2025-11-21

Un siglo de ciencia y su eco

2025-11-21 · 08:10
Ayer #20N era un día especial, no solo por el medio siglo de la muerte del dictador Franco: justo pasadas las dos de la tarde el Tribunal Supremo dio la campanada de la sentencia condenatoria al Fiscal General del Estado. Si el día tenía tintes grises de la memoria del franquismo ahora se llenaba de la realidad de los poderes que están realmente al mando. Ya he comentado por Mastodon que a esto llegábamos además con todas las exhibiciones de corrupción de partidos que gobiernan y muy principales, con la constatación de la impunidad de las redes de las grandes empresas de España que utilizaron siempre estos métodos con sobres, carteras o bolsas para llevarse el dinero de la obra pública y los permisos para montar lo que sea… En fin, que ayer era un día como para estar poco contento con el mundo que vivimos y con quienes lo gobiernan y sus razones. El cuestionamiento a la democracia, la indignación que ello supone, todos esos factores que, junto con el frío en Pamplona, invitaban a quedarse en casa calentito y leer algo para evadirte. Pero no fue así, porque teníamos una cena con buenas amigas y amigos, gente del mundo de la academia, del pensamiento, buena gente además, que habían propuesto una conversación sobre otros temas. En concreto la propuesta era esta pregunta: ¿Seguimos en la onda expansiva de la revolución de la ciencia y el arte del primer cuarto del siglo XX?

La reflexión dio para mucho en una cena deliciosa que prolongamos hasta la medianoche. Como llegué desvelado, me propuse anotar la argumentación que propuse, desde la parte de las ciencias, para abrir el debate. Un debate que en lo artístico, lo social, lo económico, nos fue llevando por derroteros muy interesantes, pero no me compete a mí hacer de compilador de todas estas ideas, que al fin y al cabo nacían y construían ese espacio amable en el que estábamos, donde se quedarán… aunque nos propusimos volver a cenar dentro de un siglo y ver si todo era una cuestión de perspectiva. Es decir, que en 2125 estaremos hablando del empuje del primer cuarto del siglo XXI y si se mantiene en el XX. Optimistas, ya se ve, siempre lo somos.

Pero voy a lo mío: ¿seguimos en la onda expansiva de la revolución científica, específicamente en la física? Mi humorada inicial es decir que sí pero que igual no. O que no pero igual sí. Que depende del observador y de cómo colapsamos la función de onda. ¿Una respuesta cuántica, estadística? Quizá, o más bien un par entrelazado, opuesto si nos ponemos a medirlo, pero indeterminado hasta que lo hagamos.

Y proponía una forma de medición: la foto del V Congreso Solvay en Bruselas, en 1927, donde se juntaron 29 notabilísimos científicos (17 de ellos fueron premios Nobel). Estaban allí al llamado del capital (quien pagaba el cotarro) para debatir sobre fotones y electrones. Algo impensable hoy día. Fue en esa reunión donde Einstein, poco convencido de la naturaleza estadística de la mecánica cuántica dijo aquello de que Dios no jugaba a los dados. Fue también esa foto la que mostraba cómo solamente una mujer, Maria Slodovska Curie, tenía derecho a estar entre los genios.

El mismo concepto de ciencia de genios, de ideas seminales, que mostraba esa ciencia del primer cuarto de siglo, Einstein, Bohr, Heisenberg, Schrödinger, una alineación de la selección de genios de alguna liga imposible. Pero no estaban las mujeres, de manera notable Emmy Noether, autora del armazón matemático de gran parte de la física moderna. Tampoco podemos dejar de ver que esa revolución venía creciendo desde hacía medio siglo de la mano de otros físicos. Pero el cambio de paradigma, en la versión de Thomas Kuhn, fue el que fue. Y nuestra memoria científica simplifica el caos histórico en héroes individuales. Durante el siglo XIX y buena parte del XX, esa narrativa funcionaba: muchos campos podían avanzar gracias a unas pocas personas excepcionales.

Hoy ya no. O quizá entonces empezó a dejar de ser válida: la especialización, la complejidad, las implicaciones del conocimiento y su aplicabilidad, requerían ya entonces hace un siglo la concurrencia de más personas. Si nos ponemos a pensar en los grandes descubrimientos de este siglo XXI los artículos llevan a veces miles de firmas, de la gente que ha contribuido. La ciencia es más que nunca una labor colectiva. Cierto que a menudo con las ideas seminales de una persona: al bosón de Higgs encontrado en el LHC en un megaproyecto científico en todas las escalas le concedemos el nombre del físico que propuso el modelo teórico medio siglo antes, es cierto.

Tenía por ahí una frase de Helen Longino, filósofa de las universidades de Stanford y Minesota que ha analizado este proceso de la creación de la ciencia: "El conocimiento es siempre un logro social, y su fiabilidad depende de la diversidad y la interacción crítica dentro de la comunidad". Posiblemente hay que añadirle además el factor político (la bomba atómica) o el económico (transgénicos, inteligencia artificial…). Pero parece que la ciencia actual es menos heroica y más coral. Exige pluralidad y estructuras que nunca habrían reconocido los físicos de hace un siglo, aunque les habrían venido bien, dicho sea de paso.

Creemos, añadí, que la ciencia es lo objetivo, que trata de lo objetivo, objetivamente. Pero siendo un logro social nada humano le puede ser ajeno. Asumiendo eso ahora tendremos más ciencia siempre, porque hay más personas, y hasta más diversas; porque hay más medios, más dinero y más presión; porque hay más conocimiento sobre el que construir, y más comunicación; porque ello redunda en más artículos (papers) y en más patentes que nunca. ¿Podemos concluir que la onda expansiva de los años 20 del siglo pasado continúa? Parece que sí pero…

Y aquí llega el punto incómodo. Un estudio reciente (2023) en Nature, “Papers and patents are becoming less disruptive over time”, de Park, Leahey y Funk, demuestra que, pese a tener más científicas y científicos que nunca, la proporción de trabajos realmente disruptivos ha caído hasta un 90% en algunas áreas. ¿Significa esto que la ciencia se está agotando? Quizá no. Quizá significa que las "fronteras fáciles" ya fueron atravesadas. Que descubrir nuevas leyes fundamentales es hoy más difícil, más caro, más lento. O, simplemente, que llamamos "disruptivo" a lo que encaja en nuestros mitos del pasado: teorías compactas y elegantes con un nombre propio en el título.

Es un poco la fatiga de materiales de un esquema de la ciencia que comenzó a funcionar como una maquinaria industrial hace un siglo. Mi hipótesis, cuñada, avisé, es que la ciencia parecía revolucionaria, lo fue sin duda en muchas ocasiones (el propio término “revolución” habla de un cambio de paradigma científico, el propiciado por Copérnico). Pero quizá ya no lo sea tanto: el sistema de ciencia ha seleccionado a la ciencia sumisa, en cierto modo más conformista con el propio sistema o que no lo cuestiona. La ciencia es el zapatero a tus zapatos y es difícil salirse de un esquema que al final puede ser muy depredador. A veces es la ciencia cómplice. Otras veces es la ciencia silenciada o ninguneada, como estamos viendo en el tema climático. Por supuesto no es la ciencia algo aparte de todo lo que tenemos, y las decisiones políticas o económicas afectan también mucho.

Me atreví a citar a una física teórica, filósofa y queer, Karen Barad, para quien no heredamos simplemente las teorías, sino que heredamos las formas de intervenir en el mundo. Ella considera ese realismo agencial que, en el análisis que tenía que cerrar porque nos habían servido unas deliciosas migas de pastor y una ensaladilla rusa, era el momento de cerrar.

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