Dale Ritmo Al Bebé
Publicado en EL CORREOTerritorios, Ciencia-Futuro
Miércoles 6 de julio de 2005
Vivimos en un mundo que nos llena constantemente de sensaciones diferentes. Tomemos por caso los sonidos: identificamos entre los múltiples sonidos aquellos que significan algo para nosotros, llegamos a comprender ese significado. Son habilidades adquiridas a lo largo de todo un complejo proceso de aprendizaje que comienza muy pronto en nuestra vida. Una simple tonada es capaz de activar sistemas cognitivos que nos permiten identificar su nombre, su autor, acaso su letra. Incluso podemos recordar otros momentos pasados que asociamos con esa música o, sobre todo, dejar que nuestro cuerpo se mueva con su ritmo. Todos los seres humanos, en todas las culturas, tendemos a seguir el ritmo de alguna manera. ¿Por qué será así?
Jessica Phillips-Silver y Laurel J. Trainor, psicólogos de la Universidad McMaster, en Hamilton (Canadá), han demostrado que si bien oímos la melodía en una música, el ritmo es una sensación multisensorial, especialmente asociada a la percepción de los movimientos del cuerpo. Y que eso es algo que adquirimos muy pronto tras nacer. El movimiento corporal está regulado por las zonas motoras de nuestro sistema nervioso, y se realimenta con la percepción de la posición del cuerpo (propiocepción), involucrando también el sistema vestibular de nuestro oído interno, que proporciona la percepción de movimiento y del equilibrio. Cuando coordinamos estos sistemas con el sonido que nos llega, conseguimos movernos a ritmo con ella. En general, también la percepción visual ayuda, aunque parece ser que en los bebés es no llega a ser necesaria, lo que indica que existe una interacción importante entre las sensaciones auditivas y el sistema vestibular.
Los psicólogos canadienses comprobaron que la forma en que se mece un bebé ayuda a facilitar esa codificación que extraemos de la música. En sus experimentos con bebés de siete meses, los sometían a movimientos bien cada dos golpes al ritmo de una música sin ritmo marcado, o bien cada tres. En esencia, en unos casos marcaban un 2/4 (el ritmo de marcha: UN-dos-UN-dos-UN-dos) y en los otros un 3/4 (un vals: UN-dos-tres-UN-dos-tres). Posteriormente, y sin ayuda visual, cada uno escuchaba músicas diferentes en las que se marcaban algunos ritmos, encontrándose que respondían más a aquellas en las que se reproducía el ritmo al que habían sido acostumbrados. En otras pruebas, usando músicas sin un ritmo definible, preparadas para permitir ser seguidas bien con el patrón marcha bien con el vals, comprobaban que el bebé bailaba al ritmo que más conocía.
Cuando los bebés no eran mecidos inicialmente, al volver a escuchar la música no realizaban esa identificación tan completa con un cierto ritmo. En el estudio, publicado en la revista Science el pasado 3 de junio, muestran cómo esa percepción del ritmo no está influenciada por otros factores externos (como el cambio en la percepción del sonido cuando nos movemos), sino que se trata de una cuestión del sistema sensorial del equilibrio, el movimiento y la posición. El estudio indica que se pueda condicionar desde muy temprano la forma en que percibimos un ritmo (siendo mecido por la madre).
Una pregunta que queda abierta es si este aprendizaje que incorpora el sistema vestibular y el auditivo queda de alguna manera impreso en nuestro sistema nervioso, o simplemente produce una asociación que puede ser modificada. Esto podría indicar que una temprana exposición a la música favorezca el que la apreciemos posteriormente, incluso en la base de la misma, en el ritmo. Muchos estudios cognitivos sobre la forma en que interpretamos y gozamos con la música apuntan que ambos procesos están en juego. La estimulación temprana es empleada en muchos métodos didácticos de la música, estableciendo esas asociaciones que, posteriormente, facilitan el desarrollo de un sentido musical.
La implicación de diferentes zonas cerebrales es clara. Se ha comprobado que en personas con daños en el lóbulo temporal de su cerebro, se puede producir la amusia, es decir, una incapacidad de reconocer melodías o ritmos, aunque ello no impide reconocer otros sonidos o la voz humana. Los estudios empleando electroencefalogramas muestran que cuando escuchamos diferentes tipos de música, las neuronas de nuestro lóbulo temporal se excitan de manera y a ritmos diferentes. Diferentes grupos neuronales se encargan de seguir el ritmo, por un lado, o de activarse según la melodía, confirmando que son sistemas concurrentes, pero diferentes, los que procesan el ritmo y los que permiten conocer una melodía.
¿Se trata de algo único de la especia humana? Desde luego es transcultural: todas las culturas muestran preferencia por el ritmo y la música. En un plano evolutivo, las madres humanas suelen cantar a sus crías, a la vez que las mecen. La conexión emocional de estas conductas puede explicar por qué, en el fondo, somos seres tan musicales.
El Efecto Mozart
Las conexiones cerebrales relacionadas con la percepción musical son amplias. En 1993 Alfred A. Tomatis acuñó el término “efecto Mozart” para algo que decía haber demostrado y que relacionaba el desarrollo cerebral de niños menores de tres años con escuchar algunas músicas de Mozart. Diferentes estudios, como los realizados por el físico Gordon Shaw y la psicóloga y música Frances Rauscher en la Universidad de California en Irvine (EEUU) parecían confirmar que esa exposición a los primeros diez minutos de la “Sonata para dos pianos en Re Mayor” (K 448) de Mozart, producía una mejora en el razonamiento espacio-temporal en los niños, incrementando su cociente intelectual. Los investigadores llegaron a comprobar que ese efecto se producía también en ratas de laboratorio, que conseguían disminuir el tiempo de resolución de un laberinto.
Sin embargo, y a pesar de que el eco en medios de comunicación, y los subsiguientes usos comerciales de estas técnicas (cursos específicos, músicas realizadas “para mejorar tu CI”; en el estado de Tennesee se llegó a regalar un CD con música de Mozart a cada recién nacido...), no han sido replicados por otros investigadores, ni se ha aclarado por qué Mozart y por qué precisamente esa sonata. Aunque los psicólogos reconocen el papel fundamental de la percepción musical en edad temprana y las interacciones que su aprendizaje tiene con los otros aprendizajes, lo cierto es que se ha exagerado mucho, creando un “efecto” donde simplemente no lo hay.