Indignante
Publicado en Diario de NoticiasMILENIO
Jueves, 13 de marzo de 2008
Estos días todo el mundo se pone a hablar de lo terrible que supone ese escándalo del gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, que ha dimitido al darse a conocer que solía andar de putas, contratarlas y todo eso. Incluso salió al lado de su compungida mujer (¿qué hizo ella para merecer eso?) a justificar que sus cosas públicas y sus cosas privadas deberían ser tratadas de forma independiente. La noticia, el comentario fácil, o incluso el comentario profundo, llegan en este caso a dar la vuelta al mundo. Y es indignante: no sólo por el hecho en sí, por la hipocresía o puritanismo de una sociedad como la estadounidense (y por ende, del resto del mundo que bebe desde hace demasiado tiempo de su catecismo ético), sino sobre todo porque ese tipo de noticias lleguen a ser objeto de discusión de todo el mundo y no lo fueran cuando se sospechaba, por ejemplo, de que el mismo personaje andaba defraudando dinero público. Ha sido el escándalo sexual el que llama la atención a la gente. Y no el otro.
Es lo que pasa. Como en otra historia, la torna de la de Spitzer, que nos habla de un fiel servidor público, de un juez que en Italia ha terminado preso por un año, condenado por el ¿delito? de negarse a trabajar en presencia de un crucifijo en la sala del tribunal que él -y no la figurita- debería haber presidido. Fue Mussolini quien introdujo las cruces en los juzgados, pero nadie después se dio cuenta de que se debería derogar tal disposición. A Luigi Tosti, del que nadie habla realmente, le han puteado sin robar dinero público, sin tener una conducta más o menos escandalosa, sin obligar a su mujer a venderse por el qué dirán... Y simplemente porque le parece que la justicia es cosa de hombres (y mujeres) y no de figuras crucificadas.