La Mano En La Cara (En La Boca)
Supongo que ya han leído lo de la controversia en torno al documental de Medem, imagino que no habrán visto el mismo. Yo tampoco. Se ha propuesto una censura a priori que tiene muchos matices, aunque no quiero centrarme en Julio Medem y su pelota vasca porque el "epifenómeno" tiene más valor por lo que representa que por lo que es. Hace unas semanas sucedía la historia de los conciertos de Manu Chao con Fermín Muguruza, y los boicots, anulaciones y demás. Otro suceso que genera controversias varias, en el que un trabajo (el concierto) queda descalificado no ya por lo que contiene sino por la adscripción (pasada, acaso presente) de uno de sus trabajadores a cierto ámbito social-político (por llamarlo de alguna manera, eso que se suele decir ahora con un término tan matemático: "entorno").
Acabado el primer párrafo, y visto cómo es el país en el que vivimos, deberé hacer profesión de democracia y constitucionalismo, que lo hago encantado, oiga. Más aún, afirmaré que en mis escritos no han faltado denuncias a los asesinatos, a las vergüenzas del pensamiento que envuelve al asesinato y sus consecuencias y etcétera etcétera. Para quienes me quieran tachar de tibio afirmaré que nunca he participado de confesiones nacionalistas y que, incluso, a aquel compañero que tenía en la mesa de parvulitos y que luego acabaría siendo miembro de la Mesa Nacional de Herri Batasuna le rompí un día las gafas.
Acabado así el segundo, afirmaré también que nunca he comulgado con ruedas de molino, o al menos he evitado hacerlo; que la defensa de marcos jurídicos de funcionamiento social no me ha impedido ser muy crítico con ellos; que desde luego todo lo que suene a dogmatismo, a pensamiento único o a ataque a derechos fundamentales me duele, abomino de ello y si me es dado, me uno a su denuncia y ataque. Otro compañero de mesa en parvulitos acabaría siendo concejal del Partido Popular y, aunque a éste no le rompí las gafas, hice mofa y befa continua de sus ñoñeces.
Aclarado todo lo cual, dado que en estos días conviene casi recorrer un currículo completo antes de poder atreverse a opinar en público de la situación "vasca", afirmo que todo esto me huele fatal, me parece que estamos equivocando, colectivamente, el fondo y la forma. Quienes acusan al "nacionalismo" de actos contra la democracia, que lo hagan ante los jueces; quienes pretenden impedir que alguien hable sobre el asunto (sea mal o sea bien, sea con una orientación o sea con otra) que no tengan carta blanca, porque no es de recibo. Y que ante los ejercicios del poder, de los diferentes poderes implicados, de los ejecutivos a los legislativos sin olvidar nunca los judiciales, hemos de asegurarnos de que todos tienen igual acceso, todos iguales derechos, todos idénticos deberes. Nuestro derecho (y deber) ciudadano es la denuncia de aquellos que lo incumplan, la exposición de los intereses no legítimos.
Algo así no supone olvidarnos del derecho a poder vivir (no ya vivir dignamente, sino sobrevivir) de quienes pertenecen a unos determinados partidos, sean o no cargos electos o sostienen determinadas ideas. Derecho ante el que nadie puede oponer nada, y por el que los poderes públicos han de velar especial y específicamente. Derecho cuya vulneración, además, pervierte de tal manera el cauce de las cosas que no sólo hemos de denunciarlo así, sino que debemos establecerlo como base de cualquier causa social que intente establece maneras de salir hacia adelante. Mientras haya amenazados, mientras haya atentados, mal podemos solucionar los marcos constitucionales. Quienes, sin embargo, quieren que tampoco podamos pensar en qué podría hacerse, en cómo avanzar, o de qué manera ir haciéndolo, yerran el tiro. Un tiro que debería ser acción policial y judicial contra el delito, contra los delitos.Es triste ver que las cosas no se hacen, sin embargo, con estos raseros de elemental convivencia democrática. Se podría justificar que, teniendo a un lado las pistolas, es superfluo, o cosmético, una fruslería, preocuparnos por los derechos (menos primarios que el derecho a la vida, diríamos) de quienes algunos consideran directamente cooperadores necesarios de aquellos o cuando menos quintacolumnistas o, como alguno los ha llamado, "tontos útiles", en una guerra donde la barricada está plantada desde hace mucho: aquí los buenos y allá los malos. Pienso más bien lo contrario: es en estos momentos precisamente en los que la diferencia entre quienes están del lado de los derechos y la democracia y quienes no se establece en gran manera en la arena del respeto a la diversidad, a la opinión, a la disidencia. ¿Quién tiene la patente de corso, quién el nihil obstat, para discernir lo que puede o no hacerse?
No sé si el documental de Medem, en versión cine, en versión TV o en la versión eterna de casi 5 horas del dvd que ha de salir, merece la pena, aporta nada o qué. Pero desde luego no puedo participar de la quema de quien, ejerciendo un elemental derecho a la libertad de opinión, se atreve a hablar del asunto. Sea por las razones que sea, o con el interés que le haya movido a hacerlo. Igual que si alguien promoviera que a Savater no se le permita escribir libremente sus pensamientos, por poner un ejemplo. Como tampoco participo de las políticas que provocan que una sola persona huya espantada del País Vasco ante la situación existente.
El hecho es que en estos días, una vez más, nos encontramos con que la solución pretendida, acaso un parche, es acallar a quien quiere hablar. La mano en la boca, ésa parece más bien la historia del país vasco. (A veces, se pone la mano tan fuerte en la cara que la cosa es un sopapazo, además).
Perdonen, quizá estaba pontificando...