Valores Patrios
MILENIOPublicado en Diario de Noticias
Jueves, 19 de octubre de 2006
No me refiero a lo de la cabra de la legión, los desfiles, y hasta los mantos millonarios de la Virgen del Pilar de hace una semana. El valor de las patrias es, como siempre pasa, puro pelotazo interesado (para quienes con ello hacen sus agostos, o más bien sus octubres). Me refiero a los valores que los ciudadanos declaramos como importantes, como motor de la vida y del sentir nacional. Leía hace poco más de una semana un estudio realizado por sociólogos de la Universidad Pública, donde comprueban cómo cada vez más se apuesta por "la libertad individual" frente al orden social, incluso cuando se contrapone con la igualdad de derechos. La foto de los valores patrios habla así del éxito del "ande yo caliente y etcétera", con una declarada preocupación porque todo sea mejor, más chachi y más sano, pero siempre que yo (y los míos) tengamos de todo antes: trabajo, bienestar, educación y sanidad. Lo que no es ni intrínsecamente malo ni deja de ser lógico en estos tiempos, donde todos los mensajes nos exigen, precisamente eso. Lo malo es que este bienestar individual se acaba siempre contraponiendo a las necesidades de otros colectivos que no tienen acceso a esa burbuja de felicidad en que estamos instalados: entonces nos quejamos y decimos que los de fuera molestan o vienen a robarnos el bienestar. Que son unos aprovechados que en su exigencia dinamitan nuestro éxito.
Con lo que volvemos a lo de la patria: a pesar de que cada vez somos más iguales todos, con tan escaso lugar a la disidencia ni a la diferencia, también somos más individualistas y nos reconocemos menos como parte de nada. Lo geográfico o lo étnico son, simplemente, constataciones de que los que están fuera de nuestro cielo amañado son, por encima de todo, pobres. Y parece que algo de culpa la tengan ellos mismos, incapaces de haber alcanzado tan altas cotas de éxito y felicidad.
A mí, qué quieren que les diga, me da un poco de miedo lo bien que ha funcionado el mecanismo aplanador del nuevo orden mundial en nuestra sociedad, haciéndonos ovejas mansísimas que, además, se preocupan sólo de seguir siéndolo. Y, si hace falta, desfilamos todos bajo la bandera del momento.