Tradiciones Inveteradas
Publicado en Diario de NoticiasMILENIO
Jueves 16 de abril de 2009
Resulta preocupante cómo usamos el doble rasero como si nada. Nos indignamos de que unas mauritanas se manifiesten defendiendo “su cultura” y unas tradiciones que les permiten poco menos vender una menor y prostituirla. Allí en Mauritania es legal (como lo fue aquí hace mucho mucho tiempo, menos del que se creen, conste). Nos parece un oprobio que quieran librarse del estricto cumplimiento de una ley que, afortunadamente y ahora en nuestro país, salvaguarda los derechos de la infancia, independientemente de lo que en otros sitios sea tradicional. Sin embargo, convivimos por aquí con tradiciones también poco respetuosas o, ya puestos, deberíamos poner más celo en separar lo público de lo confesional para respetar más que las tradiciones las sensibilidades de una sociedad moderna y, esperemos, que apuesta por los derechos humanos.
El partido en el poder proclama dentro de unos días su apuesta inveterada por una tradición que, si no fuera por un camino arduo y cruento incluso de lucha por las libertades y los derechos de las personas, sería de facto una limitación de estos para amplios colectivos de nuestra sociedad. Las proclamas de los obispos -tímidamente respondidas estos días por un sector de la intelectualidad católica, pero respaldadas por la tradicional costumbre de comulgar con ruedas de molino del amplio rebaño que sólo bala y se va de vacaciones- muestran que el debate puede abrirse de nuevo, y que acudiendo a la tradición, aquí ni los homosexuales ni las mujeres -y por ende todos los demás- seríamos realmente ciudadanos de pleno derecho.
Pero esto ni lo vemos ni lo denunciamos. A las pobres mauritanas, a quienes lo peor que les pasó es que fueron adoctrinadas en unos dogmas no mucho más medievales que los que por aquí se hisopan a la primera de cambio, las castigamos y exigimos diecisiete años por un crimen execrable. A los otros, ... en fin, a los otros nos los venden como parte de nuestra tradición. Y ante eso, lo que manda la tradición: callados y sin rechistar, que luego te señalan con el dedo.