El pasado 12 de febrero se celebró en Teruel, en la sede del CEFCA (Centro de Estudios de Física del Cosmos de Aragón), organizado por este centro y por la APA (Asociación de Periodistas de Aragón, un encuentro sobre astroperiodismo de eclipses. Fue una gozada: un par de días llenos de actividad y con gente muy interesante. Su web: I Encuentro de Comunicación, Ciencia y Sociedad / Astroperiodismo: contar los eclipses.
Me invitaron a dar una charla sobre los eclipses desde mi perspectiva como comunicador científico y me salió esto de los eclipses y la madurez informativa.
Lo bueno del repositorio es que tiene una transcripción completa del texto. Por si a alguien le interesa, he sintetizado con Gemini (perdón por ello) la transcripción resumida y la pongo ahora como un artículo largo: hacía mucho que no lanzaba algo tan largo por la bitácora, espero que aguante todo.
Por cierto, la presentación, con sus fuentes y demás, está también accesible como una presentación de google: Eclipses y madurez informativa.
Espero que lo disfruten.
ECLIPSES Y MADUREZ INFORMATIVA
Conferencia de Javier Armentia (Teruel, 2026)
¿Qué tal? Muy buenas tardes. Ya son las doce. Perdonadme porque ahora ya no me acuerdo de qué iba a hablar; me he quedado entusiasmado con las cosas que estaba contando Javier Cenarro (el director del CEFCA que habló antes) al respecto.
Antes de empezar, me gustaría preguntar: ¿cuánta gente ha visto un eclipse total de sol aquí? [pausa, la gente levanta la mano, bueno dos personas solamente de una sala con casi 100 asistentees]
Bien, veo dos personas. Bueno, ellos no necesitan que les cuente nada. Pero a todos los demás, por mucho que os contemos, por muchas fotos bonitas que haya puesto Javier y las que vamos a ir viendo aquí, os aseguro que no reflejan en absoluto una experiencia que es increíble.
Voy a hablar un poquito sobre la comunicación. He titulado esta charla "La madurez informativa" porque sé que esta va a ser la asignatura que vamos a suspender colectivamente toda la gente que trabajamos en comunicación y en información. A pesar de que sé que lo vais a intentar, y agradezco muchísimo la iniciativa de la APA y de CEFCA de traernos aquí; esto es algo que habría que haber ido haciendo y que habría que repetir en muchos más sitios. Es fundamental porque nos enfrentamos ante un asunto que puede provocar situaciones como esta.
La "Foto Trampa" y la realidad informativa
Posiblemente visteis esta foto del 8 de abril de hace dos años. Es una "foto trampa". Se la hicieron a esa mujer que ahora sale en series y al "señor naranja" [Donald Trump]. Getty la distribuyó y todos la ponemos en las charlas de eclipses para decir: "No hagáis esto, niños, no seáis como el mandamás". Es cierto que es una foto trampa porque luego se hicieron otra foto oficial, pero casi nadie usó esa imagen de la familia mirando al sol con gafas homologadas; se usó la otra. Lo pongo como ejemplo de que, al fin y al cabo, todos sabemos cuál de las dos fotos era la noticia.
Lo cierto es que un eclipse no es únicamente un fenómeno astronómico. En esta misma charla nos han contado la astronomía de los eclipses, pero también hemos podido conocer todo ese fenómeno social: son las migraciones instantáneas más importantes que se producen en la humanidad. El gran "Euroeclipse" de 1999, que se vio en París, movió a unos 13 millones de personas solo en esa área. Aquí tenemos una gran ciudad con seis millones de habitantes que en pleno mes de agosto va a hacer una diáspora hacia el norte. El eclipse llegará hasta Teruel, pero invadirá Guadalajara, Segovia, Soria y toda esa zona. Vendrá gente del sur de Francia, gente de Barcelona hacia el sur... son grandes migraciones.
A pesar de ser un fenómeno predecible —astronómicamente los eclipses dejaron de ser un misterio a mediados del siglo XIX con Bessel, que hizo los cálculos precisos al segundo—, y aunque predecir eclipses es algo que se hace desde hace 25 siglos, siguen siendo fenómenos escasos. La posibilidad de que sobre un lugar determinado acontezca un eclipse es de uno cada tres siglos, más o menos. Ahora tenemos este "trío" en la península que es excepcional, pero en la sociedad del siglo XXI tenemos que plantearnos que esto es un fenómeno social de primer orden.
