Derechos
Publicado en Diario de NoticiasMILENIO, jueves 4 de diciembre de 2008
Desde hace años organizaciones de derechos humanos de todo el mundo han intentado convencer a las Naciones Unidas (sin éxito por el momento) de que es preciso incorporar el derecho a la propia sexualidad dentro de la carta universal, que no es lógico que uno pueda ser asesinado o encarcelado por estados totalitarios dependiendo de lo que hagas en la cama. Por supuesto, la despenalización de la homosexualidad es un paso cero, elemental, en el respeto a las personas por lo que son. En algunas escasísimas zonas del mundo ese respeto se ha ido materializando en una igualdad ante la ley que permite que la cobertura social de una pareja, los temas sucesorios, la paternidad o el matrimonio no dependan de la forma en que uno usa su sexo como órgano además de placer de relación. Es casi vergonzante la obsesión de estados y confesiones en saber qué hace cada persona con la pilila o el conejito para reconocerle el derecho al trabajo, la vivienda o la familia.
Entonces uno piensa los 130 estados que no apoyan la iniciativa de despenalización ahora iniciada ahora por Francia. O en Afganistán, Antigua y Barbuda, Arabia Saudí, Bahréin, Bangladesh, Barbados, Belize, Brunei, el Chipre turco Djibouti, Dominica, los Emiratos Árabes, Etiopía, Gambia, Gaza, Granada, Guinea Bissau, Guyana, India, Irán, las Islas Cook, Jamaica, Kenia, Kiribati, Malawi, Malasia, Mauritania, Myanmar, Nauru, Nigeria, Pakistán, Palau, Papúa Nueva Guinea, Salomón, San Cristobal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Sierra Leona, Somalia, Sri Lanka, Sudán, Tanzania, Trinidad y Tobago, Tuvalu, Uganda, Yemen o Zambia, que son los países en los que ser homosexual puede costarte entre 10 años de prisión y cadena perpetua o directamente la pena de muerte. No se andan con chiquitas estos estados asesinos, con muchos de los cuales el nuestro mantiene estupendas relaciones diplomáticas y comerciales.
Y entonces llega el Vaticano y se duele de ese intento de despenalización. Pero quiere que no pensemos mal: ellos aman a los gays (qué menos, ya que muchos también lo son), pero odian hablar de sus derechos. Follar sí, pero discretamente. Y en público, mirar a otro lado. Lo más cristiano, ya saben.