Memorias De África
Publicado en EL CORREO
Territorios, Ciencia-Futuro
Miércoles 19 de octubre de 2005
Los humanos somos muy parecidos, aunque a veces se pueda pensar lo contrario. A partir del análisis de la diversidad que presenta nuestro genoma, se pueden establecer modelos que muestran cómo ese polimorfismo genético se relaciona con la distribución geográfica. Con ellos, un equipo de investigadores dirigido por Sohini Ramachandra, del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad Stanford (EEUU) acaba de publicar en la revista PNAS (Proceedings of the Nacional Accademy of Sciences) un modelo que relaciona las diferencias en el genoma de más de cincuenta poblaciones humanas con la distancia geográfica, confirmando la teoría de que los humanos modernos provenimos de África, a partir de varios procesos migratorios sucesivos protagonizados por grupos no muy numerosos y no demasiado dispersos.
Se considera habitualmente que desde hace unos 30.000 años, nuestra especie es la única especie humana en el planeta. El hallazgo hace un año de los pequeños Homo floresiensis, en la Isla de Flores (Indonesia), sin embargo, ha mostrado que el esquema general aceptado permite importantes sorpresas: en ciertos momentos, en ciertas regiones, podríamos haber convivido con otras especies humanas incluso hace sólo 15.000 años. En cualquier caso, tras la extinción de los Neandertales (se suele poner esa edad de hace 30.000 años) y la desaparición del Floresiensis, nuestra especie se quedaba como la única herencia humana, colonizando todos el planeta.
La amplia distribución del ser humano moderno proponía a los expertos dos posibles teorías explicativas: por un lado, un multirregionalismo según el cual el hombre moderno procede de la evolución en diferentes lugares del mundo de especies predecesoras (Homo erectus); o bien un origen común africano, una teoría que ha sido denominada “Out-of-Africa”, en referencia al libro de Isaak Dinesen conocido en España como “Memorias de África”.
Aunque los estudios sobre paleoantropología a partir de los restos encontrados en las excavaciones muestran un complejo puzzle de momentos históricos y lugares geográficos, en los últimos años la idea de un origen común africano ha ido ganando evidencias científicas, sobre todo gracias a los avances en genética molecular. En 1987, Mark Stoneking, antropólogo de la Universidad del Estado de Pennsylvania, junto con Allan Wilson y Rebecca Cann, reconstruyeron la historia evolutiva humana a partir del análisis del ADN mitocondrial. En las mitocondrias de cada célula, transmitiéndose por el linaje materno, existe material genético de cuyo estudio (analizando las diferencias existentes en amplios grupos humanos), dedujeron la existencia de una antecesora común que vivió hace entre 150 y 300 mil años. Esa Eva Mitocondrial supuso un importante espaldarazo a la teoría africana, mostrando que los humanos modernos (el Homo sapiens) nacía entonces como especie diferenciada del Homo erectus.
A pesar del bíblico nombre, esta Eva mostraba el poder de la ciencia para desentrañar el pasado humano. Otros estudios fueron confirmando ese linaje común: y como cada Eva tiene su Adán, un estudio realizado por Robert Dorit de la Universidad de Yale (EEUU), a partir de genes presentes en el cromosoma masculino, el Y, encontró ese antecesor común en una fecha de hace unos 270 mil años (ese Adán quedaba dentro del margen de edad de Eva, aunque sería un error llevar los nombres más allá de la ironía de los expertos: "ese" Adán nunca llegaría a haber conocido a "aquella" Eva: conviene no olvidar que hablamos de estirpes genéticas...)
El análisis genético no sólo permite trazar una fecha probable de nuestro antecesor común. También permite entender cómo consiguió distribuirse por todo el mundo. El mecanismo consiste en analizar las variaciones genéticas que se dan entre diferentes poblaciones humanas y a la vez dentro de las mismas poblaciones. Los análisis son complejos, porque hay varios factores afectando a la vez a este polimorfismo genético: por un lado, las mutaciones que van provocando que un genoma, generación a generación, vaya incluyendo variaciones. Esto provoca que una población “antigua” presente, por ejemplo, una mayor diferencia de factores genéticos en un cierto sitio. Esto es lo que sucede, por encima de todo, en África. La menor diferencia se produce, por el contrario, en lugares donde la presencia humana es relativamente más reciente, como Suramérica.
Pero, por otro lado, entran en juego factores de separación geográfica. El aislamiento de un grupo humano de otro similar que se separa geográficamente produce que la evolución de ambas poblaciones sea diferente. Si medimos, en términos genéticos, esa diferencia, se comprueba que cuanto mayor es la distancia entre dos poblaciones, mayores diferencias genéticas podemos medir. La investigación de Ramachandran y colaboradores establece precisamente una relación lineal entre esa diferenciación genética y la distancia geográfica, confirmando ese modelo africano.
Cuellos de botella
Hace unos cien mil años (en un periodo interglacial húmedo de nuestro planeta, que duró entre hace 130 y 70 mil años) poblaciones del Homo sapiens empezaron a salir de África, a poblar el mundo. La forma en que se hizo, sin embargo, sigue siendo objeto de discusión. Una opción sería una migración única, que va dando lugar a la distribución actual de los humanos anatómicamente modernos. Los diferentes avatares que fueron sufriendo los grupos humanos darían cuenta entonces de las diferencias étnicas que se fueron acumulando con el tiempo y la separación geográfica. En cierto modo, ese nuevo multirregionalismo ha quedado también puesto en cuestión por los nuevos estudios publicados, porque la correlación que aparece en los genes humanos, y las medidas de la diferenciación genética que se establecen configuran un modelo en el que ha debido existir una serie de “cuellos de botella” genéticos: momentos en los que la población disminuye y, con ello, tenemos un genoma menos variado en su descendencia.
La clave para encontrar pruebas de estas situaciones está de nuevo en los genes. A menudo, un cierto gen presenta dos versiones diferentes en cada uno de los cromosomas del mismo par en que se encuentra. La frecuencia de estos heterocigotos en una población es una característica que también se relaciona con la diferenciación genética y la separación geográfica. Con ello, se puede trazar un mapa de las migraciones humanas, radiando desde África y llegando, mucho después, hasta el extremo de América del Sur. Y no fueron muchos, sino pequeños grupos los que emprendieron la marcha.