Una vida esperando el 2026
Llevo toda la vida dedicándome a la divulgación científica, hace más de 40 años, y sabía que el cierre de mi vida útil iba a ser el eclipse total de sol del 2026. Lo tenía apuntado desde que era niño. Me despidieron del Planetario de Pamplona un año antes de eso —luego se quemó y yo no tuve nada que ver, aunque haya gente malintencionada que diga cosas—, pero la historia es que desde mi tierna infancia sabía que este iba a ser el eclipse de mi vida.
He visto otros eclipses y no he perdido ni un ápice de interés. Es una oportunidad que merece la pena por ese impacto social y personal. Llevo varios años explicando a autoridades de pueblos que me dicen: "Sí, vamos a contratar a un DJ local o un grupo de música New Age para que toque en la totalidad". Y yo les digo: "¡No! Matadlos a todos". En mis eclipses, cuando grabábamos para tener el código de tiempo y datar las fotos, yo iba cantando cada toma. Pero cuando no tenía que hacer fotos, simplemente decía "¡hostia!". Hay una grabación mía del año 91 en la que digo esa palabra más veces seguidas que en todo el resto de mi vida. Es increíble. Se te pone el vello de punta; ves que la naturaleza, durante la hora de parcialidad, te está indicando que estás viviendo algo que no es normal.
La "bajona" y el riesgo social
Luego viene la bajona más grande que hay. Cuando acaba el eclipse, todo el mundo coge el coche y se va a la vez. Hay atascos de siete horas. Las muertes de tráfico se incrementan un 37%. Lo digo para que lo tengáis en cuenta. La astronomía es predecible, pero el impacto social es impredecible, y más en esta era de polarización.
Por cierto, para los terraplanistas: tenemos fotos de la sombra de la Luna sobre la Tierra tomadas desde la Estación Espacial Internacional. Lo siento, una vez más, no tenéis razón.
En general, usamos el término "eclipse" más como metáfora (eclipses de la razón, agujeros negros económicos), pero cuando miras Google Trends, ves picos muy acusados en los momentos de los eclipses. A la gente le interesan los eclipses cuando va a haber uno, y lo saben porque los medios de comunicación se lo dicen. En 2024 hubo picos enormes con los eclipses de México, EE. UU. y Canadá. El interés crece en los meses anteriores, llega al pico y luego tiene un "eco". Este año diremos a la gente: "Quedaos, que luego se hace de noche y podéis ver las Perseidas", pero la realidad es que el interés informativo durará unos días más por los testimonios y las imágenes recogidas.
Objetivos y el trabajo de la "CICATE"
Estamos a seis meses del eclipse. Es un buen momento para empezar a trabajar informativamente. El objetivo es convertirlo en una noticia de interés humano, buscando la parte emocional cercana. Desde hace más de dos años trabajamos en la CICATE (realmente CCATE: Comisión Científica y Técnica de asesoramiento del Trío de Eclipses). Estamos convencidos de que es una oportunidad única para hablar de la ciencia que se hace aquí. Mañana veremos el gran centro de divulgación y el observatorio astrofísico de Teruel. Con la excusa del eclipse, podemos colar cultura científica.
He vivido de eso toda mi vida: colar astronomía en radios generalistas y prensa. Y funciona si convences a los editores de que la historia es algo más que un nicho para "frikis". Hoy, con la segmentación de redes, hay programas de nicho con audiencias que justifican mucha más divulgación que antes. En los 90, cuando empezaron los museos de ciencia, éramos pocos y los medios apostaban por especiales. El único que queda de aquel empuje es Tercer Milenio en el Heraldo de Aragón.
Aparte de la divulgación, está el servicio público. Surgen preguntas: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿qué conviene hacer?. La gente no es tonta, pero no son astrónomos. Si hablo de la tensión de Hubble en el momento 10 a la menos 37 segundos de vida del universo, duermo a la gente y pensarán que esto no es para ellos. Pero el eclipse es objetivamente interesante y se puede explicar sin infantilizar. Odio cuando dicen "explícaselo como a tu abuela"; mi abuela entendía mucho más que yo. No hay que ser edadista ni sexista para hablar de ciencia: se puede ser relevante sin infantilizar.
Cifras y gestión de riesgos
Podemos advertir del peligro de quemarse los ojos sin recurrir siempre a la foto de Trump. En EE. UU. hablamos de impactos en 200 o 650 millones de personas. En España, con 20 millones de turistas en agosto, sumados a la población local, estamos ante 70 u 80 millones de personas que potencialmente querrán ver el eclipse. Eso llena municipios.
