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Si se me permite, quiero presentar aquí una cuestión curiosa que, quizás, no sea propia de pensantes, pero que espero sea tomada como un cierto modo de pensamiento crítico contra aquellos que, según mi parecer, desprecian demasiado acríticamente la opción de muchos ante lo que es la realidad. Quiero reivindicar mi amor por la ciencia, porque aunque sí creo que hay un Dios con un ojo muy gordo, no soy tan memo de no querer saber cómo leches ha hecho para sacar adelante este mundo, pues tengo un deseo tan ávido como el que más por conocer las leyes que lo rigen todo. Para ello creo que hay que mirar todo de frente, sin miedos ni prejuicios de ningún tipo. Pensamiento crítico, sí señor. Y, a poder ser, con cifras.
Hablamos de los memos que son todos esos que creen en el diseño inteligente. Yo tiendo a ser de ellos, lo reconozco. Creo que cualquier mirada en el universo nos evoca a su creador. Eso tiene una parte de corazonada, para nada científica, es verdad, aunque eso no quiera decir que tenga por qué ser absurda. Pero bueno, me centro. Para lo que voy a decir ahora, no me basaré en fe alguna, sino en ciencia. Y como mi ciencia es corta, trataré de emplear mis escasos recursos poniendo mucho cuidado, qué remedio, en no decir ridiculeces. Como sé que no puedo volar muy alto, mi única defensa ha de ser volar seguro, sabiendo en todo momento lo que me digo, tratando de escoger razonamientos tipo perogrullo que nadie pueda rebatir. Para ello habré de emplear afirmaciones tan simples como sería decir: dos y dos son cuatro, con lo cual tengo la esperanza, para nada científica, pues no está basada en mi experiencia, de que vuestras contra argumentaciones, si las hay, sean también simples, claras, exentas de insultos y descalificaciones simplonas, las cuales, como ciencia, son pérdidas de tiempo, como puños lanzados al azar.
Se trata lo que propongo de una idea que ya esbocé en la charla sobre Ciencia y Diseño, pero que espero desarrollar ahora con un detalle suficiente como para que, alguien con calculadora, pueda decirme si hago bien las cuentas. Me basaré en una simple baraja de póker que, si no me equivoco, está compuesta por 54 cartas, y en el número de disposiciones distintas que pueden adoptar sus naipes, y que son 54!, es decir, 23x10e71 distribuciones diferentes.
Ahora tomaré la masa de la Tierra -6x10e24 kg-, la masa del neutrón -1.674x10e-27 kg- y el nº de segundos transcurridos desde que comenzó el Universo hace 13.500 millones de años, y que son la friolera de 4,257x10e17 s. Calculemos el nº de neutrones que hacen falta para completar la masa de la Tierra, y que son 3,58x10e51. Sustituyamos ahora cada uno de esa ingente cantidad de neutrones por una baraja completa de póker. Barajémoslas ahora todas, absolutamente todas, una vez por segundo durante todos los segundos que caben en toda la historia del cosmos. Habremos realizado así un total de 1,52x10e69 barajes distintos. Comparemos ahora éste número con el de distribuciones distintas que permite la baraja que tenemos entre manos. ¿Qué vemos?: pues que el número de jugadas efectuadas ha sido 150 veces menor que el abanico total de posibilidades distintas que nos ofrece la baraja que tenemos entre manos. O sea, en esta lotería que me acabo de inventar, hemos comprado, tras tanto jugar, un solo boleto de los 150 posibles. Bárbaro.
Y ahora viene la pregunta: ¿es el proceso que lleva a la aparición de la vida en el Universo algo más complejo que el proceso de ordenar una baraja? Al fin y al cabo, para alcanzar el orden deseado en la baraja, sólo hace falta 54 casualidades encadenadas, ni una más.
Vale, ahora, abandonando un poco el rigor matemático, me lanzo a conjeturar algo que no es muy científico, pero que se antoja verdadero: yo creo que la vida, incluso la más simple imaginable, es un buen número de órdenes de magnitud más compleja que cualquier baraja de póker. ¿Cuánto?. No sé. ¿Será su complejidad de 1000 en vez de 54? ¿Verdad que parece que será más?. Pues bien, da igual, no nos rompamos el coco y hagamos una simple prueba: supongamos que repetimos todo el ejercicio de arriba no con una baraja de 54 cartas, sino con una de 100. Pues bien, sólo con ese cambio, el abanico de posibilidades pasa, de ser 150 veces mayor que la muestra obtenida en nuestro anterior frenesí barajador, a 61.300.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 veces más grande. Lo escribo así porque, ya lo siento, pero no sé como se dice lo de 63.300
catorcillones?. Es decir, después de tanto baraje, hemos comprado un boleto de los 6,13x10e88 posibles. Oye, tú, ¡¡¡¡Y nos ha tocado!!!
Desde luego, esto no sé si explica que algunos tiendan a creer en diseños inteligentes, pero sí que explica que otros recurran a tantos multiuniversos como hagan falta para que, así, el hecho de la vida pueda ser atribuido, sin complejo científico alguno, al simple azar. Epiciclante total, la cosa, diría yo.
Leches, ¿no os parece ésta una cuestión asaz intrigante, así, como para pensantes?
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