Da Vinci, Romanoff, Javier Sierra...
Si uno fuera más amarilloso, clamaría en un preámbulo al cielo exigiendo saber por qué nadie (en este nadie se habrían de dar por aludidos los que debieran darse por aludidos, ya se sabe... uno tiene que ir de críptico, además) ha dicho nada de una novelita de Javier Sierra titulada "La Cena Secreta" que, casualmente, habla una vez más de Leonardo (no Dantés, sino da Vinci). Yo tampoco había dicho nada, conste, pero eso nunca se comenta porque no es cosa. La cosa es clamar al cielo y contra los demás... En fin, que como no voy de esas vainas, pues encuentro bastante natural que no se haya prestado especial atención a un libro que, por más que se esté vendiendo, tampoco tiene especial interés. Al menos, a mí no me lo proporciona en absoluto.
¡Vaya comienzo! Pues sí, uno tiene un lunes espeso, será la qiunta semana seguida de niebla y frío, o algo así. Vamos a ver: tenemos un libro que habla de conjuras históricas, sectas, sociedades secretas, da Vinci... Nada nuevo. Lo más terrible de los últimos tiempos es llegar a la librería y encontrársela tomada por una sección de "novela histórica" (muy entre comillas, claro) hipertrofiada por textos realmente prescindibles, muchos de ellos republicados o facturados tras el éxito tan innegable como incomprensible de la novela de Dan Brown "El código da Vinci".
Pero muero si no lo comento, el otro día, en el hiper, me encontré un libro sobre la interpretación de las claves del libro de Brown. Uno más quiero decir: se siguen sacando. Cosa que resulta especialmente sorprendente, porque realmente cualquiera que haya leído a Brown se da cuenta de cómo está de mascadísimo el tema planteado en la misma novela: es imposible no entender lo que cuenta, entre otras cosas porque te lo repite un montón de veces antes de permitir que sus sagaces protagonistas encuentren la clave que el lector sabía ya desde unas páginas atrás. Lo típico en novelas de entretenimiento, estos bests sellers de pretendido misterio en los que el lector ha de tener alguna patología para no ir dos pasos por delante del investigador, y en los que realmente el misterio sólo se consigue a base de trampas y sorpresas que no estaban preanunciadas ni había manera de entreverlas en lo escrito. El lector, claro, no puede saber qué va a pasar en el largo plazo, aunque sí temérselo. Cualquier experto en novelas de misterio reconocerá semejante ardid, y lo desdeñará porque así cualquiera crea misterios. A lo que iba, en esas condiciones, tampoco es necesario leerse libros de interpretación de la novela. El negocio, sí, a ese le viene muy bien subirse al carro...
Me estoy alejando del lugar hacia donde iba, ya me perdonarán. Pero antes de continuar tengo que dar un rodeo... Hace casi un par de años, no sé bien qué hacía, pero cayó en mis manos un texto prologado por el crítico gastronómico José Carlos Capel. Se titulaba "Notas de cocina de Leonardo da Vinci" ( de Shelag y Jonathan Routh, Temas de Hoy, 1999). El libro lleva un buen montón de ediciones, y se presenta como la transcripción levemente adaptada de unos escritos de Leonardo (lo de escritos de Leonardo no debería sorprender a nadie... cuánto escribió el hombre, y por cuántos sitios se ha ido quedando... aunque de Leonardo la que sabe -y ama- es Jaio), el llamado Código Romanoff, aparecido en el Museo Ermitage de San Petersburgo a comienzos del XX, y rescatado por una presunta pareja de ingleses, los Routh, en 1987. Desconocía por completo la historia del código Romanoff, pero encontré en el libro una triste historia, la de Elena Bastibari, quemada en la hoguera por sus coqueteos con un pepino. Abria uno de los textos del presunto códice, titulado "de los variados y curiosos usos del pepino".
Como saben que soy sensible entre muchas otras cosas, pero especialmente, a las desdichas humanas frente a los dogmas y cerrazones de la sociedad y sus poderes, entenderán que rápidamente decidiera homenajear a tan injusta víctima, y llegué a crear una bitácora en su honor, "Elena Bastibari (in memoriam)", que tuvo poca vida, porque uno se propone hacer cosas y luego la vida le va atropellando. No es que esté muerta del todo, pero casi, porque aunque iba a ser un repositorio de procacidades obscenas y demás homenajes a los variados usos del pepino y cualesquiera otros instrumentos susceptibles de dar placer, no hubo manera de dedicarle el tiempo: el poco tiempo que tenía libre lo tengo que dejar para el placer en sí mismo, no para escribir sobre él...