Hablamos de agosto, de calores extremos, sequías, riesgos de incendio y la importancia de eventos con impacto ambiental cero. Nos vamos a cargar lo poco que quedaba de paisaje sin pisar. Esto pasó en EE. UU. y pasará aquí.
¿Qué lecciones sacamos? La anticipación gradual. No bombardear pronto, pero hoy, a seis meses, es buen momento para avisar. A veces funciona más la parte de utilidad: el dónde y el cuándo. En Aragón existe un plan estratégico y reuniones con entidades locales desde hace un año. En Fitur vi que algunas comunidades como Castilla y León o Aragón tenían el eclipse como centro de interés, mientras otras aún no habían reaccionado. La gente reclamará simuladores y visualizadores; cada medio querrá tener su propio "cacharrito" interactivo.
Consejos para el día del evento
Nunca es demasiado avisar sobre el tráfico o la vista, pero no podemos tutelar a la gente todo el día. Os daré un consejo: si estáis en un sitio y veis nubes —es verano, habrá nubosidad de evolución—, os darán ganas de coger el coche e ir a otro lado. ¡No lo hagáis! No va a merecer la pena. No vais a llegar a ningún sitio, acabaréis tirando el coche en la cuneta y viéndolo en condiciones penosas. Es mejor quedarse. Al año siguiente tendremos otro en Cádiz o podéis ir en barco. O podéis ir a Egipto el 2 de agosto del 27, que se verá fenomenal durante cinco minutos a mediodía; yo me quedaré por aquí.
Lo que no funciona: Clickbait y pseudociencias
Sabemos que habrá cosas que no funcionan: el clickbait apocalíptico ("el día que el sol desaparecerá", "la luna de sangre"). Hoy he visto en la web del Ayuntamiento de Teruel que este acto se llama "Astroperiodismo contra los eclipses", se había deslizado una errata porque originalmente era "contar" y salió "contra"; me ha encantado: a veces hay que protegerse de ellos.
Ojo con la pseudociencia. En México y la India las autoridades tuvieron que avisar oficialmente de que el eclipse no afecta a los embarazos. Hay que huir de tecnicismos excesivos; no hace falta llenar el espacio público con charlas de expertos de dos horas todos los días. Y si invitáis a expertos, por favor, invitad a mujeres. Hay muy buenas astrónomas y hoy, una vez más, hablamos más los chicos.
He visto un titular en LA Times que decía: "Estos científicos creen que un eclipse asombroso podría unir a los estadounidenses en tiempos difíciles". Era una historia bonita de psicólogos sobre si el eclipse nos cambia. Yo digo que sí nos cambia, pero visto cómo está EE. UU., aquello fue un poco exagerado.
Logística de la observación
Se nos van a llenar los medios de fotos de gente disfrazada, como en la Lotería. Ojo con la observación el día 26: el sol estará muy bajo (entre 5 y 10 grados). Si tienes a alguien delante que sea cabezón, te tapa el eclipse. En Lerín estamos diseñando una zona en declive y hemos estimado que hay que dejar dos metros entre filas para no taparnos. Sería una pena que en el clímax te pase como en un concierto y te preguntes por qué los de delante han tomado tanto Colacao y son tan altos.
Mensajes claros: no se puede mirar con gafas de sol de diseño. He visto un anuncio de Costa Cruceros hecho con IA que circula por WhatsApp; está muy bien, pero recordad: nada de gafas de sol, aunque esté bajo en el horizonte. Este eclipse quemará pocas retinas porque el sol está bajo, pero el riesgo sigue ahí. Ya nadie usa negativos velados ni radiografías porque son digitales, y ya nadie sabe dónde encontrar vidrio de soldador. Lo mejor son las gafas homologadas de polímero.
Las gafas de eclipse son para ver el sol y punto. Si intentas hablar con alguien al lado no lo ves porque son muy opacas. No vais a estar toda la hora con ellas puestas. Lo mejor es invitar a la gente a que no mire si no tiene gafas, porque el peligro es ponérselas y quitárselas mirando al sol.
El daño irreversible
En la revista Nature se publicó un estudio sobre el pico de búsquedas de "My eyes hurt" (me duelen los ojos) tras el eclipse en EE. UU.. Las zonas de búsqueda coincidían con la franja de totalidad. A pesar de las campañas, mucha gente pensó: "por un poquito no pasa nada". Pues sí pasa. Una retina dañada por un eclipse muestra una mancha irreversible; no hay terapias hoy en día para recuperar ese punto de visión.
