Una de eternidad en #CienciaEnElBar
Como cada último miércoles de mes, hoy 25 de febrero de 2026 haremos (dentro de hora y media) una sesión de CIENCIA EN EL BAR. En el enlace está la entrada que he hecho para el blog de la actividad, pero como sé que os cuesta mucho eso de pinchar un enlace, leer y luego volver, os lo pego todo tal cual:Buscar la eternidad (o algo que se le parezca) (25/2/26)
Por Javier Armentia, el 20 febrero, 2026.
La eternidad siempre parece bastante tiempo. El máximo posible, si nos ponemos tiquismiquis, cosa que los tres barbas suelen hacer a menudo en las jornadas de CIENCIA EN EL BAR. Por esto, para la convocatoria de febrero han decidido abordar el tema desde diversas perspectivas. La cita será el miércoles 25 de febrero, en el Bar REX Casa de Comidas de la Plaza de la Libertad (s/n) de Pamplona. A las 19 horas y como siempre sucede, mejor ir antes para encontrar sitio porque el aforo es el que es. Ya saben que no se graba ni se retransmite así que solo quienes comparezcan podrán disfrutar de los contenidos.
La longevidad
Sin embargo, adelantamos algo. Por ejemplo, que tenemos este mes un invitado de lujo. Se trata de Javier Novo, catedrático de genética en la Universidad de Navarra. Hablando con él esta semana nos contaba: «La semana pasada se celebró en Madrid la cuarta edición del Longevity World Forum. Repasaré algunas de las ideas que se presentaron allí, junto con los intentos de otros científicos como Audrey de Grey de expandir los límites de la longevidad humana. Podremos discutir si dichos intentos son factibles o si existe un límite biológico de longevidad que no se puede superar.» Por cierto, la web del LWF tiene bastante información sobre el tema por si quieres documentarlo. Y por abrir un debate sobre por qué este tema de la longevidad se convierte en un aspecto que trasciende lo filosófico o lo científico (sanitario) para convertirse en un tema de intereses económicos.
Unas bacterias siempre son un buen ejemplo
Por supuesto, Ignacio López Goñi siempre tiene un microbio a mano para contar historias. Recientemente reconocido por la web académica The Conversation como uno de los comunicadores científicos más relevantes, nos planteaba en el chat en el que vamos organizando los temas de cada mes: «La pregunta es ¿podemos vivir más de 150 años? Como decían Putin y XinPin?». Luego venía a decir que tampoco haríamos nada nuevo y nos colocó un titular de El País: «Hallada una bacteria helada hace 5.000 años capaz de plantar cara a superpatógenos». Así que nos traerá la curiosa vida de Psychrobacter SC65A.3, un microorganismo que han localizado bajo un montón de hielo en una cueva de Rumanía.
Una perspectiva sevillana
Quienes le sigan en las redes y sobre todo en su blog, saben bien que la mirada del físico Joaquín Sevilla tiene un color especial. Por eso propone para esta ocasión reflexionar sobre el sesgo de propiocronismo. Hace ya más de seis años se preguntaba sobre la gran variedad de las escalas de tiempo: los microorganismos de Nacho viven poquísimo en comparación con los humanos, pero nuestra escala es ridículamente pequeña en comparación con la que trabajan los geólogos o las astrónomas. Añade una frase inquietante: «Si empezamos a mirar imaginando otras escalas de tiempo paisajes aparentemente apacibles ya no lo son tanto». Habrá que escucharle entonces.
La eternidad, una cosa muy cósmica
Posiblemente la física de hace poco más de un siglo estaba más o menos tranquila pensando que el universo era eterno, con lo que no teníamos por qué preocuparnos mucho por eso de los comienzos o los finales, esas singularidades que habían dado tanto juego en las teologías a lo largo de la historia. Sin embargo la nueva visión de la física relativista nos trajo de nuevo el comienzo y el fin de los tiempos. Javier Armentia suele decir, siempre que le dejan: «este universo nació, aquí mismo, hace 13.787 millones de años. Así que podemos celebrarlo». Realmente ha dicho que iba a hablar de un titular que le dejó incómodo el verano pasado. Lo vio en Scientific American en mayo del año pasado y venía a decir: «El universo podría acabar antes de lo que los científicos esperaban». Luego decía que ese antes es aún así de unos 10^78 años a partir de ahora (llevamos vividos poco más de 10^10 años). Lo que pasa es que la predicción anterior venía a decir que eso del fin del universo llegaría más o menos en 10^1100 años más. Cosas, por lo que se ve, de la radiación de Hawking.
Por supuesto, no pretendemos que al terminar la sesión de febrero de #CienciaEnElBar salgamos con todos los conceptos claros, pero alguna discusión interesante seguro que habremos tenido. Y si no, claro, siempre podemos pedirle a Eneko algún buen reserva navarro o un single malt de 20 años que si no está cerca de la eternidad sí puede rondar lo sublime.
Estáis invitados, por supuesto. La entrada, como siempre, es libre y gratuita hasta que se llena (y se llena).
Una última nota: esta vez el cartel fusila el cuadro de Dalí «La persistencia de la memoria» que con esos relojes blandos suele servir de ilustración a muchas disquisiciones sobre el tiempo. Se ha dicho muchas veces que precisamente eso de los relojes blandos que se estiran era una alusión a las teorías de Einstein. Pero el artista comentó que su inspiración era más cercana: un camembert dejado al sol que se quedaba así blandito y fundido. Sirva como metáfora. Si esto en vez de ser ciencia en el bar fuera un podcast seguro que acabábamos poniendo «Time» de Pink Floyd. Lo digo por terminar con las referencias de cultura pop.
