La Sociedad De La (Des)Información
Publicado en Diario de NoticiasMILENIO
Jueves, 20 de diciembre de 2007
Cabe pensar que hoy jueves 20 de diciembre se convertirá en ley el mayor atentado al derecho ciudadano a la información, con la alegre connivencia de la mayoría del Congreso de los Diputados. Sin duda, uno de los temas de los últimos días ha sido el absurdo canon digital, léase recargo por la jeroba del precio de muchos artílugios digitales, simplemente porque hay que pagar a unas sociedades que detentan (sic) los derechos de autor en este país. Ya hablamos por aquí, y hace años ya, de lo inconcebible que es convertir el derecho a la propiedad intelectual en una tasa arbitraria gestionada además por sociedades que, bajo la apariencia de no tener ánimo de lucro, se están simplemente forrando a costa de todos quienes quieran simplemente tener acceso a la era digital. Qué tiene que ver eso con la autoría intelectual es algo que sólo se entiende en términos crematísticos. Y punto pelota.
Pero tanto canon que va y viene deja pasar casi sin discusión el resto del paquete, una ley que se dice reguladora de la "sociedad de la información" y en la que se coloca en grave riesgo precisamente un acceso libre y efectivo a esa sociedad, que se mueve por los cables telefónicos principalmente, simplemente porque se ha pretendido más bien dar contento a los que ya eran poderosos, en vez de plantear -como seguirá siendo necesario en el futuro- un nuevo concepto de lo que es información en la era digital. Sus señorías, y los asesores que les engañan o les compran con promesas idílicas de un mundo en que "el autor" es de repente ensalzado al parnaso siempre que comulgue son sus ruedas de molino, no deberían ignorar que los nuevos medios exigen nuevas políticas. Que sólo asegurando una transmisión responsable y en libertad de todos los contenidos, con una nueva consideración de los derechos de autor, podrán realmente ayudar en algo a culturizar un país.
Pero no, hoy comenzaremos un nuevo calvario. Con información cara, equipos más caros, con estúpidas puertas en medio del campo y, lo peor de todo, el campo realmente sin que nadie lo are.