Respecto a la pseudociencia, la mejor forma de luchar es resaltar lo ridículo. En el 99, Paco Rabanne dijo que el eclipse era la señal del fin del mundo y que la estación Mir caería sobre París. Los franceses montaron manifestaciones de "Mierda al APACOlipsis" delante de sus tiendas. El mundo no se acabó y nadie le pidió responsabilidades por lo que dijo.
El rigor del horario
Para terminar, recuerdo un titular de ABC del año 84: "Según el director del Observatorio Nacional, el eclipse cumplió su horario previsto". Era ese periodismo que parece sugerir que si el director no lo dice, el eclipse igual se retrasa. Hoy en día, con lo que es España, miedo me da que una comisión interministerial dicte el horario y se monte un lío al día siguiente.
Lo más bonito es que, en vez de hablar de esto como una cosa solo de astrónomos, hablemos de ello como una historia humana que vamos a vivir todos.
Un desfile de seis planetas iluminará el cielo el 28 de febrero. Planetary Parade 2006. Planetary alignment on Feb 28. Mapa del desfile de planetas. Phénomène rare : 6 planètes visibles en même temps. Le 28 février 2026, six planètes seront alignées dans le ciel ! Un spectacle exceptionnel à ne pas manquer. Alineación planetaria 2026: cómo será el fenómeno astronómico y las claves para observarlo. Seis cuerpos celestes del sistema solar coincidirán en una franja el 28 de febrero...
Vaya mierda de titulares. Tróspidos, les decía el inmarcesible Hematocrítico. Con las IAs además se crean mierdas de estas que están en todos los medios, repitiendo medias verdades y errores completos:
No están en línea, pero viajan siempre por su plano orbital cercano a la eclíptica, porque así son los planetas: Mercurio se separa 7 grados, Venus 3,4 y Saturno 2,5 pero por ahí andan. Por eso esa región del cielo por donde pueden aparecer los planetas (y la Luna que se separa unos 5 grados de la eclíptica) es especial y los antiguos marcaron esa franja como el Zodiaco.
No es una conjunción: Júpiter está a 100 grados de Venus, más de un cuarto de cielo.
Y tampoco es una línea recta, de esas cosas no hay en el cielo: son arcos de circunferencia si quieres, círculos mayores sobre la esfera celeste que queda más rimbombante.
No es solo el 28 de febrero de 2026: se ha podido ver más o menos toda esta semana, a ver si aprendemos algo de astronomía antes de montar el clickbait. Es cierto que podemos comprobar noche a noche cómo los planetas tienen su ritmo al moverse con respecto a las estrellas y los otros planetas. La Luna, que es nuestro satélite, ya lo sé, pero la vemos también por ahí, se mueve muy rápidamente (al fin y al cabo da una vuelta al cielo cada mes). Pero Mercurio está desplazándose muy rápidamente, más que Venus y desde luego más que Saturno, cuyo movimiento aparente en el cielo del atardecer se debe más a que el Sol se está moviendo también, aparentemente, alrededor de la Tierra.
Para colmo, dos de los planetas que todos mencionan simplemente no se ven a simple vista, así que como si no estuvieran: Urano y Neptuno necesitan de un telescopio y cierta experiencia.
Y eso no tiene lógica, porque no mencionan otros dos astros que sí están en la misma zona de cielo. Y es que ya puestos, Marte y el Sol están muy cerca también de Mercurio y Venus, pero el Sol es el Sol y no deja ver a los otros y a Marte le tenemos del otro lado así que se ve al amanecer. Pero a unos pocos grados, eh, mucho menos separación que Júpiter y ahí lo metéis...
¡Es la gravedad estúpidos! Incluso sin entender bien la gravedad Kepler ya lo había medido y explicado, y teorizado con sus leyes. Así que no pongáis que es algo insospechado o inaudito, y no es nada excepcional tampoco. Se repite varias veces al año y cada vez algún medio de comunicación lo cuenta como si fuera la primera vez que sucede en la historia de la humanidad. Pues no, querides...
Etcétera.
Muchos citan a la NASA, pero aunque les encanta que hablemos de ellos, también lo explican más claramente. Por ejemplo miren esto del 7 de febrero de 2025: Alineaciones planetarias y desfiles de planetas. Explican algunas cosas (eran referidas a otra noticia idéntica de hace un año) que siguen valiendo. Y eso que otras veces la NASA juega a montar sucesos extraordinarios innecesariamente... pero mira, a veces tienen un poco de responsabilidad frente a la manía de la notoriedad en las redes.
