De Gatos Y Dulces
Publicado en EL CORREOTerritorios, Ciencia-Futuro
Miércoles 31 de agosto de 2005
Los gatos no se sienten atraídos por los alimentos dulces: genéticamente son incapaces de apreciar su sabor.
A diferencia de casi todos los demás mamíferos, los gatos son indiferentes a los dulces. De hecho, los felinos no incluyen en su dieta más que carnes y grasas, no mostrando especial atracción por los carbohidratos en general: son estrictamente carnívoros. Su sistema digestivo, en cualquier caso, es similar al de otros mamíferos, de manera que pueden procesar perfectamente estos alimentos para obtener energía. Aunque no lo hacen. Un estudio recientemente publicado se adentra en la bioquímica del sentido del gusto del gato doméstico (Felis silvestris catus), mostrando la razón. Según el trabajo de Xia Li y sus colaboradores del Centro Monell de Quimiosentidos, de Filadelfia, la causa está en los genes. (El artículo ha sido publicado en la revista PLoS Genetics, una nueva publicación del proyecto de acceso libre "Public Library of Science")
El sabor de las cosas se registra principalmente en la lengua de los mamíferos (aunque se conoce la importante interacción que para el sentido del gusto tiene otro sentido, el del olfato: cuando estamos constipados y nuestra nariz taponada, apenas apreciamos los sabores). Diversas moléculas, disueltas en la saliva, son capaces de excitar receptores específicos de unas terminaciones específicas que existen en la lengua, los bulbos o botones gustativos, que se encuentran en las papilas linguales, formando salientes en la lengua que le confieren esa textura rugosa, y que facilitan una mayor superficie de contacto con los alimentos que estamos ingiriendo.
A lo largo de la lengua, diferentes bulbos resultan sensibles a ciertas moléculas específicas, haciendo que la sensibilidad a los diferentes sabores se produzca en zonas distintas. Por ejemplo, los humanos tenemos la sensibilidad al dulce en la zona cercana a la punta de la lengua, mientras que el amargor lo detectamos en la región trasera, y son los laterales de la lengua los que nos indican el amargor. Para conseguir esta sensibilidad tan específica, en la superficie de los botones gustativos existen unas proteínas determinadas, capaces de unirse a las moléculas de los azúcares. Cuando esta unión se produce, se genera una señal química en la neurona que activa el proceso sensorial: nuestro cerebro percibe el dulzor.
En 2001, investigadores del Instituto Médico Howard Hughes, en Maryland (EEUU) publicaron en Nature Neuroscience la identificación del mecanismo genético de esa sensibilidad. Existen dos proteínas, denominadas T1R2 y T1R3, que son producidas como expresión de dos genes diferentes (llamados Tas1r2 y Tas1r3). Los equipos analizaron cómo se codificaban estas proteínas en los ratones, que son sensibles a los alimentos dulces también, encontrando dos genes específicos que los humanos compartimos con los ratones. Esos genes son los que permiten la creación de las proteínas que nos hacen sensibles al sabor dulce de las cosas.
El equipo de Filadelfia se ha planteado que si los felinos no muestran atracción por los dulces, puede que se deba a alguna alteración de ese sistema doble de receptores químicos. En primer lugar comprobaron que la conducta de los gatos respondía a una incapacidad de detectar los carbohidratos, algo común también a otras especies de esta familia de carnívoros estrictos, como los tigres o los cheetahs. Mediante análisis de las bibliotecas genómicas que existen para los gatos, comprobaron que existían en su ADN los dos genes correspondientes a la producción de las moléculas sensibles al azúcar. Sin embargo, esos dos genes no estaban activados: mejor dicho, uno de ellos, el Tas1r2, era un “pseudogen”, porque a diferencia del gen conocido en ratones y en humanos (y cuya existencia se había también comprobado en otros mamíferos de dieta omnívora), a la versión felina del gen le faltaba información. En concreto, se habían borrado 247 pares de bases del genoma. Cada gen se expresa como una cadena de pares de bases de aminoácidos específicos y para los gatos, esa pequeña alteración es suficiente como para que el código no funcione.
De manera que los gatos, sin un verdadero (y completo) gen Tas1r2, no pueden producir la proteína T1R2. Faltando ese componente, en sus papilas gustativas los alimentos dulces no tienen un sabor especial, no despiertan una sensación específica. El equipo comprobó que la situación era similar en otros felinos: esta familia de mamíferos lleva una dieta únicamente carnívora posiblemente porque lo dulce no les sabe a nada...
¿Puede una alteración genética tener un efecto tan relevante? Tengamos en cuenta que estamos hablando de una conducta (la forma de alimentación) que podría estar relacionada con una alteración de unas pocas bases de aminoácidos en un gen determinado. Para los autores, esta es la explicación más viable. La investigación genética ha mostrado que procesos similares, también con el sentido del gusto, modifican las conducta de ingesta de algunos animales. Por ejemplo, en estudios con moscas del vinagre, alteraciones de un sólo gen relacionado con la sensibilidad a una determinada molécula, permiten obtener mutantes genéticas que son insensibles a ese sabor, y su conducta de alimentación resulta diferente de sus compañeras no mutantes.
La Gallina O El Huevo
Los gatos resultan insensibles a los dulces, y la razón está en sus genes. Puede que el lector tenga un gato que agradece una galleta, o unos bombones, pero posiblemente esa conducta está más relacionada con el aprendizaje del gato a vivir en compañía de humanos. Desde luego, no le va a sentar mal ese dulce, y procesará su energía como cualquier otro mamífero. Pero no le sabe a nada en especial.
Lo que no se sabe, aunque los autores de este estudio sobre gatos y dulces apuntan hacia ello, es si ese borrado del gen Tas1r2 fue el origen de la conducta carnívora de los felinos, o si dado que su dieta se componía exclusivamente de carnes y grasas, el gen quedó deshabilitado posteriormente. Se sabe, por ejemplo, que algo así sucede en los genes responsables de otro de los sentidos químicos, el olfato. En el ser humano, el 60% de los genes relacionados con la sensibilidad a moléculas volátiles, las que producen olores, son realmente pseudogenes que no expresan ninguna proteína. En los ratones la pseudogenización no supera el 20%. Y se ha comprobado que ese proceso de inhabilitación de genes, en los primates, se produjo en el mismo momento en que se adquiría la visión en color. Se ha especulado sobre esta inactivación causada por disponer entonces de otras formas de percepción, que condujo a cambios en las conductas alimentarias.