Asta A Nivel Supraclavicular Izquierdo
Otro muerto en el encierro. Son pocos, en comparación con los miles de descerebrados (perdón, de respetabilísimos ciudadanos) que se ponen delante del toro cada año: quince a lo largo de la historia de los encierros. Incluso contando el enorme gasto de organizar todo, movilizar a todos los policías de Pamplona (incorporando además munipas de otros sitios que se suman), los servicios sanitarios, poner a la ciudad en estado de alerta médica porque nunca se sabe si un toro, como el jandilla colorado de hoy, va a empitonar a unos cuantos... digo, incluso así, las cuentas les salen positivas a quienes podrían declarar esta situación como un absurdo peligroso y caro y prohibirlo.[Ojo, hay un beneficio, hay pasta, hay popularidad: es el único momento -o casi- en que se habla de Pamplona en todo el mundo, y esto mueve la vida económica de una ciudad que por otro lado tampoco es demasiado rentable ni demasiado divertida ni demasiado nada... bueno, sí, demasiado carca, demasiado provinciana, demasiado opusina. Los comerciantes esperan sanfermines para poder hacer cuentas y sacar dinero, y en cierto modo la propia ciudad necesita que, como mínimo, una semana al año pueda ser desordenada, colorida, maloliente y feliz. El pacto tácito es que el resto del año será sumisa, gris, inodora e insípida y no cuestionará el statu quo.]
Pero es curioso mirar el balance un día como hoy, cuando un chaval ha muerto de una cornada, porque realmente quienes asumen este riesgo, este gasto, quienes hacen esa contabilidad de dinero y éxito (vale, y de devoción y tradición, que nadie duda que existan) son de natural muy conservadores, poco dados a reconocer algo así. Al santo encomiendan, además, el éxito, y echan la culpa a los excesos de los de fuera. Por supuesto, un día como hoy no echan la culpa al santo y dan gracias a los de fuera, para qué. Es la forma de mirar el mundo desde la perspectiva del ombligo. Se ve lejos y al otro lado de una enorme barriga.
Párrafos desordenados y exabruptos varios porque en días como hoy uno se pregunta por qué se permite algo así. Si no es macabro en el fondo ese balance contable que asume crear una de las zonas más peligrosas del mundo. Lo digo todos los años, incluyendo en los que no hay muerto, pero da igual. En una sociedad tan tiquismiquis con los riesgos (reales o presuntos), tan controladora de las conductas que se salen de su capilla (sean o no dañinas), el absurdo de que las autoridades promocionen algo así es más patente. Pero ya saben, viva sanfermín.