En fin, que si miráis al cielo estas noches va a ser precioso. Buscad un horizonte oeste despejado y sin montes, árboles o edificios, y veréis los planetas incluso antes de que sea de noche. Luego, Júpiter ahí junto a Cástor y Pólux, los gemelos, brillando toda la noche. Un espectáculo bonito de ver, pero también podéis hacerlo hoy o la semana que viene, no solamente el 28.
Como cada último miércoles de mes, hoy 25 de febrero de 2026 haremos (dentro de hora y media) una sesión de CIENCIA EN EL BAR. En el enlace está la entrada que he hecho para el blog de la actividad, pero como sé que os cuesta mucho eso de pinchar un enlace, leer y luego volver, os lo pego todo tal cual:
Buscar la eternidad (o algo que se le parezca) (25/2/26)
Por Javier Armentia, el 20 febrero, 2026.
La eternidad siempre parece bastante tiempo. El máximo posible, si nos ponemos tiquismiquis, cosa que los tres barbas suelen hacer a menudo en las jornadas de CIENCIA EN EL BAR. Por esto, para la convocatoria de febrero han decidido abordar el tema desde diversas perspectivas. La cita será el miércoles 25 de febrero, en el Bar REX Casa de Comidas de la Plaza de la Libertad (s/n) de Pamplona. A las 19 horas y como siempre sucede, mejor ir antes para encontrar sitio porque el aforo es el que es. Ya saben que no se graba ni se retransmite así que solo quienes comparezcan podrán disfrutar de los contenidos.
La longevidad
Sin embargo, adelantamos algo. Por ejemplo, que tenemos este mes un invitado de lujo. Se trata de Javier Novo, catedrático de genética en la Universidad de Navarra. Hablando con él esta semana nos contaba: «La semana pasada se celebró en Madrid la cuarta edición del Longevity World Forum. Repasaré algunas de las ideas que se presentaron allí, junto con los intentos de otros científicos como Audrey de Grey de expandir los límites de la longevidad humana. Podremos discutir si dichos intentos son factibles o si existe un límite biológico de longevidad que no se puede superar.» Por cierto, la web del LWF tiene bastante información sobre el tema por si quieres documentarlo. Y por abrir un debate sobre por qué este tema de la longevidad se convierte en un aspecto que trasciende lo filosófico o lo científico (sanitario) para convertirse en un tema de intereses económicos.
Unas bacterias siempre son un buen ejemplo
Por supuesto, Ignacio López Goñi siempre tiene un microbio a mano para contar historias. Recientemente reconocido por la web académica The Conversation como uno de los comunicadores científicos más relevantes, nos planteaba en el chat en el que vamos organizando los temas de cada mes: «La pregunta es ¿podemos vivir más de 150 años? Como decían Putin y XinPin?». Luego venía a decir que tampoco haríamos nada nuevo y nos colocó un titular de El País: «Hallada una bacteria helada hace 5.000 años capaz de plantar cara a superpatógenos». Así que nos traerá la curiosa vida de Psychrobacter SC65A.3, un microorganismo que han localizado bajo un montón de hielo en una cueva de Rumanía.
Una perspectiva sevillana
Quienes le sigan en las redes y sobre todo en su blog, saben bien que la mirada del físico Joaquín Sevilla tiene un color especial. Por eso propone para esta ocasión reflexionar sobre el sesgo de propiocronismo. Hace ya más de seis años se preguntaba sobre la gran variedad de las escalas de tiempo: los microorganismos de Nacho viven poquísimo en comparación con los humanos, pero nuestra escala es ridículamente pequeña en comparación con la que trabajan los geólogos o las astrónomas. Añade una frase inquietante: «Si empezamos a mirar imaginando otras escalas de tiempo paisajes aparentemente apacibles ya no lo son tanto». Habrá que escucharle entonces.
