El Código Dan Brown
Resulta divertido: hoy todo el mundo (quiero decir, todos los medios y por ende todo el mundo) se hace cruces de las barbaridades con que Brown retrata Sevilla en su nueva novela, esa "Fortaleza digital" que uno ya puede encontrar por la Red en inglés, pero cuya traducción al castellano no llegará hasta la primavera. Por lo que se ve (leo, por ejemplo, Periodista Digital): "Dan Brown asemeja España a un país tercermundista". La novela incluye deliciosas descripciones como:“La clínica de la Seguridad Social era como un siniestro set montado para una película de terror de Hollywood. El aire olía a orina (...) un pulmón perforado era fatal, quizás no en lugares del mundo más avanzado médicamente pero en España era fatal”.
Bueno... ¡cómo se ha indignado la peña! Todo el mundo despotricando de esa visión, y el Ayuntamiento de Sevilla, templando gaitas, porque imagino que prefieren aprovechar el tirón turístico de aparecer en una novela de Brown a pecar de paletos con las "licencias" de un escritor de ficción. (En Informativos Tele5 leo: "Sevilla invita a Dan Brown a pesar de la imagen tercermundista dada en su primera novela").
Pues eso. Se me ocurren unos cuantos comentarios incendiarios. Por empezar con lo que más nos gusta por aquí, para tercermundista, la imagen del país que sale del Congreso de los Diputados, no la de las novelas de Dan Brown. Especialmente la moda esa de los portavoces parlamentarios de decir algo así como: "no caeré tan bajo como para llamarle directamente hijodelagranputísima o cagarme en todos sus muertos, acusarle de estupro y pederastia, no lo haré, simplemente le diré...". Es decir, lo más normal del mundo: te llaman de todo, pero no te lo llaman. Vamos, estupendo. Esto sí que es europeísmo, modernidad y demás. Y al Brown que le den con sus Giraldas llenas de escalones y sin pasamanos.
Pero, dejando el panorama tercermundista este que realmente tenemos (lo que pasa es que el otro tercer mundo, el de verdad, además se muere de hambre, de sed y de sida y otras enfermedades, y en eso sí que nos diferenciamos), lo que sorprende es que ahora se quejen de Dan Brown quienes tanto lo han alabado hasta el momento. Quienes han corrido a comprar las continuas ediciones del bodrio ese del "Código da Vinci" (en el que la imagen de España, por cierto, tampoco era menos tercermundista, una espece de cornisa cantábrica sumida en el frío y la edad media, con obispos opusinos "de misiones" en Asturias y esclavos y yo qué sé qué más estupideces). Si lo de menos es que haga esas descripciones estúpidas (quien conoce París encuentra igualmente estúpidas más de la mitad de las descripciones de los escenarios de la novela...). Lo de más es que la novela ni es buena ni es original ni retrata una ficción mínimamente factible, sino que es un compendio de copias y patadas a novelaciones anteriores, como muy bien ha expuesto, por ejemplo, José Luis Calvo (por ejemplo: aquí, aquí, aquí... ).
