Ciencia Y Grandes Números
Una serie de entradas en la siempre deliciosa casa del Tío Petros de Jesús M. Landart recoge un paseo por la matemática de los números enormes. Matemáticas convertidas en historia, ciencia y reflexión sobre el mundo en que vivimos, e incluso sobre por qué reflexionamos y cómo sobre estas cosas. Se trata de un artículo de Scott Aaronson, Who Can Name The Bigger Number?, escrito en 1999, que ha sido traducido por Jorge Alonso y que se reproduce completo (salvo las referencias que sí están en el original en inglés).
La historia surge de una pregunta aparentemente sencilla que no lo es tanto: ¿cuál es el número más grande que sabrías escribir en una tarjetilla en unos pocos segundos? A partir de las posibles ideas de conseguir ese número enorme, Aaronson va recorriendo algunos de los temas más jugosos de la matemática (de esos que los lectores de Tío Petros hemos descubierto a menudo con explicaciones sorprendentes), pero hilados en la búsqueda de un monstruo al que en el artículo se le va definiendo con casi todos los nombres posibles de la Bestia.
Había comenzado a leer hace unas semanas el artículo pero luego me olvidé de él, y hoy he visto que en Microsiervos hacían referencia al mismo, así que me he puesto a acabarlo, encontrando esta perla en el octavo capítulo (lo aviso porque alguien podría considerar que esto es matar un poco la incógnita que plantea desde el comienzo):
Uno podría definir la ciencia como el esfuerzo de la razón para compensar nuestra incapacidad para percibir grandes números. Si pudiésemos correr a 280 000 000 metros por segundo, no habría necesidad para una teoría especial de la relatividad: sería obvio para cualquiera que cuanto más rápido fuésemos, más pesados y achaparrados nos volveríamos, y más rápido pasa el tiempo en el resto del mundo. Si pudiésemos vivir durante 70 000 000 de años, no habría ninguna teoría de la evolución, y ciertamente ningún creacionismo: podríamos mirar la especiación y la adaptación con nuestros ojos, en lugar de reconstruir esmeradamente los eventos a partir de fósiles y ADN. Si pudiésemos hornear pan a 20 000 000 grados Kelvin, la fusión nuclear no sería el dominio esotérico de físicos sino el conocimiento familiar ordinario. Pero no podemos hacer ninguna de esas cosas, así que tenemos ciencia, para deducir sobre la gargantúa que nosotros, con nuestras facultades infinitesimales, jamás sentiremos. Si la gente teme a los grandes números, ¿es una sorpresa que también teman a la ciencia y giren al solaz de la confortable pequeñez del misticismo?Desde luego, es una forma interesante de ver las cosas. Especialmente si añadimos en esos "grandes números", los que son fracciones de un gran número, es decir, tanto como lo enormemente grande, rápido o longevo, lo enormemente pequeño. O igual, es simplemente que tenemos que reconocer que cuando intentamos comprender el universo nos quedamos en la orilla por nuestra incapacidad de entender los grandes números.
Nota
Enlaces de acceso al artículo, por partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 8