La eternidad, una cosa muy cósmica
Posiblemente la física de hace poco más de un siglo estaba más o menos tranquila pensando que el universo era eterno, con lo que no teníamos por qué preocuparnos mucho por eso de los comienzos o los finales, esas singularidades que habían dado tanto juego en las teologías a lo largo de la historia. Sin embargo la nueva visión de la física relativista nos trajo de nuevo el comienzo y el fin de los tiempos. Javier Armentia suele decir, siempre que le dejan: «este universo nació, aquí mismo, hace 13.787 millones de años. Así que podemos celebrarlo». Realmente ha dicho que iba a hablar de un titular que le dejó incómodo el verano pasado. Lo vio en Scientific American en mayo del año pasado y venía a decir: «El universo podría acabar antes de lo que los científicos esperaban». Luego decía que ese antes es aún así de unos 10^78 años a partir de ahora (llevamos vividos poco más de 10^10 años). Lo que pasa es que la predicción anterior venía a decir que eso del fin del universo llegaría más o menos en 10^1100 años más. Cosas, por lo que se ve, de la radiación de Hawking.
Por supuesto, no pretendemos que al terminar la sesión de febrero de #CienciaEnElBar salgamos con todos los conceptos claros, pero alguna discusión interesante seguro que habremos tenido. Y si no, claro, siempre podemos pedirle a Eneko algún buen reserva navarro o un single malt de 20 años que si no está cerca de la eternidad sí puede rondar lo sublime.
Estáis invitados, por supuesto. La entrada, como siempre, es libre y gratuita hasta que se llena (y se llena).
Una última nota: esta vez el cartel fusila el cuadro de Dalí «La persistencia de la memoria» que con esos relojes blandos suele servir de ilustración a muchas disquisiciones sobre el tiempo. Se ha dicho muchas veces que precisamente eso de los relojes blandos que se estiran era una alusión a las teorías de Einstein. Pero el artista comentó que su inspiración era más cercana: un camembert dejado al sol que se quedaba así blandito y fundido. Sirva como metáfora. Si esto en vez de ser ciencia en el bar fuera un podcast seguro que acabábamos poniendo «Time» de Pink Floyd. Lo digo por terminar con las referencias de cultura pop.
Vale. Si habéis llegado hasta aquí, gracias por la paciencia. He pensado que lo que iba a contar (el párrafo de la cosmología y eso) tenía pinta de monólogo, así que lo cuelo por aquí porque posiblemente no me atreva a decirlo de la misma manera esta tarde en el Bar Rex.
La eternidad es un mecanismo de defensa (o el problema de tener demasiado tiempo) (monólogo para físico y público alucinado)
La eternidad es una palabra demasiado grande para nuestra capacidad de comprensión, pero nos encanta manosearla. (Borges decía que la eternidad era simplemente una de las formas del tiempo, el sabría por qué). Pero a lo mío: durante unos siglos, desde el nacimiento de la mecánica clásica, la física vivió una especie de tranquilidad como de siesta reparadora, pensando que el universo era eterno y estático. Era un escenario cómodo: sin principios traumáticos ni finales apocalípticos (que era lo que habían vendido, a menudo con mandoble y espada además de la cruz). Además esto nos ahorra esas singularidades que tanto juego habían dado a las teologías.
Pero la visión relativista nos despertó del sueño y nos devolvió el tiempo lineal, con su principio y su inevitable fin. Bueno, fue realmente el astrónomo Heinrich Wilhelm Olbers quien planteó el problema (que por cierto, tuvo una primera aportación de la mano de Edgar Allan Poe, pero eso es otra historia que creo que he contado por otro lado). Al grano: la prueba más sencilla de que la eternidad es un invento para dormir tranquilos la tenemos cada vez que anochece. Lo llamamos la paradoja de Olbers: si el universo fuera infinito, eterno y estático, el cielo nocturno no sería negro. En cualquier dirección hacia la que miráramos, nuestra vista acabaría chocando con la superficie de una estrella. El cielo debería ser una bóveda blanca y cegadora. Si la noche es oscura es, precisamente, porque el universo tiene una edad finita. La oscuridad es la prueba de que el tiempo empezó y de que la luz de las estrellas lejanas aún no ha tenido tiempo de llegarnos, o de que muchas de ellas ya se han apagado.
Y luego ya vinieron los principios de equivalencia y las ecuaciones de campo de la relatividad general. De verdad, esto lo dejamos para otro lugar porque en un bar hay cosas que no se deben pronunciar. La cosa es que en efecto, la física a partir de 1915 volvió a pensar en un origen de los tiempos (el abad belga Georges Lemaitre aplaudía con las orejas, pero con una matemática envidiable y muy bien asentada). Y de paso acaso en un fin de los tiempos. Para todo, para todos.
