias, pero sobre todo la constatación de lo que no se contaba, de que si algo quedaba claro era que los protocolos habían fallado, que los intereses políticos habían controlado el tema más allá de las necesidades en un accidente de esa magnitud... Luego supimos de la contaminación radiactiva (la nube radiactiva, decían los medios) que recorrió Europa, el miedo a ciertas marcas de leche que, se decía, era de vacas alimentadas con pastos contaminados.

Ahora, tanto tiempo después, siguen claras las lecciones que no se aprendieron de todo esto. Daría para mucho, pero tomé ayer unas notas para hablar en la radio, aunque no iba a entrar todo porque no daba tiempo. Lo pongo por el blog.

Lecciones no aprendidas


  • ¿Qué pasó, de qué magnitudes hablamos?
    El accidente liberó 400 veces más material radiactivo que Hiroshima, contaminando 200.000 km² de Europa. La Unión Soviética tardó 36 horas en evacuar Pripyat (36 horas demasiado tarde) y ocultó la gravedad durante días. Lección ignorada: la transparencia no es opcional; el secretismo multiplica el daño.

  • Sacrificio humano silenciado
    600.000 “liquidadores” recibieron dosis letales sin equipamiento adecuado. Se sigue jugando al absurdo, porque aún hoy las cifras oficiales de muertos (31 directos) son un fraude, mientras los estudios independientes elevan los cánceres inducidos a decenas de miles. Aunque se trate de un incremento leve en muchos casos de la incidencia de diferentes tipos de cáncer, son patologías achacables al accidente como el tabaquismo se asocia (y debe hacerse así) al cáncer de pulmón y otras patologías. Lección ignorada: se sigue priorizando la imagen política sobre el recuento real de víctimas.

  • Diseño intrínsecamente inseguro
    El reactor RBMK (reáktor bolshói móschnosti kanálny, reactor de condensador de alta potencia) no tenía contención primaria (algo obligatorio en los reactores europeos y norteamericanos) y permitía una reactividad positiva peligrosa. La prueba que causó el desastre era una chapuza técnica, un ensayo que debería haberse hecho con otras condiciones y con supervisión específica. Lección ignorada: aún hay reactores RBMK en operación (Rusia) y riesgos similares en centrales con diseños anticuados o de baja inversión.

  • Zona de exclusión: renaturalización (rewilding), pero tanta gente olvidada
    La fauna prospera sin humanos, adaptándose a las condiciones que cambiaron en 1984, pero 200.000 personas fueron desplazadas para siempre. Los “samosely” (habitantes que regresaron) viven con productos contaminados. Lección ignorada: los desalojos forzosos se repiten (ej. Fukushima), sin planes reales de reinserción o compensación justa.

  • La ficción de la seguridad y la prevención
    El error fue humano: los directivos presionaron para completar la prueba ignorando protocolos básicos y alarmas que deberían haberse tenido en cuenta. Parece claro que sus motivaciones eran de índole política y económica, incrementando la productividad de esa máquina tremenda. Hoy, en energía nuclear e industrias de riesgo (petroleras, químicas), siguen privilegiando producción sobre paradas preventivas. El control y reglamentación, aunque hayan incrementado sus niveles y obligaciones, siempre se enfrentará a intereses económicos o políticos. Lección ignorada: la “confianza en la tecnología” sigue sustituyendo a una auténtica gestión del error.

2026-04-25

Blogs y Mundo

2026-04-25 · 04:10
Comentaba hace un rato en Mastodon:

Encuentro revisitando cosas antiguas un escrito de comienzos de mayo de 2002, hace casi 24 años ya, cuando los blogs comenzaban a ser un fenómeno emergente. Un amigo, que entonces usaba el pseudónimo de Vendell y también tenía una bitácora en #Blogalia, como la que yo aún mantengo (creada y mantenida desde hace un cuarto de siglo por @rvr, gracias amigo); un amigo, decía, comentaba que yo solía llevar al blog textos que escribía en el mundo real (en periódicos) pero no al revés, que no había llevado el mundo de los blogs a una columna en el periódico.

Ese diálogo permitió que pudiera datar para la historia (whatever historia) la primera vez que en un periódico (fue en mi columna de @NoticiasDeNavarra, la que sigo publicando desde hace 30 años o más) escribí sobre las bitácoras.

El texto sigue accesible aquí: De Bitácoras.

Es curioso que en aquella época nadie vaticinara que los blogs iban a mutar pero no desaparecer del todo. Que las redes iban a establecer una hegemonía del diálogo para luego manejarlo y distorsionarlo.