Parte del declive vino de la mano del hecho -bastante incontrovertible- de que no hay tal Codex Romanoff. Bueno, que lo haya, pero desde luego esas notas de cocina en las que Leonardo habla de las maneras culinarias de la corte de Ludovico Sforza, su Señor, eran más falsas que un duro de seis pesetas (dentro de unos años esta expresión deberá ir acompañada de una explicación: "el duro era una moneda equivalente a cinco pesetas, la moneda española que desapareció integrada en el Euro abriendo el milenio". Lo dejo así para las futuras búsquedas archivísticas en la PostInternet del siglo que viene). No es que hiciera una investigación exhaustiva, pero lo cierto es que ni siquiera los Routh tienen presencia en Internet más allá de ese libro del que sólo existía, por lo que se ve, edición en España. Por ello, me temí que fuera más bien alguien como Capel el que jugara a crear este librito. Realmente, en el prólogo que hace el autor hay un sinfín de falsedades que bien podrían acusarle de ser el autor oculto. Un texto de Eliana Thibaut i Comelade hablaba de la falsedad del código, como comenté en la bitácora. Mis conclusiones sobre el autor eran posiblemente apresuradas. Como fui desgranando en la bitácora, parecía que había cierta literatura sobre el asunto, aunque lo poco que había siempre indicaba la falsedad del mismo.
¿Me permiten otro salto? Una de mis últimas aficiones es el uso (y abuso) de una máquina panificadora. Las trapisondas con la misma se plasman, ya ven que sigo con la blogorrea, en una bitácora llamada "El club de la máquina del pan". Uno de los mayores descubrimientos que he conseguido con ella es el contacto con Adler, alias de Cristina Macía, escritora, traductora, mujer polifacética y Pontifex Maxima de la máquina de Pan. Gracias a ella, recetas y truquillos han ido apareciendo en tal bitácora, y ahí seguimos.
Pues bien, sigamos el tortuoso sendero de este viaje: ayer mismo por la tarde Cristina/Adler me escribía contándome que me había escuchado de madrugada en la SER (en efecto me habían grabado con antelación una entrevista sobre un asuntillo de agujeros negros en la Galaxia, su número y su promiscuidad). La cosa es que la pieza en la que yo aparecía se había emitido justo después de una pieza en la que Javier Sierra hablaba de su libro "La cena secreta".
¿Ven como al final iba a conectarse unas cosas con las otras?
Lo gracioso es que en el comentario que me escribía Adler/Cristina ella decía: (y sé que violo algo la privacidad del correo electrónico, pero todo sea por los lectores -el que quede despierto, al menos- de esta bitácora)
Te he oído esta mañana en la SER, justo después de que tu tocayo Sierra metiera la gamba hasta el fondo dando como bueno el códice Romanoff y la colección de patochadas que incluye
Casi me caigo para atrás al leer esas líneas. De panes pasaba a da Vinci, al códice Romanoff (y en él mi querida e inexistente Elena) y de repente me permitía recordar todo eso. Y conocer que en la novelita de éxito de estas semanas hay una metedura de pata sen-sa-cio-nal. Como para no contarlo por aquí....
Pues bien, no sólo eso, sino que además, Cristina/Adler había perpretado una jugosa pieza humorística con presuntas nuevas páginas del códice, en las que Leonardo creaba la tortilla de patatas -bueno, de nabo, porque la patata aún no había sido introducida en Europa- con tal acierto que, además, su primer experimento resultaba ser la tortilla de patatas deconstruida de Adriá. Ese texto había sido publicado por la organización de la Semana Negra de Gijón. Semana Negra, claro, donde se dan cita amantes de la verdadera literatura de misterios, como ella misma lo es...
¿Hemos cerrado el círculo? Más o menos, porque en círculo íbamos, tampoco queriendo llegar a ningún lado en especial. Lo cierto es que tiene su gracia que gracias a Sierra y su credulidad (llamémosle artificio literario que consiste en emplear cuanta bibliografía se ponga a mano sin cuestionar su historicidad o veracidad) al perpretar una novela de éxito me encontrara de nuevo con un proyecto bastante abandonado y todo gracias a la persona que estaba impulsando otro proyecto en curso.
Para que luego digamos los escépticos que todo es cosa de la casualidad. ¡Bendita casualidad...!