Vale. Si habéis llegado hasta aquí, gracias por la paciencia. He pensado que lo que iba a contar (el párrafo de la cosmología y eso) tenía pinta de monólogo, así que lo cuelo por aquí porque posiblemente no me atreva a decirlo de la misma manera esta tarde en el Bar Rex.
La eternidad es un mecanismo de defensa (o el problema de tener demasiado tiempo)
(monólogo para físico y público alucinado)
La eternidad es una palabra demasiado grande para nuestra capacidad de comprensión, pero nos encanta manosearla. (Borges decía que la eternidad era simplemente una de las formas del tiempo, el sabría por qué). Pero a lo mío: durante unos siglos, desde el nacimiento de la mecánica clásica, la física vivió una especie de tranquilidad como de siesta reparadora, pensando que el universo era eterno y estático. Era un escenario cómodo: sin principios traumáticos ni finales apocalípticos (que era lo que habían vendido, a menudo con mandoble y espada además de la cruz). Además esto nos ahorra esas singularidades que tanto juego habían dado a las teologías.
Pero la visión relativista nos despertó del sueño y nos devolvió el tiempo lineal, con su principio y su inevitable fin. Bueno, fue realmente el astrónomo Heinrich Wilhelm Olbers quien planteó el problema (que por cierto, tuvo una primera aportación de la mano de Edgar Allan Poe, pero eso es otra historia que creo que he contado por otro lado). Al grano: la prueba más sencilla de que la eternidad es un invento para dormir tranquilos la tenemos cada vez que anochece. Lo llamamos la paradoja de Olbers: si el universo fuera infinito, eterno y estático, el cielo nocturno no sería negro. En cualquier dirección hacia la que miráramos, nuestra vista acabaría chocando con la superficie de una estrella. El cielo debería ser una bóveda blanca y cegadora. Si la noche es oscura es, precisamente, porque el universo tiene una edad finita. La oscuridad es la prueba de que el tiempo empezó y de que la luz de las estrellas lejanas aún no ha tenido tiempo de llegarnos, o de que muchas de ellas ya se han apagado.
Y luego ya vinieron los principios de equivalencia y las ecuaciones de campo de la relatividad general. De verdad, esto lo dejamos para otro lugar porque en un bar hay cosas que no se deben pronunciar. La cosa es que en efecto, la física a partir de 1915 volvió a pensar en un origen de los tiempos (el abad belga Georges Lemaitre aplaudía con las orejas, pero con una matemática envidiable y muy bien asentada). Y de paso acaso en un fin de los tiempos. Para todo, para todos.
Llámale BIG BANG pero es eso. El origen de todo. Que pasó aquí. Suelo decir, siempre que me dejan, que este universo nació aquí mismo hace 13.787 millones de años y que, por lo tanto, tenemos algo que celebrar. Toda la cosmología es en esencia entender todo esto: cuánto tiempo, cuánta energía, cuánta materia, cuánto de aquello o de lo de más allá y si al final, lo que parece probable, acabará todo en la muerte por aburrimiento: todo estaría demasiado lejos y demasiado frío, demasiado demasiado.
Sin embargo, el verano pasado me topé con un titular en Scientific American que me dejó una punzada de incomodidad: «El universo podría acabar antes de lo que los científicos esperaban». Lo de «antes» es para nota. Ese «antes» resulta ser de unos 10^78 años a partir de ahora. Teniendo en cuenta que apenas llevamos vividos poco más de 10^10 años, que alguien use la palabra «pronto» para referirse a un número con setenta y ocho ceros dice mucho de nuestra escala de valores.Lo curioso es que la predicción anterior nos daba un margen de hasta 10^1100 años. Son cosas de cómo funciona la radiación de Hawking (pero perdonadme que no me ponga a echar cuentas y ecuaciones, no me cabe en este margen). La cosa es que aplicando la física todo, desde los agujeros negros hasta la última mota de materia, se evaporará bastante más rápido de lo previsto. Y ahí estamos nosotros, leyendo la noticia con un nudo en el estómago, demostrando lo increíblemente crédulos que somos. Nos angustia que nos quiten unos cuantos cientos de exponenciales de una eternidad que jamás llegaremos a ver, como si nos hubieran recortado el presupuesto de las vacaciones.
La ciencia se obsesiona con el tiempo porque es la única magnitud que no podemos negociar. Nos empeñamos en buscarle un sentido a la eternidad mientras ignoramos la elegancia de lo que se agota. La física actual nos ha robado el «para siempre», pero a cambio nos ha dado un calendario. No es para que se nos amargue el día. Todo lo contrario: debería recordarnos que somos la única parte del universo que se ha dado cuenta de que el reloj está en marcha.(O eso creemos).
Al final, la ciencia no se preocupa por el tiempo para asustarnos, sino para acotar nuestra irrelevancia. Somos una anomalía breve, consciente y sumamente crédula que vive en un paréntesis entre dos nadas. Y quizá, sabiendo que ni siquiera los átomos son eternos, lo más inteligente que podemos hacer es dejar de preocuparnos por el final del calendario cósmico y empezar a tomarnos en serio esos 13.787 millones de años que ya llevamos de ventaja. Porque si el universo se va a acabar «sorprendentemente pronto», lo mínimo que podemos hacer es no perder el tiempo esperando a que ocurra.