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Vale, Manolo, casquemos.
Perdóname la simpleza si te digo de entrada que en el mundo hay buenas y malas personas. Aceptado eso, no te costará asumir que pasa igual en el mundo de los sistemas políticos. En este sencillo esquema, una democracia sería una buena persona, mientras que una dictadura, como la de Franco, sería una mala persona.
Pero ocurre que con las generalizaciones siempre se corre un cierto riesgo, y aunque el esquema pueda ser acertado, grosso modo, no es bueno dejarse llevar y cascar conclusiones contundentes y precipitadas. Así, una buena persona, por el hecho de serlo o por ser así considerada, no tiene garantizado el cielo, ni siquiera el de tus justos, pues ha de probar su bondad, no con presupuestos previos o simple propaganda , sino con obras buenas, contantes y sonantes. Igualmente, podemos decir que una mala persona no sería genuinamente mala más que si así sus obras lo acreditaran.
Seguramente, en el reducido espectro de los regímenes paleolíticos que nos han gobernado hasta ya y lo que te rondaré morena-, la democracia es la persona de rostro más amable que ha habido nunca. Es razonable que, por parecer ser tan buena persona, no esperemos de ella otra cosa que buenas obras respecto al buen regirse de los seres que a sí mismos se gobiernan. Pero, ¿será esto garantía de saberse gobernar?. Porque realmente, esperar eso, aunque es deseable tender a ser bien pensados y confiados, podría ser un ejercicio de estúpida ingenuidad. No sería la primera buena persona que, más allá de las apariencias, se convierte en una auténtica rapaz asaltapollos. En fin, tú ya me entiendes, o eso espero.
Por ejemplo, te cuento un tema que viví de cerca, cuando era yo un pequeño estudiante de la EGB, ya sabes, aquella especie de LOGSE facha, cruel y de afilados cuernospencos. Es un tema que ha servido de bandera para no pocos de los que presumen de sus luchas en pos de la democracia. Me refiero a los derechos lingüísticos de no pocos de los que estudiaban conmigo, que bajaban de sus caseríos sin saber casi castellano y, no exagero, recogían una cosecha de suspensos tal que me hacían sentir Einstein. Pues bien, he ahí un hecho: aquellos seres estaban lingüísticamente oprimidos, pues no tenían la opción de estudiar en su euskera materno y se veían, así, inmersos en un mundo de marginación académica que manda huevos las consecuencias. Me reconocerás que aquello estaba muy mal y, la verdad, no debería extrañarnos una situación como aquella, pues es lo que cabe esperar de la lógica de una mala persona como la dictadura franquista.
Pero y asín de grande el pero- ¿qué ocurre ahora, en esta bendita democracia, buena persona donde las haiga?. Pues ocurre que, aunque a aquellos que fueron entonces dictatorialmente jodidos nadie les puede devolver lo robado, felizmente, de haber nacido hoy, ya no tendrían que soportar aquel maltrato, contrario a tantos derechos lingüísticos. Hoy podrían haber progresado en euskera, quizás sin pencos. Ahora bien, veamos el otro lado de la moneda, el correspondiente a los derechos lingüísticos que ahora gozamos con el paternal y timocrático sistema de enseñanza actual, al que no llamaré moderno, ni mucho menos progresista, aunque lo sea-. Y es que te diría que, si en aquel entonces, en mi entorno, era del orden del veinte por ciento el número de los que sabían euskera y no podían estudiar en la lengua que los parieron, te digo que, en el ambiente donde lidia mi hijo, resulta que eso les pasa a la inmensa mayoría de los niños que se ikastolizan, donde son sometidos a una reconversión lingüística a lo bestia y en donde resulta del todo imposible estudiar nada, salvando matemáticas, en la lengua que les vio nacer, en este caso el español palabrota donde las haya en mi actual pueblo-. Tenemos aquí una excepción a la lógica que parece mover la dinámica de las buenas y las malas personas. Resulta que donde Patxi discriminaba a veinte, la democracia lo hace con ochenta y cinco. ¿Ves?, he aquí una prueba de que no estamos salvos sólo por el hecho de que seamos buenas y democráticas personas. Hemos de demostrarlo andando como buenas y democráticas personas. Y para saber si lo somos o no, hemos de tener un termómetro que nos diga si lo que hacemos y padecemos es bueno o malo. Y si, por la desgracia que fuera, nos faltase un termómetro, adoptar al menos una improvisada regla, que no cambie a cada paso y que nos sirva para poder comparar, con alguna semiobjetividad, los horrores que el mundo de los sistemas humanos siempre y sucesivamente nos regalan.
En fin, que hay más. Pensemos ahora en cómo se comporta esta buena persona que ahora nos gobierna-mos respecto al tema de la vivienda, esa cosa a la que se supone tenemos derecho, pero que está menos al alcance de todos que nunca. Mis padres se compraron piso bajo la opresora política de suelo de Francisco el Malo. Con el sueldo de mi padre se pagaba la hipoteca, comíamos, nos vestíamos y aún sobraba algo para pequeños lujos. Hoy, puestos negro sobre blanco los derechos de vivienda que Democracia la Santa nos reconoce, resulta que ésta está tan cara que me entran ganas de comparar la situación de cualquier hijopotecado medio con la que padecían tantos esclavos en el mundo de las peores equiscracias habidas. Espera que suban tres puntos los tipos y me dirás de la alegría de muchos de los felices neoesclavos.
