Bajo Consumo
Publicado en Diario de NoticiasMILENIO
Jueves, 22 de febrero de 2007
El 31 de diciembre de 1879 Thomas Alva Edison realizó la primera prueba pública de una bombilla incandescente. Al comienzo de ese siglo XIX, Humphry Davy había demostrado que se podía convertir la energía eléctrica en luz, pero desarrollar un sistema eficiente no fue sencillo. De hecho, hasta 1906 no se empezaron a comercializar las bombillas que, poco a poco, fueron cambiando el mundo. Ahora, un siglo después, seguimos usando el invento sin excesivas modificaciones. Y sigue resultando un verdadero gasto de energía, porque sólo un 5% se usa para dar luz, y el 95% restante se convierte en calor. Las bombillas halógenas, que aparecieron mucho después, aunque casi duplican es podercentaje son también simplemente algo muy ineficiente.
Desde hace años existen alternativas viables, algo más caras en el estante, como las llamadas “bombillas de bajo consumo”. Y en los últimos años, se está empezando a ver que para muchos de los usos podría funcionarse de manera mucho más efectiva y económica con con luces de diodo. Usando las bombillas de gas de bajo consumo, se multiplica la eficiencia: duran más y, comparativamente, ahorramos energía. Además su equivalente en emisiones de CO2 a la atmósfera es mucho menor. Hagamos como hagamos las cuentas salen más baratas que las otras. Y conseguimos el mismo efecto de iluminación con un gasto energético sensiblemente menor. (Véase, por ejemplo, en Microsiervos y los enlaces que proponen).
La pregunta inmediata es: ¿por qué seguimos usando mayoritariamente la tecnología obsoleta? Es una de las muchas preguntas que sólo se entienden en el marco de una civilización del derroche donde los poderosos son, precisamente, los que ganan dinero vendiendo la energía al precio que quieren. En algunos países, como Suecia, Australia, Cuba o la República Dominicana, se están preparando para hacer una completa renovación de las bombillas. En Australia se dan 4 años de plazo, y es de agradecer la preocupación de ese gobierno en una medida sencilla, de coste asumible, y que podría disminuir al menos en parte el derroche energético. ¿Y aquí? Por aquí seguimos como siempre, con alguna campaña en plan buen rollo para que ahorremos, pero sin penalizar el consumo de las tecnologías menos sostenibles y, sobre todo, sin promocionar de verdad las alternativas. Y luego parece que todos somos culpables por igual del cambio climático.
Otro día hablaremos de las vacas sagradas.