Volver Al Cine
Hacía tiempo que no recogía mis impresiones de ninguna película... demasiado tiempo, de hecho. Y no porque no haya tenido oportunidad de pasar buenas sesiones, desde luego entre muchas otras perfectamente prescindibles y hasta odiosas. Más de lo último que de lo primero. Igual por eso he olvidado un poco el cine en la pecera (y así, me he convertido simplemente en espectador y lector de quien sabe más de esto), por evitar tener que reconocer cuántas veces uno cae en el cine y se gasta un pastón por aguantar una película en la que no invirtieron ni en guión ni en dirección. Grandes sumas de dinero invertidas en fabricar mierda para mentes poco exigentes.Esta semana he tenido oportunidad de ver dos películas que me han permitido reconciliarme un poco más con el cine (y he de reconocer que, afortunadamente, en los últimos tiempos he caído en buenas películas que deberían haber sido mentadas. Y, lo que no suele ser habitual, varias de ellas con premios Oscar, algo que hacía tiempo que no me pasaba. No hago una lista porque seguro que descubriría que debía decir algo más de alguna de ellas y entonces, como suele pasar, me extendería más allá de mi intención primera y etcétera, etcétera, el habitual ataque de blogorrea en marcha. Stop, por lo tanto). Así que a ellas me refiero.
No voy a desvelar nada que no debiera, ni a centrarme especialmente en la historia de Sophie y Howl, porque realmente no hace falta. La historia es, como le gusta a Miyazaki, un conglomerado de historias y tradiciones entremezcladas, unas muy japonesas (como los roles de las personas y la influencia de lo espiritual en el mundo real) y otras muy occidentales (como siempre pasa en Miyazaki). Las referencias son además amplísimas, y al principio uno parece que esté viendo un resumen de las mejores escenas de Heidi. Como siempre, los personajes se ven sometidos a la acción de hechos y de suposiciones, mezclando la fantasía y la realidad con implicaciones ominosas. Las obsesiones de Miyazaki están al completo: la infancia perdida, la vejez, los magos y brujas, la guerra y el militarismo, el poder, la tecnología y, cómo no, los aviones y todo lo que vuele y dispare. Como siempre, además, unos cuantos personajes aparentemente secundarios conforman un elenco de una historia que no podría ser de otra manera, en la que el espectador, por más que lo intente -y aunque se le deje creer acertadamente a veces que tiene la clave- siempre seguirá sorprendiéndose con cada vuelta de tuerca de la trama.
Habría que mencionar, claro, ese cuidadoso purismo de la animación de siempre, en estos tiempos en que la maravilla de la generación en tres dimensiones permite casi cualquier cosa en el cine de animación. Se ven los cuadros, las pinturas, el trabajo a mano de la animación de los personajes... una delicia retro que además siempre queda justificada. Una historia más, buenísima, de ese grupo -dinastía también- que es Studio Ghibli.
La otra película, como habrían podido suponer del título de la entrada, es la nueva de Almodóvar: Volver. Estuve anoche y aún ando impactado y canturreando la versión increíble del tango Volver que hace Estrella Morente (se puede escuchar en la web oficial de la película), con notas en la cabeza de los paisajes musicales que una vez más ha bordado Alberto Iglesias. E impresionado por Penélope Cruz, a quien tenía en el desván de las starlettes impresentables desde hacía un tiempo, pero que ahora rescataré al altar de las mujeres que son capaces de llenar el alma del espectador con una mirada, o hacernos caer al suelo de un caderazo. No me extraña que Pedro Almodóvar hable de Sophia Loren. O de cualquier referencia al cine italiano, que incluso se hace explícita en la película. Carmen Maura es Ana Magnani, y una ve a la otra en la tele, una "Bellissima" (ay, Visconti...) que es más que un simple homenaje en una película que cuenta historias neorrealistas en una clave casi mágica que es la forma que tiene el director de ver el cine.Como estoy entre quienes amaron también La mala educación, no tengo que perder tiempo en decir que ahora sí ha vuelto Almodóvar a hacer el cine que debía. Lo ha hecho siempre, y es de agradecer que además sea capaz de volver una y otra vez sobre los temas que ama (o que le aterran) creando una historia original, embriagadora... (una vez más omitiré un exceso de adjetivos, aunque a veces es necesario). Hablar de las mujeres, de las actrices, es también algo que parece obligatorio en Almodóvar, pero es que no hay otra forma de reconocer que él como muy pocos es capaz de trasladarnos a este mundo de su mano. Y en general todo el mundo, aunque se me resistía el cuerpo a veces al ver que estaba casi todo el elenco de la comedia de televisión Siete Vidas en la pantalla. (Reconozco que es un simple prejuicio, y que la sitcom ha tenido los mejores momentos de la televisión española, pero los prejuicios son así).
Aunque la historia (la trama) se va haciendo evidente hacia la mitad de la película, la interacción entre los dramas y alegrías de las protagonistas te permite seguir disfrutando paso a paso de cómo encaran la vida ellas, y cómo el mundo les permite tirar adelante. Este proceso vital, tan cercano a la muerte, está también entre las fijaciones del director, y esta vez te sumerges en él desde la secuencia de título, de esas manchegas limpiando el camposanto en medio del calor de un viento solano que, ya lo sabíamos incluso antes de leer a Ignacio Aldecoa, es capaz de trastocar la conducta humana. Y ellas, las protagonistas, consiguen hacer alegre una historia que podría haber sido también tristísima. He mencionado a Pe, y a la Maura, pero sería injusto dejarlo ahí sin hablar también de Chus Lampreave (en el cine, en cuanto apareció, hubo un suspiro-risa generalizado, y no es para menos: Almodóvar nos ha hecho adictos a esta mujer), y a Lola Dueñas y Blanca Portillo. Y también a la joven Yohana Cobo, encargada de decir unas cuantas frases de esas que se convertirán en fetiche pronto.
Seguiría horas, pero quiero volver a verla. Entre otras cosas, para poderme reir de nuevo con el habla de pueblo tan deliciosa de los personajes. Esos gerundios con diminutivo, las expresiones, los guiños a una España rural que es más que España negra. La obsesión con los aerogeneradores, que es algo que a cualquiera que pase por estos paisajes le llama la atención. Quijote de nuevo. En fin, que no quiero desvariar demasiado. Sobre todo cuando Almodóvar ha conseguido, una vez más, reinventarse a sí mismo y hablarnos de lo mismo, es decir, hacer cine.
Postdata:
Puede parecer algo irreverente juntar estas dos películas en un mismo texto. Sin embargo, el placer que proporciona el cine permite esto y más. Vale.