Témporas (O Mores)
Tengo la mañana tonta, será el equinoccio de otoño, que este año ha sido hace un ratito, a las 11.51 precisamente (hora peninsular). Me explico: estoy convencido de que NO es cosa del equinoccio: el que el centro del Sol pase en ese momento exactamente por el ecuador celeste, en ese punto Libra de la astronomía no tiene un significiado especial para explicar el ánimo o desánimo de nadie. Y el que se lo crea, que se informe. Cierto que en las latitudes medias de nuestro planeta, ese deambular aparente del Sol arriba y abajo del ecuador (que es, al fin y al cabo, la proyección en la imaginaria pero persistente esfera celeste del ecuador terrestre, como si infláramos esa red de coordenadas hasta llegar a la ochava esfera de Alfonso X), permite un régimen de insolación variable a lo largo del año, y esa energía se traduce en unas reconocibles cuatro estaciones. En otras zonas, el efecto es diferente, pero aún así el motor climático de nuestro planeta siempre ha sido el Sol -descontando grandes catástrofes geológicas, algunas catástrofes cósmicas, el efecto de los seres vivos en su conjunto y, en los últimos 150 años, también la mano humana- y dado que el plano de rotación de la Tierra (el plano que contiene el ecuador) está inclinado unos 23 grados y medio con respecto al plano de nuestra revolución en torno al Sol (la eclíptica), estos cambios estacionales son cosa habitual.Por supuesto, la temperie, el tiempo atmosférico, es resultado no sólo de la mayor o menor insolación, o de la mayor o menor altura que el Sol alcanza al mediodía, sino de multitud de otros factores en un sistema cuya predicción resulta poco más o menos que imposible (si es que por predicción entendiéramos un pronóstico que se cumpla el 100% de las veces, independientemente del tiempo que medie entre el momento de hacerlo y al que se refiere). Ni siquiera con los datos crecientes, masivos, exhaustivos, de que disponemos gracias a satélites, estaciones meteorológicas y redes de análisis, los pronósticos están libres de error, y su fiabilidad disminuye a lo bestia en cuanto intentamos predecir qué pasará un día más en el futuro. No digo nada nuevo, que no podamos comprobar cada día (hoy mismo se esperaba lluvia esta mañana en Pamplona, pero ahora el Sol se ha abierto camino entre las nubes). Pronósticos locales o globales, modelos meteorológicos no son exactos -como nos gustaría- pero, afortunadamente, se acierta más que se falla. Y cuando se falla (vale, esto también lo hacen los economistas con la evolución de los valores bursátiles) se tiene una buena explicación de por qué.
(Un paréntesis: cuenta una historia apócrifa y posiblemente nunca sucedida que uno de los primeros esfuerzos "a lo bestia" por realizar buenos pronósticos del tiempo se llevó a cabo por un preparadísimo grupo de meteorólogos creado por el III Reich. Era fundamental poder saber si la temperie iba a fastidiar algún plan de invasión de alguna parte de Europa. Cuenta la historia que tras unos meses de funcionamiento del equipo y de sus pronósticos, Hitler preguntó qué tal iba la cosa, y cuando le comentaron que estaban cerca de llegar al 40% de aciertos, se quedó mirando al subordinado -la leyenda necesariamente incorpora aquí el comentario de que el tío se cagaba por la pataabajo- y dijo: "¿Así que si hubiéramos hecho lo contrario de lo que nos decían los expertos habríamos acertado el 60% de las veces?". Cierro paréntesis)
¿Y a qué viene todo esto? Ya les decía que estaba equinoccial, con mañana tonta sin duda por otras razones, aunque pensando en el equinoccio de otoño de estos pagos septentrionales. Y es que me he acordado de todo esto esta mañana porque el otro día estaba hablando con mi madre y ella me comentó que una amiga le había dicho que las témporas justo se medían ahora. Según esta (sin duda doctísima) señora, según la forma del tiempo de los días 21, 22, y 23 de septiembre, así serían los meses de otoño. A mi madre le parecía simpática la cosa, aunque ya le expliqué que en otras versiones hilan más fino y usan más días, partiendo cada mes en dos quincenas, y en algunos lugares hasta en cuatro semanas. También le expliqué que para otros creyentes en esta tradición de "meteorología alternativa" o más bien directamente "pseudometeorología", las témporas se venían a recalcular con cada lunación. Le dije que incluso hay tradiciones en nuestro país como las cabañuelas de agosto, que en la imaginación de estas gentes reproducen toda la secuencia de la temperie anual en unos cuantos días... Vamos, le dije que siempre podrá uno encontrar que alguna vez se acierta, porque difícil es no hacerlo con tanta variedad. Y que, cuando no se acierta, se olvida, y sólo recordamos cuando acertamos. Lo habitual. Le expliqué que, para colmo, el otoño este año no entraba el día 21, sino hoy. Con lo que, en buena lid, los días para inspeccionar el futuro meteorológico serían 23, 24 y 25 y no del 21 al 23.
Le expliqué, en fin, y ella lo entendió mejor, que si hubiera alto tan estúpidamente sencillo como mirar qué tiempo hace en tres días y así poder tener una buena predicción de lo que iba a pasar en tres meses, parecía no sólo estúpido sino casi criminal que todos los países se gastaran tantísimo dinero en aparatos de medida y en pagar institutos nacionales de meteorología y demás. Meteorólogos, al paro, que tenemos témporas y cabañuelas.
Por más que sé que a mi madre la tengo razonablemente convencida de esas cosas, a través del teléfono percibí también que ella veía imposible convencer a su amiga de lo contrario. Pero eso también podemos entenderlo por la persistencia de las creencias. Por supuesto, en otro plano, deberíamos aplicar el razonable criterio de esperar que algún día un meteorólogo alternativo de esos que defienden esas ancestrales tradiciones temporeras tuviera a bien demostrar que tales predicciones se cumplen. Imagino que las ranas podrán criar pelo en el ínterin.