Llámale BIG BANG pero es eso. El origen de todo. Que pasó aquí. Suelo decir, siempre que me dejan, que este universo nació aquí mismo hace 13.787 millones de años y que, por lo tanto, tenemos algo que celebrar. Toda la cosmología es en esencia entender todo esto: cuánto tiempo, cuánta energía, cuánta materia, cuánto de aquello o de lo de más allá y si al final, lo que parece probable, acabará todo en la muerte por aburrimiento: todo estaría demasiado lejos y demasiado frío, demasiado demasiado.
Sin embargo, el verano pasado me topé con un titular en Scientific American que me dejó una punzada de incomodidad: «El universo podría acabar antes de lo que los científicos esperaban». Lo de «antes» es para nota. Ese «antes» resulta ser de unos 10^78 años a partir de ahora. Teniendo en cuenta que apenas llevamos vividos poco más de 10^10 años, que alguien use la palabra «pronto» para referirse a un número con setenta y ocho ceros dice mucho de nuestra escala de valores.Lo curioso es que la predicción anterior nos daba un margen de hasta 10^1100 años. Son cosas de cómo funciona la radiación de Hawking (pero perdonadme que no me ponga a echar cuentas y ecuaciones, no me cabe en este margen). La cosa es que aplicando la física todo, desde los agujeros negros hasta la última mota de materia, se evaporará bastante más rápido de lo previsto. Y ahí estamos nosotros, leyendo la noticia con un nudo en el estómago, demostrando lo increíblemente crédulos que somos. Nos angustia que nos quiten unos cuantos cientos de exponenciales de una eternidad que jamás llegaremos a ver, como si nos hubieran recortado el presupuesto de las vacaciones.
La ciencia se obsesiona con el tiempo porque es la única magnitud que no podemos negociar. Nos empeñamos en buscarle un sentido a la eternidad mientras ignoramos la elegancia de lo que se agota. La física actual nos ha robado el «para siempre», pero a cambio nos ha dado un calendario. No es para que se nos amargue el día. Todo lo contrario: debería recordarnos que somos la única parte del universo que se ha dado cuenta de que el reloj está en marcha.(O eso creemos).
Al final, la ciencia no se preocupa por el tiempo para asustarnos, sino para acotar nuestra irrelevancia. Somos una anomalía breve, consciente y sumamente crédula que vive en un paréntesis entre dos nadas. Y quizá, sabiendo que ni siquiera los átomos son eternos, lo más inteligente que podemos hacer es dejar de preocuparnos por el final del calendario cósmico y empezar a tomarnos en serio esos 13.787 millones de años que ya llevamos de ventaja. Porque si el universo se va a acabar «sorprendentemente pronto», lo mínimo que podemos hacer es no perder el tiempo esperando a que ocurra.
Abrí esta bitácora en #Blogalia en enero de 2002, así que ya ha cumplido esto sus primeros 24 años. No es como hace tanto, claro, cuando cada día había un artículo. Había también una comunidad, se comentaba y se proponían ideas... Esto desapareció hace años y se fue mudando a las redes. Las empresas de las redes sociales fueron comiéndonos toda la atención, pero también todo el contenido, con lo que los sitios caseros donde poníamos nuestras cosillas quedaron desasistidos. Ahora de cuando en cuando vuelvo y pongo alguna cosa, como hoy, aunque el cumpleaños fue el pasado sábado.
Si lo estás leyendo es que todavía hay gente por aquí. Y siempre da gustito. Os mando un saludo y prometo seguir poniendo historias. Incluso alguna de ellas interesante...
Revisando archivos antiguos he rescatado algunos artículos que escribí para la revista EL ESCÉPTICO que edita(ba) ARP Asociación para el Avance del Pensamiento Crítico, entidad de la que fui presidente durante unos años aunque ahora sea simplemente miembro. Por cierto que los ejemplares, desde 1998 hasta 2025 (son 59 números los publicados), están accesibles y descargables como PDFs en la web de la asociación: ÍNDICE números 1-59
Por aquello de que fue el primero, ahí lo coloco. Tal cual se publicó.
CUADERNO DE BITÁCORA: TEORÍA Y PRÁCTICA
El salón de actos del instituto de enseñanza secundaria está realmente abarrotado: son los alumnos que cursan 3º de Bachillerato, que asisten a una clase de Filosofía un tanto especial. Por varias razones. Para empezar porque el ponente −el que suscribe− no es filósofo ni nada que se le parezca, y también porque estamos allí reunidos para hablar de ciencia y pseudociencia.
