Amor Y Química
Publicado el miércoles 20 de octubre en EL CORREO, suplemento Territorios, Ciencia-Futuro
La fisiología del enamoramiento parece casi la descripción de una enfermedad. La ciencia intenta comprender la química del amor.
Es un ejemplo clásico empleado popularmente para explicar que la ciencia tiene sus límites: ¿cómo explica la ciencia el amor?. Sin embargo, desde hace unos años es un ejemplo muy incorrecto. Las neurociencias y la psicología han estado hincando el diente a algo que parece intrínsecamente incomprensible para nosotros: ¿por qué nos enamoramos? ¿qué no sucede ante el amor? Sus conclusiones permiten entender que hay una importante base química, aunque, y esto era también esperable, la conducta humana no se basa nunca de forma determinista en esos condicionantes. Mejor avisarlo: no hay una poción amorosa como en las novelas románticas, sino una de las más complejas conductas que además, en los humanos, no sólo está mediada por la necesidad de reproducirse.
Una de las claves apareció a comienzos de los años 90 a partir de estudios con ratones de pradera en los EEUU. Esta especie de roedor se caracteriza por la monogamia: establece parejas que duran toda la vida, un lazo que se establece en su primera experiencia sexual (que llega a durar dos días seguidos). Durante ese proceso se comprobó que se producían en el cerebro de los animales grandes cantidades de una hormona neurotransmisora denominada oxitocina. Si se inhibía la acción de esta sustancia, las hembras no establecían el vínculo afectivo de por vida. Insel y Shapiro publicaron sus estudios en 1992 en la revista Proceedings of the Nacional Academy of Sciences originando una interesante controversia: ¿operaba la oxitocina también en los humanos? ¿sería realmente esta sustancia la base del enamoramiento?

Evolutivamente, los animales tenemos oxitocina desde hace varios cientos de millones de años. Desde los peces, esta hormona controla la necesidad de expulsar sales del organismo. Como la biología muestra que la vida emplea siempre los recursos más a mano, esta sustancia tiene también otras aplicaciones, relacionadas con la fisiología de la reproducción. En las hembras, estimula la contracción de la vagina durante el parto, y en las mamíferas estimula que la leche se produzca. Igualmente, se comprobó en ratones que la administración de esta sustancia intracerebralmente en machos les provocaba somnolencia y una erección simultáneamente, mientras que a las hembras les producía adoptar la postura típica de la cópula. Se comprobaba así que la producción de oxitocina durante la cópula establecía conexiones cerebrales específicas en los ratones de pradera que tenía influencia en su conducta social de emparejamiento de por vida. Estudios posteriores realizados con ovejas permitieron comprobar que la aceptación de los hijos recién nacidos, por ejemplo, también se relacionaba con la acción de la misma molécula. En las aves, mediaba la conducta de construcción de nidos...
¿Y en los humanos? En 1994 se publicaba en la revista Psychiatry un estudio dirigido por Rebecca Turner, de la Universidad de California en San Francisco (EEUU), donde se analizaba la base química de los lazos afectivos humanos. Y aparecía la oxitocina, liberada en situaciones de gran excitación emocional y física. Por ejemplo, en los orgasmos. Más aún, se estudiaron los niveles de esta sustancia en mujeres que estaban emparejadas y, mediante tests, se analizaron diversas variables relacionadas con el bienestar y la sensación de felicidad. Cuando estas mujeres más enamoradas tenían una experiencia placentera (en concreto un masaje sueco) liberaban más oxitocina. Algo que se interpretó en el sentido de corroborar el papel de la hormona en el establecimiento de lazos afectivos también en los humanos.
El efecto de la hormona, según los científicos, es establecer un patrón de conexiones neuronales en muchas partes del cerebro, que se asocian al establecimiento de una conducta relacionada con el enamoramiento. Sin embargo, los detalles de cómo se establece esta especie de interruptor cerebral, aún no se conocen. Por otro lado, se ha comprobado que no todo está controlado sólo por una hormona, sino realmente por muchas otras. Por ejemplo, en diciembre del año pasado se daba a conocer un estudio de la Universidad de Rutgers (Nueva Jersey, EEUU) en el que se había analizado mediante resonancia magnética el cerebro de 17 hombres y mujeres que se encontraban en los primeros días de una relación amorosa. En las imágenes aparecía un aumento de la actividad, guiada por un neurotransmisor denominado dopamina, en varias áreas cerebrales relacionadas con la recompensa, la emoción, la atención y la euforia. La dopamina produce satisfacción y placer, aumentando también la energía y el estímulo sexual. La directora del estudio, Helen Fisher interpretaba los resultados diciendo: "la atracción, que es la precursora mamífera del amor, evolucionó para que los individuos buscaran a parejas para reproducirse, conservando la energía y el tiempo que se dedica al cortejo". En el caso humano, la química sigue ahí y la dopamina facilita desarrollar un mayor interés por la pareja con la que se establece un nuevo vínculo afectivo. En cierto modo, preparando el cerebro para que el enamoramiento "oxitocínico" funcione adecuadamente.

Amores Ciegos y Flechazos
Los análisis de la bioquímica no se limitan al enamoramiento guiado por hormonas, sino que han permitido también estudiar científicamente si, realmente, como se dice, "el amor es ciego". Diversos estudios sobre niveles de neurotransmisores en personas enamoradas muestran que el proverbio tiene razón: las personas enamoradas tienen menos serotonina, un neurotransmisor relacionado con las conductas compulsivas, pero además, sus niveles de atención, específicamente en circuitos relacionados con el pensamiento crítico, son menores. ¿Nos fijamos menos entonces en las cosas malas de nuestra pareja?
Por otro lado, también parece confirmarse, en estudios recientes, la existencia del "amor a primera vista". Artemio Ramírez y Michael Sunnfrank, de la Universidad de Ohio (EEUU) han comprobado recientemente que las personas deciden qué tipo de relación desean tener con otra persona en unos pocos minutos después de conocerla. Analizaron las pautas de amistad de estudiantes de su universidad, comprobando mediante cuestionarios que las expectativas o predicciones que las personas hacían justo después de conocer a una persona solían acabar cumpliéndose con el tiempo. Y esto no quiere decir que todo el mundo acierte al encontrar una amistad o un amor, sino que tendemos a hacer cumplir nuestras expectativas: cuando la impresión inicial era positiva, era más probable una relación posterior, en un efecto acumulativo que llegaron a medir a lo largo de un periodo de nueve semanas. El flechazo se confirmaba.