Dawa
O sea, follón. Noches de follón en una Francia que arde. La palabra es árabe y puede engañar, porque no sólo hablan árabe quienes han decidido montarla. Son adolescentes y jóvenes que viven en la haine (mucho de lo visto estos días recuerda aquella película de Kassovitz): barrios degradados en los que sus padres y abuelos fueron confinados cuando la emigración llegó masivamente a Francia. Poco se preocupó el estado de proporcionar más que un mínimo de bienestar sur la lettre, asegurando las teóricas oportunidades iguales para estos pobres (que venían de la inmigración), pero que se fueron confirmando sólo teóricas: no hay futuro, salvo el paro, salvo empleo basura, casa basura, vida basura. Allí hay sobre todo una herencia africana: de Argelia a Senegal a Costa de Marfil... Da igual, sus padres nunca pudieron más que alegrarse de poder vivir -sobrevivir- mejor que en sus países de origen, creyéndose que eran realmente acogidos en Francia, su nueva madre patria. Pero nunca nadie se preocupó realmente por saber si estos nuevos franceses llegaban a asumir la grandeur porque de hecho nadie pensó en incluirlos dentro de ella. Y a los hijos se les proporcionaba educación, y una idea de Francia en la que soñar -vanamente-, pero en la que nunca iban a ser llamados a participar activamente.Y de repente todo el mundo parece descubrir que esa forma de proceder creó zonas geográficas de tercer mundo en el primero, al igual que una nueva clase social sin posibilidad real de medrar. Ahora se empieza a ser consciente que además en los últimos decenios se les ha exigido más que a nadie, en aras de mantener el progreso de todo el país, con recortes sociales que poco a poco los gobiernos de la derecha (y de la gauche tan divine) iban efectuando a los gastos económicos que necesitaban. Ahora empieza a verse cómo toda la nueva economía venida de la revolución neocon y la globalización a lo bestia incidía precisamente en dejarles un poco más por detrás de todos los demás franceses en las estadísticas de la macroeconomía, desde la renta al paro, de la temporalidad al acceso a los bienes culturales.
Con todo el combustible preparado, el que prendiera de repente ese odio era cuestión de tiempo. O de la mala cabeza de unos adolescentes que huyendo de la policía se frieron en un transformador eléctrico.
Dawa, cada noche. La solución, ya la amenazan ahora Chirac y su gobierno: el ejército. La solución, aplastar esa revuelta que no tiene cabeza, porque sólo tiene fondo. Lo mismo comienzan a colocar enormes vallados que separen las zonas conflictivas del reino del orden. Es una de esas nuevas guerras, sin embargo, que empiezan a nacer en el seno de las grandes ciudades sobredesarrolladas, los símbolos del nuevo mundo más rico. Que tienen en torno suyo cinturones de tercer mundo que han sido, precisamente, los que han permitido que se construyera ese reino de la opulencia.
El primer mundo asediado: en sus fronteras, con los pobres que quieren llegar a ser lo que sea dentro de él, aunque sea lumpen y explotado. Y, también, en los cinturones donde amontonamos a los pobres, porque sus hijos, o nietos, primermundistas según la carte d'identité son pobres y no tienen futuro. Dawa, dicen, cada noche. Y en el caos y la violencia, se encuentran, se justifican al menos como miembros de algo.
Leo en EL PAÍS:
"Nadie nos controla, vemos lo que hacen en otros barrios y queremos superarles, nos gusta vernos luego en televisión, nos hace sentirnos orgullosos", explicaba ayer uno de estos jóvenes de no más de 18 años, "ni los caids de la droga, ni los imanes islamistas". A los traficantes, añadía, "esto no les hace felices", porque quieren tranquilidad. La rebelión se extiende por mimetismo, salir a quemar coches se ha convertido en un ejercicio de autoafirmación.
Desde luego, una alternativa efectiva al exterminio o el establecimiento de campos de concentración en todo el país, será la que no se tome nunca: la radical. No la de la policía y el ejército o la de las vallas, sino la que ataque la raíz de los problemas. Eso, claro, cuesta dinero, cuesta el enorme compromiso que se ha de tomar con los pobres del país, y con los pobres de fuera. Cuesta, sobre todo, el tiempo que se ha dejado pasar mientras la ecuación que se evaluaba, la de ingresos y gastos, daba resultados positivos (ojo: los sigue dando, la inmigración sigue dando más riqueza al primer mundo, no lo olvidemos). El tiempo que se ha perdido en generar nuevos referentes culturales de compromiso y solidaridad, la inversión en educación y motivación, el cambio de un sistema social que nunca dejó de ser clasista, que ha seguido mirando al que se llamaba Ahmed, o al que era negro, como un ciudadano de segunda con derechos de segunda.
Nosotros, claro, por aquí, vamos por el mismo camino, pero aún nos faltan veinte años para tener algo parecido. Salvo las vallas en Melilla y Ceuta, y las pateras, por supuesto.
Vamos, que como siempre, lo jodido en este mundo es ser pobre. Y sin el futuro que te venden en los anuncios que ves continuamente en la TV. Entonces, un día ves que los colegas están montando la dawa y tú vas y también quemas el coche del vecino. Que se joda...

