Gracias, Aquilino
Prepublicación sólo para lectores de esta bitácora: el texto se publica en Diario de Noticias, en mi columna MILENIO el domingo 25 de junio de 2005.Fue un 30 de junio de 1860, en Oxford. La sociedad y la academia estaban un tanto conmocionadas con las sorprendentes teorías sobre la evolución de las especies publicadas un año antes por Darwin. Se organizó un gran debate en el que el ataque a la evolución corría a cargo del obispo de Oxford, Samuel Wlberforce. Por la evolución jugaba Thomas Henry Huxley, un científico que en palabras sencillas y sinceras fue capaz de vapulear al obispo: es lo que sucede con la ciencia y con las pruebas objetivas que la soportan. Aunque realmente fue el obispo quien se colgó sólo en la soga en la que pretendía ahorcar la evolución, cuando le preguntó a Huxley si él descendía del mono por parte de padre o por parte de madre. Huxley contestó que, puestos a elegir entre un mono inocente y una persona dotada de raciocinio pero que era capaz de usar de forma tan pobre y malintencionada ese don, sin duda se decantaba por el mono. Cuentan que una señora del público se desmayó, y que todo el mundo se dio cuenta de que lo que contaba el obispo eran prejuicios sin fundamento.
En el debate de las familias homosexuales, el 22 de junio de este año, fue un psiquiatra de nombre Aquilino Polaino el que retomó en el Senado el papel del obispo Wilberforce. Y lo hizo con tal habilidad (o inepcia), colocándose en el más espantoso de los ridículos y mostrando tan a las claras lo enfermiza que resulta la postura que defienden los homófobos, que el debate quedó finiquitado. Por más que los integristas del Foro de la Familia o parte de la curia y del Partido Popular pretendan defender a su defenestrado psiquiatra.
La sociedad civil, como Huxley hace siglo y medio, hemos visto claramente dónde está el prejuicio y la mala educación, la ciencia patológica y la cerrazón prejuiciosa. La historia deberá reconocer a Aquilino como reconoció a Wilberforce.