Para ellos, para algunos de ellos, este encuentro va a suponer quizá la primera y única ocasión en que van a escuchar que la ciencia, los científicos, no siempre está en una torre de marfil, sumergida en sus papeles llenos de signos incomprensibles, ajena al mundo que le rodea. Que, a veces, a los científicos les encanta contar lo que hacen, lo que saben y lo que ignoran. Que también, como todos, ven la tele, leen la prensa o escuchan la radio. Y, evidentemente, que también tienen que soportar a la corte de los milagros que día a día puebla los medios de comunicación. Esos que unas veces dicen haber sido secuestrados por extraterrestres, y otras afirman ser capaces de ver el futuro en los sitios más insospechados o poseer la panacea que soluciona todas las enfermedades, las del cuerpo y las del alma. No sigo: cualquier enumeración sería demasiado larga, porque la fenomenología del disparate pseudocientífico es extensa, y se quedaría también corta, porque parece inacabable la capacidad humana para seguir inventando estupideces.
Los alumnos no saben que la ciencia tiene mucho que decir sobre estos temas, que un método de conocimiento como el científico es la única herramienta válida que nos puede arrojar alguna luz sobre esa temática que algunos prefieren mantener como coto donde ejercer su negocio −próspero, eso sí− con escasa ética. Posiblemente, y la culpa también es de todos los que nos hemos dedicado a la enseñanza, nunca se les ha explicado lo que pretende la ciencia. Demasiado preocupados con rellenar de contenidos los currículos, ocupamos demasiado tiempo en transmitir los conceptos y muy poco en cultivar las actitudes.
A lo largo de la charla, les intento contar cómo la ciencia intenta obtener conocimientos objetivos del mundo. Cómo en esa búsqueda nos hemos autoimpuesto una serie de normas que nos permita llegar a nuestro fin, o al menos avanzar... Los asistentes no son tontos, y saben que ese método de indagación da buenos resultados. Saben también que no es ajeno a las mismas debilidades y fortalezas de las personas que lo usan, a los intereses y a las pasiones, a las preconcepciones y a los corporativismos. Lo saben; pero quizá todavía nadie se lo había hecho notar.
Como era de esperar, cuando entramos con las pseudociencia, el público se va animando... Ahora parece que entramos en acción, en esos lugares donde, están casi todos convencidos, la ciencia no puede adentrarse o ha de reconocer su ignorancia. Porque ellos mismos han experimentado la extraña sensación de vivir dos sucesos cuya conexión parece mágica. Alguien me cuenta cómo soñó que su abuela le saludaba y se despedía, para saber al día siguiente que esa mujer, que vivía en otro país, había muerto. Y esa joven que confiesa estar apasionada con la ouija, en la que ella y sus amigos han encontrado respuestas que sólo un espíritu podía conocer. Con ellos, voy analizando esos sucesos y otros, desde los horóscopos hasta las invasiones extraterrestres. ¿Qué nos va quedando? Muy poco, muy poco fiable. Entre los mismos chavales, surgen voces discordantes, posturas críticas, adhesiones firmes a lo que han leído, oído o visto.
Evidentemente, dos horas no dan para hablar de todo, y tampoco creo que, aunque pudiera, les habría convencido de lo sana que es una visión escéptica. Como mucho, espero, han tenido la oportunidad de oír una opinión racional sobre esos fenómenos. Supongo que algunos seguirán leyendo el horóscopo, echándose las cartas, jugando a la ouija o contemplando a esa corte de los milagros que desde los medios de comunicación vende lo paranormal con cierta benevolencia. Algún otro, ojalá, podrá tener ahora un argumento diferente a los que, a modo de pensamiento único, se encuentran normalmente.
Cuando estoy recogiendo los papeles, se me acerca un chaval, más alto que yo −como casi todos−, y me dice, casi susurrando, que en su familia tienen un enfermo terminal, de cáncer, que están probando todo, que han encontrado un sanador que les asegura que puede salvarlo porque todo es una cuestión de energías que emanan de nuestro cerebro. ¿Qué debe hacer? Yo, que no soy ni filósofo, ni médico, ni confesor, dudo antes de encontrar palabras que puedan acaso aliviarle. Y comprendo que es esa desesperación humana ante lo inevitable o lo incontrolado la que nos permite caer una y mil veces en las manos de aprovechados.
Veo alejarse al joven. Quizás intente convencer a su madre de que no deje el tratamiento paliativo, de que no gaste el dinero que les queda en vanas esperanzas. Pero esta caída sin red de la teoría a la práctica, qué le vamos a hacer, me ha dejado un sabor un tanto agridulce.