Adiós A La Resaca
Publicado en EL CORREO: Territorios, Ciencia-Futuro, Miércoles 31 de noviembre de 2004Vivimos en un país en que el 63% de la población mayor de 16 años consume habitualmente alcohol. Y un 4% (según los datos del Ministerio de Sanidad y Consumo de 1999), llega a ingerir más de tres cuartos de litro de alcohol puro al día, el extremo de una adicción socialmente mucho más tolerada -y extendida- que cualquier otra. Aunque la tendencia de este consumo extremo es de disminución, un consumo entre moderado y alto sigue siendo habitual, algo por encima de la media europea.
Al ingerir una bebida que contiene etanol, esta sustancia entra en el sistema circulatorio, al disolverse en el agua de la sangre, distribuyéndose por todo el organismo, excepto en los tejidos grasos, lo que explica el diferente efecto que produce en hombres y mujeres: en general la proporción de tejido graso es mayor en las mujeres, de manera que la misma cantidad de alcohol se reparte proporcionalmente en menos lugares, dando lugar a concentraciones mayores de alcohol. Este proceso lleva un tiempo, de manera que tras la ingesta, pasan unos veinte minutos antes de aumentar los niveles de alcohol en la sangre (la denominada alcoholemia).
Como la eliminación del alcohol se produce principalmente por su procesamiento químico en el hígado, este nivel tarda en disminuir. Se estima que un 5% se elimina en la orina y otro 5% se expele con la respiración. En el hígado, el etanol se oxida y descompone en ácido acético, a un ritmo que permite eliminar aproximadamente 15 mililitros por hora.
Evidentemente lo más notable del consumo de alcohol es cómo afecta a la conducta. Los niveles bajos producen euforia y excitación. Mayor concentración en sangre produce confusión y pérdida de habilidades motoras, visión, concentración. Los efectos extremos llegan a fases en las que no se responde a los estímulos ni se puede mover, aunque se producen vómitos fácilmente por la intoxicación. El coma, e incluso la parada cardiorrespiratoria, son los resultados extremos. Esto se debe al efecto del alcohol en una serie de neurotransmisores cerebrales: el etanol interfiere en los receptores neuronales, afectando su funcionamiento y coordinación. Por ejemplo, dosis bajas disminuyen la acción de los centros inhibitorios de la conducta en el corteza cerebral, lo que produce esa mayor locuacidad, autoestima y desparpajo. Pero también disminuye la capacidad de procesamiento sensorial, y hasta la capacidad de pensar claramente. Los cambios en las emociones se deben a la acción sobre el sistema límbico, y los trastornos psicomotores se dan por la afección del cerebelo. Aparte de ello, lo cierto es que el alcohol afecta en diverso grado a casi todos los sistemas de control del organismo. Y siempre afectando negativamente a su rendimiento habitual.
Cualquier análisis de los efectos del alcohol debería llevarnos a reconsiderar esta costumbre, más teniendo en cuenta que los efectos euforizantes iniciales nos dejan desprotegidos y fácilmente se prosigue el consumo, llegando a la embriaguez. Sin embargo,todos sabemos que no es así. Más aún, los efectos en el organismo no sólo se dan durante la presencia en la sangre del alcohol, sino que de forma acumulada el mayor trabajo del hígado, del cerebro y de otros órganos provoca su degradación. El sistema digestivo se ve afectado y la producción de hormonas sexuales va disminuyendo. Eso sin considerar los efectos no orgánicos, asociados a la conducta social de la persona que consume alcohol, especialmente cuando se añaden actividades que exigen una gran atención y destreza como la conducción.
En un grado menor, lo cierto es que además, tras una noche de consumo de alcohol el organismo se resiente. Se estima que tres de cada cuatro consumidores de alcohol han tenido al menos una vez una resaca (en jóvenes, se llega a un 25% de personas con resaca una vez a la semana). Los médicos denominan a este cuadro veisalgia, una palabra cuya etimología resulta curiosa: por un lado hace referencia a kveis una palabra noruega que significa incomodidad después de una bacanal, y algia, dolor en griego. Normalmente incorpora un malestar generalizado, dolores de cabeza, mayor sensibilidad a la luz y al sonido, pérdida de apetito, fatiga... a veces acompañados de diarrea, tembloes, nausas, deshidratación.
Parte de estos efectos se deben al efecto inhibidor de neurotransmisores como la vasopresina, cuyo efecto es una mayor estimulación de los riñones, provocando una pérdida mayor de agua corporal (en promedio cuatro veces más de agua que la cantidad de alcohol ingerido). Esta deshidratación llega afectar al cerebro y a los músculos, produciendo por lo tanto no solo esa lengua de trapo y sequedad de la boca del día siguiente, sino parte de la debilidad y las neuralgias. Por cierto, que sustancias que acompañan al etanol (ácidos volátiles procedentes de la fermentación alcohólica y que varían según el tipo de bebida, denominados congenéricos) producen a veces mayores efectos: los alcoholes oscuros provocar mayores efectos.
El procesamiento químico en el hígado que sufre el alcohol es también responsable de las resacas, debido a que la descomposición de éste en ácido acético (que incrementará la acidez del sistema digestivo) pasa por la formación de acetaldehído, una sustancia que si no se llega a procesar rápidamente se distribuye por el organismo provocando vómitos y fatiga e irritación estomacal. Hay otra serie de efectos adicionales, porque el ataque por parte del etanol es tan generalizado que las respuestas se dan también en todos los frentes. ¿No es como para pensárselo?

Trucos Que Sirven ... Y Que No
Siendo tan populares los consumos excesivos, no es raro que se haya creado toda un folklore en torno a las formas de librarse de las resacas. Algunos trucos son útiles, otros empeoran la situación. En general, asumiendo que el consumo ya se ha dado, ya es tarde para recomendar una costumbre muy útil: ingerir mucha agua si se va a beber, que evitará el proceso de deshidratación. Beber a la mañana siguiente también es conveniente, para reponer el líquido perdido. Pero no beber alcohol (esa teoría de que un clavo saca otro clavo) porque sólo conseguimos volver a obligar al organismo a seguir trabajando en algo que todavía no había concluido. Igualmente un café cargado, que es un excitante y podría combatir la sensación de fatiga, tampoco ayuda mucho por su carácter diurético.
Hay quien dice que tomar un desayuno rico en grasas ayuda: pero no es verdad, porque se le obliga al sistema digestivo a trabajar, cuando precisamente está dañado e irritado del trabajo de la noche. Paradójicamente, unas tostadas muy quemadas (remedio habitual hace unos años en los colegios universitarios) podrían ayudar, porque proporcionan carbono que hace de filtro en el sistema digestivo. Los huevos, que tienen cisteína, o los plátanos, ricos en potasio, pueden ser buenas ayudas. Suplementos de vitamisnas B y C también son útiles, tanto para prevenir como para remediar.
Hay además medicinas específicas que pueden resolver problemas graves de la toxicidad del acetaldehído. Y antiinflamatorios no esteroideos que disminuyen el dolor muscular y de cabeza. Se venden también productos cercanos a la clasificación de milagro que pretenden solvertar todos los problemas: estos suplementos, por más que promocionados como naturales no suelen proporcionar ningún efecto real. Los médicos suelen concluir que, realmente, sólo es cuestión de dejar pasar el tiempo. Un tiempo que puede servir para reflexionar si merece la pena.