IgNobel En Harvard, Un Año Más
Como siempre, con octubre llegaron los premios de la ciencia mareada, los IgNobel que siempre anteceden a los Nobel y que siempre dan más que hablar (casi) que los mismos. Claro que, como se demuestra año a año, el tema da para mucho comentario y mucha risa.Como investigar si las vacas a las que llamas por su nombre (el que le has dado, evidentemente) dan más leche que aquellas anónimas, que abre un IgNobel veterinario la mar de vacuno. Ellas, por lo que se ve, tienen más motivación si se las trata más humanamente. Vacunamente. En temas también de salud vacuna, quiero decir, salud pública, para hipocondríacas con un toque milenarista, que están temiendo un ataque terrorista con antrax o algo así en cualquier momento, un suje reversible que se puede usar como máscara antigás. Por cierto, que Paul Krugman, el premio Nobel de Economía que se atrevió a decir justo lo contrario que Zapatero y éste ni se inmutó, como si no fuera con el la cosa (la realidad), se colocó uno a modo de prueba en la ceremonia. Información completa donde siempre, en los AIR...
La Paz mundial, como idea, se verá sin duda mejorada por los estudios que analizan si es mejor que te espachurren en la cabeza una botella de cerveza llena o vacía. Los amantes de la cerveza no tenemos duda: mejor beber antes... O el IgNobel de Biología, para el estudio de reciclado de la caca de panda, que serviría para reducir los desechos caseros en un 90%...
En fin, no les voy a contar nada que no les vayan a contar en cientos de sitios. Divertidísimo, evocador y un poco terrible en un país de IgNobel, donde desde el primero hasta el último de los responsables de la política científica están bailando al son del presupuesto. Dicen que no te quitan, o que te quitan poco, y luego te meten el hachazo. Quizá deberíamos hacer un IgNobel especial para la casi difunta ciencia española, que morirá de crisis total mientras se cantan las excelencias de la misma como única herramienta para salir adelante. Mientras tanto, a la oposición ni se la oye ni se la espera y a los científicos sólo se les oye gemir. Así nos va.
(Perdonen la brevedad, pero me voy volando a Alicante a dar una charla sobre el sistema solar en el MARQ esta tarde)
Añadido posterior
Me pidieron de EL MUNDO un comentario para publicarlo en el papel, el domingo 4 de octubre. Aquí lo pongo:
CIENCIA BIZARRA
Nos llama mucho la atención esto de los IgNobel, y resulta notable que muchos medios de comunicación hablen de su concesión mientras que el resto del año olvidan otras noticias de ciencia más importantes y cercanas. Quizá es porque los premios hablan de científicos raros, rarísimos, tíos capaz de pasarse toda su vida chasqueando los nudillos para comprobar que eso no produce artritis. Quién sabe si al bueno de Donald Unger su madre le dijo hace 60 años que no lo hiciera porque iba a dañarse la mano, y él, con el espíritu crítico consustancial a la ciencia, decidió dedicar su vida a desmontar la leyenda. Lo cierto ese que muchas veces la ciencia ha avanzado así, y estos premios, dejando aparte lo chusco, son también una reflexión sobre el proceso de la ciencia. Los promotores, científicos de los mejores en una de las más avanzados universidades estadounidenses, pensaron hace años que había sitio para la autocrítica, para llamar la atención sobre estudios que quizá no deberían haberse hecho. También servirían para dar a conocer un lado humano de la ciencia: ingenua, humorística, pero siempre sorprendente.
Sucede que en el fondo todos esperamos que los científicos sean como esos que comprobaron que las vacas dan más leche si las llamas por su nombre. Algunas encuestas europeas sobre cómo vemos a los científicos nos dan la razón: los científicos son esos tipos con bata blanca y un montón de bolígrafos en el bolsillo, con problemas para relacionarse con los humanos (pero no con unos matraces humeantes) y potencialmente peligrosos, que no tienen criterios morales o, si los tienen, los pierden siempre que vean que pueden tirar adelante con un sorprendente experimento. Como sociedad que funciona con tanto prejuicio y estereotipo, hemos convertido a la ciencia en algo que podemos parodiar o señalar con el dedo (como se hacía con el empollón de clase), quizá porque así no tenemos tanta obligación de avergonzarnos por no conocer casi nada de ella, quizá porque así nos la cuelan más fácilmente cuando reducen los presupuestos de investigación o de formación, condenándonos a seguir siendo el país del “que inventen ellos”.
Así que si les hace gracia la ciencia bizarra de los IgNobel, piensen que la semana que viene tenemos los Nobel de verdad y también deberían entretenerse leyendo en este diario de qué van. Un poco porque nos va a todos el futuro en ello.