Nota De Lectura: La Saga Potter
Me ha gustado. Me gustó desde el primer libro, que tiene más que un buen pase como lectura preadolescente (concedamos que no es literatura-de-la-que-te-cagas, porque los críticos, y me refiero con ello a los opositores más que en general a la crítica, andan siempre hilando muy fino). Con alturas y con numerosas bajezas-bajuras, qué le vamos a hacer. Es literatura de consumo -lo es toda, en el fondo y en la forma- pero crea un universo que engancha, a mí me enganchó. Y eso a pesar de tener uno de los protagonistas más odiosos de la historia. No odiosos al estilo de Guillermo el travieso, que se hace encantador porque siempre has querido ser así, sino odioso en el sentido de que el autor, quiero decir, la autora, lo maltrata convirtiéndolo en el típico personaje que siempre se da cuenta el último de todo lo que es relevante. Pero Harry, a lo largo de los años y de ese camino increíblemente cruel que ha de ir recorriendo, en el que va descubriendo que su pasado y su destino -y por ende el de todos los que le rodean- está escrito y gestionado por personas y fuerzas que le son no solamente ajenas y a menudo hostiles, sino simplemente incomprensibles para alguien con esa cortedad de entendimiento y de sentimiento. Los amigos y compañeros de Harry son absurdos, pueriles a veces, malos para nada, inefables o simplemente descomunales. Pero están ahí, y entre todos van componiendo un paisaje en el que, qué quieren que les diga, me habría gustado incluirme más de una vez. Aunque sólo fuera para ver si podía sisear parsel en las noches más desaforadas, o descubrir si mi patronus era algo más que un pez pasmado.La Rowling ha manejado con maestría el arte de producir historias que se convertían en noticia y en éxito editorial. Y sin dejar por ello (o contando con ello quiero conceder, deliberadamente) de mantener el cocido a punto, lleno de tropiezos -o sacramentos, como le suelen decir por aquí. Son los sacramentos, precisamente, los que han ido dando volúmenes y sabores a un conjunto que, con la interacción que supone la irrupción de las versiones cinematográficas, te permite seguir la saga con pasión. En efecto, pasión. A mí me ha apasionado, lo bastante como para seguir leyendo libro tras libro. No tanto como para buscarme un disfraz de la saga para unos carnavales, ni aprenderme los nombres de todos y sus tortuosas relaciones. Ni para que el quidditch me parezca nada especialmente interesante, o caiga por las numerosas webs en las que los conjuros y demás libros de magia van siendo desarrollados por los fans de turno. Pero tampoco me pasó con Tolkien... Igual me podría haber pasado con El Ciclo Barroco, pero me da la sensación de que soy una de las pocas personas en el mundo que se lo han leído -y disfrutado- entero. Vaya, al final salió Stephenson y su saga, que me reservaba para otra nota de lectura. Otra que tengo pendiente hace tiempo, por cierto...
Vuelvo a Potter: el último libro me ha encantado. En sentido estricto. A pesar del epílogo, con el que me pasa como me suele pasar con los epílogos: me sobran casi siempre. Es como esas películas que, al final, te colocan lo que les pasó años después a los protagonistas. ¿No lo hacían en la serie de Porky's? Pues eso. Me da igual saber que Potter está casado y con hijos (uy, esto lo mismo es un spoiler de esos... ahí fue). Lo que necesitaba es ver qué pasaba con los horrocruxes esos impronunciables. Y con el jodío malo maloso de la serie, el que no debía ser nombrado.
Estoy con Daurmith en que hay que agradecer a J.K. Rowling que haya cumplido su palabra de terminar la cosa. Para mí que, en cualquier caso, entre spin-offs y precuelas, o secuelas, lo mismo le da para poder preparar unos cuantos libros más sin problema. Aunque no quiera de momento. Si hiciera como Orson Scott Card o Frank Herbert lo mismo podría saltar un par de milenios y rehacer las historias, convertidas en otra cosa. Lo mismo un día creaba una serie de novelas de la historia de Draco Malfoy, explorando el lado oscuro, un poco en plan Ann Rice... así que tampoco nos vamos a sorprender de nada de lo que pase en el futuro. Vaya, que no estoy poniendo nombres sagrados de la ficción y la fantasía como para que un par o tres de críticos me den unos rapapolvos. Me da igual, conste. Quizá es esa sensación de cierta plenitud, pero también de profunda ausencia, que crea el llegar al final no ya de un libro, sino de una saga. Ahí está. Se acabó Potter. Y uno suspira y piensa... "¿se acabó?". A eso me refería. Con perdón.
El resto, quiero decir, la mercadotecnia, el mogollón, la noticia e Internet y toda la memorabilia, quedan para no aburrirse. Quien crea que no se aburrirá ahondando en lo ya escrito. Por mi parte, evité la tentación de caer en esas exploraciones circulares a base de comenzar a leer la última traducción en libro de bolsillo de una novela del Mundodisco de Terry Pratchett. Eso sí que es una saga imposible, inacabable y adictiva. Pero esa es otra historia. Historia de muggles, quiero decir.
