20-J
Milenio - Diario de Noticias, lunes 17 de junio de 2002
Estamos viviendo tiempos de cambio, preocupantes giros en los que empieza hasta a parecernos normal que desde las instancias del gobierno se dé palo al que se mueva de forma diferente de la que quieren. O que se mueva sin más. Así, una huelga, que antes pudo ser un derecho del trabajador, se va convirtiendo en grave irresponsabilidad, y hasta en sabotaje al Estado. Sospechosos de intentar socavar el ordenamiento democrático, cualquier ataque a los sindicatos será permitido estos días, además con la saña habitual de quienes desde la prepotencia vienen empleando el poder no sólo para gestionar la cosa pública (¡y de qué manera!, consiguiendo hacer su corralito particular de querencias y beneficios), sino para descalificar a todo el que se permita opinar de forma diferente. Quizá sólo por eso ya estaría justificado montar una huelga general, una protesta masiva para decir que ésos no son los modos que nos merecemos.
Pero, además, es que la huelga es una movilización de los trabajadores para protestar por un recorte claro y perverso de sus derechos. En los últimos días quiere hacérsenos olvidar eso: en vez de analizar qué es lo que pueden haber hecho mal, el gobierno se limita a acusar a todos los demás de ser aún peores que ellos (quiero decir, no es que puedan siquiera reconocer que puedan ser malos o estar equivocados, que eso ya sería todo un acto de humildad casi impensable hoy día, pero lo cierto es que están convencidos de que todos los demás son mucho peores). Tal maniqueísmo sólo va a provocar mayor enfrentamiento social.
Qué pena, pues, que por estos pagos -con una obsesiva manía de ser diferentes de los igualmente puteados trabajadores del "resto del Estado" como dirían en su jerga- unos decidan hacer lo que tiene que hacerse el día 20 un día antes. Si quieren reclamar la diferencia, que propongan manifestarse en pelotas (un ejemplo, por decir...)