Obaba
Hace muchos años (vivía aún en Madrid, qué tiempos...) leí Obabakoak, de Bernardo Atxaga. En castellano, en una primera edición que se realizaba de ese libro que circulaba como mercancía preciosa entre quienes podían leerlo en euskera (no era mi caso: lo intenté y tengo por ahí el ejemplar a medio atacar, cosas de no practicar aquello que estudias). Recuerdo el escalofrío que producían esos cuentos que iban dibujando un paisaje cercano, el de mi país, y una historia que era suma de muchas historias de esas que has oido. Con un componente, eso sí, que resultaba sorprendente. Así son los cuentos, los buenos cuentos.
Tiempo después llegaron la fama y los premios para este libro y el reconocimiento para su autor. Llegaron también otros escritores de la periferia, también escritores en su lengua y traducidos al castellano. Sobre todo, en mis lecturas, asocio Atxaga a Manuel Rivas. En ambos la literatura se convierte en materia de sueños, o los sueños en materia literaria.
Con el paso de los años, he vuelto a Obabakoak varias veces, en esos momentos entre libro y libro en los que de repente vuelves a coger el ejemplar de la estantería. La última vez fue antes de la mudanza al piso en que vivo, cosa de once años por lo tanto. Hoy he intentado encontrarlo y no sé dónde para, o si lo presté o se perdió entre las filas que tapan a filas de cada anaquel.
Las historias que pasaban en Obaba me han seguido de cerca, porque Obaba vive en cada uno de nosotros. Al menos algunas veces. ¿O es que nunca nos avisaron de que si nos tirábamos sin más en la hierba podría entrarnos algo por la oreja? ¿O es que nunca hemos soñado historias de cartas que llegan o dejan de llegar? ¿Quién no ha conocido un amorío de una profesora, o un joven que escapó tras un suceso terrible del que nunca lograbas saber casi nada, salvo su mismo carácter, y por lo tanto, el silencio sobre el mismo? ¿Cuántas veces has visto una foto antigua y te has quedado imaginando cómo fue la vida de esas personas que quedaron allí plasmadas en el nitrato de plata?
Esta tarde he visto el Obaba de Montxo Armendáriz. Posiblemente, entre los directores de cine españoles es quien mejor podría trasladar ese mundo de Atxaga al cine, porque muchas de sus películas han vivido de esas historias cotidianas de un pueblo que con ellas conseguía ser algo más que la triste realidad del día a día. Me he imaginado, cuando salía del cine, encantado por ese rato de cine etéreo de las miradas infantiles y las complicidades adultas, cómo habría sido el Obaba de Erice, o el de Medem (considero a ambos, curiosamente, capaces de hacer algo así, aunque el primero sería posiblemente demasiado ominoso, y el segundo demasiado surreal).
Armendáriz ha tejido una película bella. Quizá el comienzo patina un poco, o al menos yo encontré superfluo o excesivo un cierto tono de película de misterio tenebroso. Lo cierto es que luego se compensa, cuando las historias entrecruzadas de los habitantes de Obaba comienzan a desplegarse y a entretejerse. He echado de menos más historias, claro, pero la duración de la película habría sido excesiva.
Los paisajes, los ambientes, la frialdad de los personajes que ha conseguido Montxo son magistrales. El cine dentro del cine, una vez más, permite crear tramas que emocionan. No sé qué opinarán en el festival de Donostia, pero la he puesto entre esas películas que volveré a ver en otro momento melancólico.

Y hablando de lagartos que se te meten por la oreja y te comen el cerebro, el reciente cambio de Nedstat en Webstats4U ha traído, de paso, la aparición de pop-ups y también de asquerosos anuncios pegados a la página. No es cosa de repetir lo que ya se ha hablado por estos pagos de internet harto y tendido. Así que he desactivado el inventillo de todas mis bitácoras y me he dado de baja. Adios Nedstat/Webstat4U.