artículos, escritos y demás piezas perfectamente obviables perpetradas por Javier Armentia (@javierarmentia por algunas redes)
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Diferentes estudios que han analizado los factores psicológicos y sociales de la respuesta a situaciones peligrosas, como el estudio publicado el año pasado por la Academia Nacional para la Ciencia de los Estados Unidos, realizado por los sociólogos Kathleen J. Tierney, Michael K. Lindell y Ronald W. Perry, muestran cómo en la planificación que existe en numerosas instancias públicas frente a desastres, se siguen manteniendo líneas de actuación que intentan evitar un pánico que realmente no se da, llegando a impedir realmente una efectiva toma de decisiones. Por ejemplo, a menudo las autoridades evitan dar información sobre la situación peligrosa al menos durante un tiempo. El mito indica que esa información sólo crearía una situación de angustia mayor entre las personas implicadas, de manera que su conducta se vería mediatizada por ella. Los psicólogos indican que en esa fase las personas pueden, confundidas, quedarse inactivas o incluso presentar una actitud fatalista. Se habla a veces de una "negación" psicológica, que ha sido muy exagerada, porque es lógico que ante una situación inesperada uno reaccione con cierta incredulidad. Pero, por el contrario, la información rápida permite que esa confusión disminuya, favoreciendo el que la gente actúe de forma adecuada. El mito, por lo tanto, falla estrepitosamente: una mayor y más rápida información puede ayudar a sobrevivir. Por el contrario, la actuación de las autoridades negando u ocultando la gravedad de la situación puede ser contraproducente, haciendo que la gente simplemente no dé crédito ni atienda las indicaciones, a sabiendas de cómo actúan normalmente.
El catedrático norteamericano de sociología de la Universidad Rutgers Lee Clarke acaba de publicar un análisis de la manera en que se comportaron las masas en el atentado del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York, confirmando esta idea de que el pánico no aparece. En esas situaciones, "las reglas de actuación no son muy diferentes de las que rigen la vida cotidiana". La gente tiende a ayudar a los demás incluso antes de ponerse a salvo ellos mismos, no perdiéndose el sentimiento de comunidad. Sin embargo, como hacen notar Tierney, Lindell y Perry, la gente no actúa como una masa indiferenciada: los factores socioculturales y económicos tienen un importante papel, como sucede también en las situaciones cotidianas, creándose subgrupos por razón de "género, etnicidad, clase social, o incluso conocimiento y experiencia ante una adversidad". La necesidad de la gente de preservar su seguridad y su vida en estas situaciones peligrosas convive, por lo tanto, con las desigualdades de nuestra sociedad, dándose un proceso aparentemente paradójico: el desastre provoca una reacción solidaria y altruista (todos están ante el mismo peligro), pero manteniendo, especialmente, ciertas marginaciones (especialmente hacia sectores normalmente ya marginados). Así que hay que desechar también ese mito que en las películas "de desastres" de Hollywood siempre aparece retratado: todos somos iguales ante la catástrofe. Según los sociólogos, no es así, y ello debería llevar a planes de prevención y de actuación específicos para los diferentes grupos sociales.
2002-08-21 10:05 Enlace
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