El Retablo De Las Maravillas
Milenio Diario de Noticias
Domingo 10 de octubre de 2004
Un ejercicio siempre necesario, el teatro. Ejercicio no de lo físico, que de eso últimamente se abusa: ahora me veo rodeado de mujeres qué pretencioso, Armentia...- que se dedican al Pilates con desigual fortuna pero decididamente con arrobo y delectación, que diríamos. Ejercicio de lo intelectual, y quizá por eso sucede que los palcos del ayuntamiento y del gobierno estén a menudo vacíos mientras hasta lo más alto del gallinero y todas las plazas de visibilidad reducida del Gayarre rebosan de gente. Estos días están por aquí Els Joglars revisitando a Cervantes. El entremés que presentan, y actualizan con ensueños psicotrópicos a base de lametones de Amanita muscaria, pues al fin y al cabo es época de setas, habla de la cretinez (no cretinismo) de las modas. De lo más excelso que sólo, pretendidamente, un espíritu cultivado puede llegar a percibir, por más que ese cultivo sea pura mercadería y engaño. Monseñores que venden el cielo en cash, talón o tarjeta de crédito; artistas que nacen y mueren con los mismos métodos llevados de la mano de críticos insaciables; altísima cocina como altísima política, medidas en euros en definitiva y vendiéndonos la nada más absoluta. Y todo ello aireado en los medios, verdaderos retablos de las maravillas que no existen.
Siendo el ser humano aquel animal que siempre tropieza con la misma piedra, no es raro que los clásicos hablen de conductas que siguen vigentes siglos después de ser descritas. Lo terrible es la constatación de que, por más que miremos con ironía a nuestro alrededor, seguiremos siendo víctimas felices de los engañabobos que son y que serán. Es nuestro sino. Y sólo los tontos más tontos, qué curioso, se dan cuenta de que los encefálicos somos los demás.