Donde yo nací, y por centrarme en mi entorno, la última gran obra pública se hizo en aquellos años que rondaron la muerte de Franco. Después, la sensación que me ha quedado es que sí hemos aumentado un mucho el volumen de las administraciones, pero a costa, me temo, de limitar una barbaridad todo aquello que es esencial para el futuro de cualquier sociedad. Pienso en infraestructuras, claro. La autovía Vitoria-Altube, la autopista Altube-Bilbao, la Autopista Bilbao-Behovia se hicieron entonces, antes de que éste nuestro sistema tuviera asentadas sus poltronas. Hace dos años, más de veinticinco años después de morir Franco, ¡por fin!, se desdobló la N1 a su paso por Etxegarate, y aún hoy, más de treinta años después de tanto gozo democrático, aún no se ha realizado la indispensable autopista que daría salida a la meseta a toda la cuenca del Deba, y eso que de ella ya se hablaba desde que era yo un enano.
Menos mal que los ayuntamientos han podido controlar hasta el estrangulamiento el tema del suelo urbanizable, menos mal, porque ha sido por esa vía como se ha podido mantener el paripé de que hacíamos algo más que chuparnos las pollas. En este tema de la vivienda veo yo el síntoma más claro aparte del de ETA y su inmenso mundo, claro- de la enfermedad que padecemos y que crea, como poco, cientos de miles de tarados económicos y, por tanto, sociales. La vida social en mi entorno está casi muerta. Eso es un hecho. El tema cultural -qué bochorno para todos- depende casi en exclusiva del dinero que las arcas públicas tienen a bien concedernos, etc.
No sé, pienso en el Registro de la Propiedad, en el Código Penal, en las normas de tráfico, en el hombre del tiempo, en la mala educación y en tantas cosas que, a pesar de las buenas o malas personas que nos ha tocado padecer por gobernantes, han funcionado. Y si me dices que el código penal de Franco era malo en no pocas cosas, cosa de obligado reconocimiento, ahora me temo que te pasa que, de puro buen concepto que de la democracia tenemos, no te atreves a darle en los morros de su soberbia a quien, debiendo ser mejor persona, parece que se olvida de sus obligaciones y oprime en no pocas cosas como lo hacía Patxi, o peor, a no pocos súbditos y con a veces bien poco sutiles torturas.
En mi tierra, por ejemplo, no me cabe duda de que podría ocurrir que un día ETA ganara unas elecciones, si es que no las está ganando ya de algún modo. Pero te mentiría si te dijera que esa posibilidad no me asusta por el hecho de que su poder pueda estar respaldado por los votos de alguna ingenua mayoría. Una democracia es mejor que una dictadura, eso es evidente, pero quizás no sea descabellado pensar que, al igual que el mejor manjar huele peor que cualquier otra cosa si se descompone, un día, por no sabernos gobernar, nos encontremos metidos en una dictadura peor que cualquiera de las que anteriormente hayamos padecido. En mi tierra vasca eso lo veo perfectamente posible, y España no es different. Eso sí, ya no podremos echarle la culpa a Franco, que se murió hace... uf, casi ni me acuerdo. Prefiero centrarme en horrores mucho más cercanos, cuyos culpables aún viven y que, quizás, ocupando cargos de autoridad que les viene grandes, en vez de servirnos, como malos amos que son, nos tiranizan. Y es que, quizás, la democracia no es Dios.
Y luego hablas de lo del sometimiento de la mujer al hombre. Y se te olvida que en el mundo católico, el que es más, es menos. Y el que es amo, si se le puede llamar así, lo es para servir. Respecto a la mujer, y por tus risas, debe ser tan brutal la diferencia entre tu concepto de autoridad y el mío, que casi paso de explicarte hasta qué punto ser esclavo de quien te ama de verdad y he dicho esclavo, no esclava- puede ser una delicia. Porque ser amo en el sentido católico se parece mucho más a lo que tú entiendes por esclavo que a lo que, en tu delirio, crees que es un posición de privilegio, me temo. Y a la inversa, ser esclavo -o esclava- en el sentido católico no es sino vivir con gratitud junto a quien te ama sin reservas. Si uno no ama de verdad o no rebosa en gratitud, nunca será auténtico amo de nada, sino, a lo sumo, esclavo de sus miserias, siempre mirando de reojo para ver dónde anda el coco de sus desdichas, que son casi siempre sentidas como desdichas de amo frustrado y frustrante. No quiero alargarme en un tema que te desborda. Simplemente quiero que sepas que sí es posible hacer una interpretación mentecata de las palabras de San Pablo, pero sólo con esa cita que me pones del tío éste, no puedo decirte si comparto su punto de vista o no.
Manolo, pareces una buena persona, llena de un gran sentido de la justicia, aunque tu brújula la vea desorientada y tu justicia se me antoje chillona, simplona y torpe. Eres un claro exponente de la clase de hombre que medra en este tiempo que vivimos. Te durará unos años, como a todos.
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