El Oído De Las Lechuzas
El Correo, miércoles 10 de septiembre de 2003
Territorios, Ciencia-Futuro
Para un animal que vive, y caza, de noche, el sentido del oído es obviamente fundamental. Las lechuzas son capaces de encontrar pequeños roedores que sólo hacen un mínimo ruido al andar entre las hojas del bosque con una gran precisión. Incluso cuando están a decenas de metros de distancia, o también aunque se encuentren bajo una capa de hojarasca o andando por debajo de la capa de nieve invernal. Una oreja, por lo tanto, prodigiosa, posiblemente uno de los animales con mejor sentido del oído, con una sensibilidad diez veces mayor que la del ser humano.
Ello es posible gracias a varios factores, como tener unas orejas muy grandes cubiertas profusamente de plumas que convierten su pabellón auditivo en una especie de embudo para ondas sonoras. Se trata, además, de plumas modificadas para permitir el paso del aire. En torno a la abertura de la oreja, la piel también es especial, permitiendo movimientos de orientación de esa entrada que permiten concentrar ondas sonoras que llegan desde atrás, aumentando el ángulo de percepción de sonidos. Incluso la forma de la cara facilita conducir ondas de sonido a los pabellones auditivos: esa especie de doble plato parabólico de su cara, cubierto por plumas, también trabaja para su sentido del oído.
Sin embargo, dejando aparte estas características fisiológicas específicas, la manera en que son recogidas las ondas sonoras, y sobre todo la forma en que el cerebro analiza esos datos permitiendo así una localización espacial del origen de un sonido, no es muy diferente en la lechuza de otros animales, incluso de los humanos. Nuevas investigaciones recientemente publicadas por un equipo del Instituto de Neurociencia de la Universidad de Oregón parecen concluir que la manera en que el sonido recogido a través de las dos orejas (en estéreo) se convierte en información es común en muchos animales: un sistema complejo en el que factores fisiológicos y neurológicos ayudan a componer un sistema sensorial complejo, fundamental para la supervivencia, y que se ha ido desarrollando en los últimos cientos de millones de años.
Las ondas sonoras que llegan a nuestros oídos son ondas mecánicas, compresiones y depresiones del aire que, a través de los sistemas del oído medio provocan la vibración del tímpano, una membrana que como un tambor se mueve debido a las mismas, accionando los tres huesecillos que empujan al último, el estribo, de manera rítmica, consiguiendo que éste golpee rítmicamente sobre una capa de tejido flexible en la base de la cóclea, una estructura ósea en forma de caracol (que le da el nombre habitual) en la que residen unas 16.000 células sensibles al movimiento: estas células ciliadas convierten esos movimientos en señales electroquímicas, el lenguaje de las neuronas. De esta manera la duración, la frecuencia o la intensidad de un determinado sonido se convierte en información que será procesada en el cerebro, pasando de las neuronas receptoras a otras y, finalmente, llegando al área de la corteza cerebral que se encarga de analizar este sentido. Las señales que proporciona un mismo sonido percibido a través de cada oreja son diferentes, y estas diferencias serán traducidas en términos espaciales.
El proceso, denominado fusión biaural, fue comenzado a estudiar en los años setenta utilizando lechuzas, normalmente la lechuza común, de la especie Tyto alba, mediante técnicas que permiten visualizar la forma en que las zonas cerebrales están trabajando. La razón de utilizar lechuzas era la importancia del sentido del oído en ellas, y su enorme precisión: es capaz de percibir una diferencia en la señal proveniente de cada oído de tan sólo 30 millonésimas de segundo. Los primeros análisis de este tipo implicaban colocar en el cráneo de los animales una serie de electrodos que medían la actividad neuronal de las zonas de la corteza cerebral, donde se procesan estos datos sensoriales. En la actualidad, los métodos de imagen por resonancia magnética permiten, aparte de ser técnicas menos invasivas, obtener mapas de actividad neuronal mucho más precisos.
Gracias a estos métodos, se sabe que el mecanismo de análisis de las señales auditivas pasa por la construcción de un mapa espacial en las neuronas del colículo inferior, una estructura del mesencéfalo cerebral en la que se crea un mapa especial, es decir, que físicamente diferentes áreas de esa estructura se activan o desactivan según los retardos percibidos entre las señales que vienen de cada uno de los oídos. Las señales llegan ya de manera “topográfica” a la corteza, permitiendo un procesado superior, es decir, facilitando que estos datos, inicialmente diferencias de presión en el aire al lado de las orejas, permitan localizar la fuente de sonido, identificarla, y realizar la conducta que sea adecuada, o interesante para el individuo.
Los estudios en laboratorio con lechuzas han permitido confirmar que el mecanismo mediante el cual localizamos sonidos es común a muchas especies, si bien es cierto que en el caso de estas aves nocturnas la precisión con que funciona es sorprendente. Utilizando sonidos artificiales, que eran mandados a cada oído del animal mediante auriculares, controlando el retraso de la señal en estéreo, se ha podido comprobar que no sólo se analiza esa diferencia en el tiempo de recepción, sino la forma en que cambia (lo que se traduce en movimiento de la fuente). La conducta auditiva de una lechuza, además, implica el giro de la cabeza ante la recepción de un sonido, de manera que, cambiando la posición de sus orejas, va “apuntando” desde diferentes ángulos, incrementando la sensibilidad espacial. Cada movimiento de la cabeza implica un giro de ese mapa neuronal, un reprocesado de toda la señal complejo que, según los investigadores, todavía nos guarda algunas sorpresas.
Daredevil Frente A Batman
En cierto modo, la manera en que percibimos los sonidos no es demasiado diferente de lo que el superhéroe de Marvel Dan Defensor (en inglés Dare Devil, nombre ahora más popular gracias a la película de Mark Steven Johnson). El protagonista, ciego a causa de un accidente, es capaz de componer una alternativa a la visión a partir de los datos del sonido que le llegan. En esencia, las lechuzas, como otras aves nocturnas, y muchos otros animales, funcionamos de manera similar, aunque no con tanta precisión como Dan. Se trata de un sistema “pasivo”: las ondas sonoras que nos llegan son analizadas en nuestro oído y en el cerebro.
Los humanos venimos de animales nocturnos, que debían ser capaces de discernir el más mínimo sonido para sobrevivir. Nuestra audición aún guarda, así, el recuerdo de los tiempos en que teníamos que huir de los dinosaurios. Frente a este sentido tipo Dare Devil, tenemos a Batman. Los murciélagos utilizan una forma de ecolocalización activa: producen determinados sonidos cuyo reflejo analizan.