Claro que viendo la ola de novelas de presuntos contubernios históricos que ha generado el éxito editorial de Brown, eso es casi lo de menos. Ya saben, anímense. El plot es sencillo: un personaje que se ve metido de repente en un cruento asesinato, pero en el que aparecen unas claves (las que sean, pero que parezcan misteriosas, numerológicas y tal, de esas que el lector pilla en un momento pero el protagonista tarda dos páginas en descubrir... dentro de nada, aparecerá un sudoku de esos que están tan de moda) que indican algo oculto. Tómese ahora un nombre de algún artista o así del pasado... mejor conocido, porque eso vende más. Y montemos por un lado una sociedad secreta... No, no es tan complicado: hay tantas sociedades secretas o heréticas o antijerárquicas en la historia europea que no es difícil. Si tiene un poco más de culturilla, agarre alguna herejía sufí, que siempre mola. Luego uno se dedica a mover al personaje, junto con alguna belleza medianamente inteligente, pero desde luego sensual, por diferentes lugares de Europa, en donde sistemáticamente estarán siempre a punto de ser asesinados por una mano negra que, como debe ser, siempre escapa antes de ser identificada. Por supuesto, en ese azaroso camino uno va soltando descubrimientos que tienen que ver con esas sectas, con ese artista, o con cualquier otra cosa que se le ocurra, porque vale casi todo. Y no hace falta ser original: hay tantos libros escritos sobre conspiraciones en los últimos ciento cincuenta años, con referencia a otras fabulaciones anteriores, que cualquier plagio medianamente cuidadoso le conducirá a llenar unas doscientas páginas la mar de sesudas. Involucre, por supuesto, a alguna empresa todopoderosas, a gobiernos en la sombra y a la luz, a las altas instancias vaticanas (que siempre tendrán el detalle, si vende mucho, de decir que el libro es malo, y eso será un notición adicional que supondrá más ventas). Para el final, guarde un par de tracas, pero recuerde que todo tiene que acabar de manera que no se acabe el mundo. Mejor si consigue que su protagonista se salve, pero todo quede oculto. Que no se sepa la verdad (con que el lector llegue al final, vale). Así deja preparada una posible secuela, que podrá cocinar del mismo modo.
Me he liado... a lo que iba. Que eso, que ándese ahora la gente diciendo que Brown es tal o cual, pero que sigan, como han hecho y seguirán haciendo, comprándole esas novelitas de consumo fácil para mentes ociosas. ¿Por qué tienen éxito? Creo que le leí una vez a Gore VIdal un comentario sobre las novelas históricas (él un gran autor del género, así que hablaba con conocimiento de causa): el lector, en ellas, tiene la sensación de estar, además de disfrutando de una novela, aprendiendo algo de historia. Todo el mundo siente un déficit en el conocimiento de la historia, algo que todo el mundo considera vergonzoso y que no reconoce fácilmente. Así, estas novelas parecen ser un buen "manual ilustrado". A esa idea siempre he contrapuesto la sensación incómoda que me produce a mí la lectura de una novela histórica: nunca sé del todo si ese personaje existía, si hizo eso o qué pasó realmente, con lo que me obliga a meterme luego a mirar la verdad de la historia, normalmente en textos mucho menos entretenidos. Así que me suponen tal trabajo que he decidido limitar el número de ellas en mi lista de lecturas pendientes (y eso que este verano, con el tocho "ciclo barroco" de Neal Stephenson, que es también ficción "histórica", ando de cabeza...). Perdón, que me disperso de nuevo: decía que si eso pasa con las novelas históricas, pues con estas novelitas de intriga en las que hay esa componente histórica (pseudohistórica o pseudohistérica más bien) sucede otro tanto. Si además el libro se vende y se comenta, pues uno queda fenomenal, porque así, entre comentar lo del Aquí hay Tomate y el fúrbo, siempre puedes meter algo sobre el libro de Dan Brown o, por aquí, de la tal Julia Navarro...
En definitiva, que les den. Que me encanta que Sevilla sea un lugar lleno de policías corruptos, con una sanidad desquiciada, una verdadera trampa mortal para el turista. O mejor, que montaran una falla en semana santa, como pasaba -creo recordar- en alguna de las entregas de Misión Imposible. O que la conviertan en el palacio de Coruscant (¿era Coruscant? NOOOO, como bien han escrito en los comentarios, era Naboo), o lo que sea, porque Sevilla tiene un color especial, como bien decían. O que monten un macabro y asesino juego de rol como en la divertida Nadie conoce a Nadie. Y al Dan Brown, que le den. Lean otras cosas. Por ejemplo, esta entretenidísima bitácora. Y gracias, por cierto, si es que llegó al final de este exabrupto.