El Agua Y Las Mujeres
Me contaron la anécdota como cierta, proveniente de un belga que trabajaba en un país centroafricano dentro de un proyecto para llevar a pequeñas poblaciones el agua potable. En aquel pueblo el pozo más cercano estaba a más de 5 kilómetros, distancia que tenían que recorrer todos los días las mujeres -siempre son las mujeres- con bidones que a la vuelta pesaban un montón. Se les iba el día en esa terrible labor, a una temperatura insoportable.Los ingenieros diseñaron un sistema para la traída de agua hasta la calle principal del poblado, tras colocar una bomba y una depuradora en el pozo. Instalaron en el pubelo varias bocas de agua, de manera que, a cualquier hora del día, las mujeres podrían rellenar sus bidones. En una segunda fase, planeaba el proyecto con apoyo internacional, se conseguiría tener agua corriente en cada casa.
Sin embargo, tras el primer día de funcionamiento vino la primera noche y el primer atentado: las tuberías fueron asaltadas esa noche y destrozadas las fuentes. Los europeos de la ONG no entendían nada, así que rehicieron el trabajo y lo volvieron a dejar listo para la tarde. Pero esa noche, alguien volvió a romper todo. La investigación llevó a esta persona que nos informaba, el belga, a descubrir a una mujer del pueblo como una de las autoras de los sabotajes.
¿Por qué? Eran ellas, las mujeres del pueblo, las que habían decidido acabar con ese adelanto que les quitaba, ciertamente el trabajo, pero que, sobre todo, les quitaba la autonomía que el ir a por agua les daba: en esa sociedad machista, la mujer está al cuidado de la casa y de la prole, sin oportunidad casi de poder hacer nada sin la estricta supervisión del marido. Salvo, y ahí estaba el tema, cuando se tenía que ir a por el agua. Allí los hombres no iban, de manera que en esas tres horas de viaje las mujeres podían hablar entre ellas, cantar y jugar sin sentir la opresión de sus hombres. Al tener el agua al lado de casa, esa oportunidad desaparecía y las mujeres se covertían en prisioneras todo el día.
Una objetiva mejora como el disponer de agua sin tener que recorrer kilómetros hasta el pozo generaba también una no menos objetiva pérdida de la calidad de vida de las principales interesadas, algo que ninguno de los bienintencionados responsables del proyecto había tenido en cuenta. Se buscó, entonces, una solución salomónica: la traída de agua se dejó a poco más de un kilómetro del pueblo, en una fuente común. A ella siguieron yendo, solas, las mujeres, que agradecían mucho no tener que recorrer tantos kilómetros. Por otro lado, eso les daba más tiempo para estar en el nuevo lavadero.
Pasaba el otro día por uno de esos lavaderos al lado del río que todavía existen en muchos pueblos españoles y recordaba la historia africana. En ellos también las mujeres (y los niños) encontraban un espacio de libertad único que la sociedad -y más la tan cerrada de un pueblo- les negaba. Los cambios sociales vienen mediados por mejoras en las infraestructuras, nadie lo duda, pero sólo cuando además se producen otras situaciones que ayuden realmente a ese cambio. En aquel pueblo africano, me contaban, otros programas fueron consiguiendo que las mujeres tuvieran una existencia menos esclava, con una escuela para los niños, un centro de salud, y un espacio en el que las propias mujeres crearon unos talleres de cerámica y textiles. Poco a poco, aunque aún dentro de una sociedad feudal de los machos, las mujeres vieron que podían ir arrancando algunos espacios para ellas mismas y entonces solicitaron que sí, que ya podían llevarles los grifos hasta casa.