Hacia un planeta sin noche (y sin cielo)
Leo en ElDiario el contundente artículo de Antonio Martínez Ron, El fin de la “canica negra”: los datos muestran que nos dirigimos hacia un planeta “sin noche” sobre la luz artificial que cada vez más cubre el planeta. Os lo recomiendo, también el artículo al que se refiere, esta investigación con datos de satélite que se ha publicado en Nature Satellite imagery reveals increasing volatility in human night-time activity.Esa imagen idílica de la Tierra de noche —la famosa "canica negra" salpicada de luces elegantes— (siempre me pareció en cualquier caso algo siniestra porque no dejaba de ser una foto del derroche energético y la mala planificación en la iluminación, he de reconocerlo) se ha quedado vieja, casi como una postal de otro siglo. Durante años nos conformamos con mapas de la contaminación lumínica que eran simples promedios, composiciones que, ahora lo sabemos, maquillaban la realidad (era lo que se podía hacer). Se iba constatando el aumento de la iluminación en muchas zonas del mundo, al paso de lo que se ha llamado con demasiada ligereza progreso y del crecimiento de las ciudades (más de la mitad de la población humana vive en zonas urbanas, olvidemos el mundo rural...), se iba viendo que la apuesta por la iluminación LED no solucionaba el problema porque aunque se gastara menos dinero en iluminar la noche sus consecuencias eran cada vez más dañinas.
Y ahora una nueva vuelta de tuerca: los nuevos datos del proyecto Black Marble de la NASA han cambiado radicalmente el guion: tras analizar más de un millón de imágenes diarias, la noche ha dejado de ser una foto fija para revelarse como lo que realmente es: un sistema dinámico, un latido frenético de nuestra actividad absurda. Lo que vemos ahora no es un mapa, sino un electrocardiograma de la civilización.
Al aumentar la resolución y poder ir más allá de la media estadística, afloran los eventos reales, los que duelen; incrementamos la resolución temporal y ello nos permite descubrir una gran variedad: ciudades que se apagan por la barbarie de la guerra (como en Ucrania o Gaza), el rastro de los apagones tras huracanes o ese parpadeo global que supuso la pandemia. La oscuridad, ese bien cada vez más escaso, se ha convertido en un indicador económico y geopolítico de primer orden.
Pero el dato que debería hacernos saltar es que la iluminación global ha crecido un 16% entre 2014 y 2022. Y no es que haya más gente y por eso hay más luz; es que iluminamos mucho más que nunca antes, un incremento que es de hecho más rápido que el crecimiento poblacional. Es el paroxismo del exceso que marca ya casi todas las actividades de nuestra civilización bajo el yugo del tecnocapitalismo: iluminamos más por persona y no por necesidad, sino como si fuera un desafío de nuevo rico: más luz más luz, parece que gritamos cada vez que se pone el sol.
Mientras en Europa la mancha parece estancada (en niveles ya de por sí obscenos), en Asia el crecimiento es exponencial, asociado a un modelo de desarrollo que, por defecto, parece odiar la oscuridad. E incluso, como comenta el experto Alejandro Sánchez de Miguel en el artículo de ElDiario, la imagen es incompleta, el refugio europeo tampoco existe de hecho. Sucede que las mediciones satelitales empleadas en el estudio son menos sensibles al azul, el rango en el que el alumbrado europeo sigue aumentando específicamente su brillo. Y como consecuencia de ello estamos perdiendo la noche no solo como laboratorio científico, sino como experiencia humana. Más del 80% de la población mundial ya no sabe lo que es ver una Vía Láctea en el cielo. Nos la han robado definitivamente...
Lo que este nuevo análisis nos dice es que nuestra huella ya no es solo una mancha estática en el mapa; es un parpadeo constante que redefine el planeta a golpe de interruptor. Más que iluminar la noche, nos la estamos cargando con un entusiasmo tecnológico que no deja espacio para el asombro. Como ya me había deprimido un poco con todo esto, me he puesto a ver una charla de Sam Lawler, astrofísica canadiense y experta en el tema de la locura de los satélites actual. Está aquí en el tubo: Astronomy vs. The Billionaire Space Race - Samantha Lawler. En su punto de mira las megaconstelaciones de los tecnooligarcas...
La astrofísica Samantha Lawler no se anda con rodeos: la carrera espacial de los multimillonarios no es un avance para la humanidad (en el fondo lo temíamos, salvo quizá los más ingenuos tecnooptimistas que siguen entusiasmados por los colorinchis de ese despliegue), sino una amenaza directa para la ciencia y el medio ambiente. El dato es demoledor: hoy existen más de 10,000 satélites Starlink orbitando sobre nuestras cabezas, lo que supone ya más de dos tercios de todos los satélites activos en el planeta. Una cifra que se va a disparar además en los próximos años, con nuevas constelaciones (megaconstelaciones) de otras empresas, de China, de Rusia... No hay regulación además ni nada que se lo parezca.
Lo que nos venden como conectividad global es, en realidad, un modelo de negocio basado en la obsolescencia programada orbital. Estos satélites son desechables en su propio concepto: tienen una vida útil de apenas cinco años, tras los cuales se lanzan a una reentrada atmosférica para quemarse. Sin embargo, la promesa de que se desintegran sin dejar rastro es falsa. Lawler documenta restos físicos de SpaceX caídos en granjas de Saskatchewan y Carolina del Norte, un recordatorio de que la basura espacial también tiene puntería terrestre. (Estuvimos viendo en el festival Ecozine de Pamplona hace menos de un mes el documental "Shifting Baselines" de Julien Elie, en el que salía ella precisamente relatando ese caso y cómo era imposible con la legislación actual que el problema se pueda regular de forma adecuada).
Desde el punto de vista científico, el impacto es un sabotaje en toda regla a la humanidad y al planeta. Por un lado la contaminación lumínica que raya el cielo y queda reflejado en los datos que los observadores astronómicos toman del cielo: las rayas brillantes que dejan estos objetos en las imágenes de los detectores astronómicos están comprometiendo la búsqueda de objetos transneptunianos (como el Planeta 9) y afectarán gravemente al Observatorio Vera Rubin. Las monitorizaciones del cielo en todos los temas de interés astronómico y social (el patrullaje de objetos potencialmente peligrosos para la Tierra) están comprometidas ya: se tienen que limpiar los datos, potencialmente perdiendo algunos lugares o momentos que podrían ser fundamentales... y nos quedaremos sin saberlo.
Pero además hay que sumar el ruido radioeléctrico: estos satélites funcionan como torres de telefonía voladoras que emiten señales directamente hacia los radiotelescopios, bloqueando de forma irreversible partes críticas del espectro para la investigación. A la mierda la radioastronomía también...
Estos satélites tienen bastante aluminio en sus estructuras, que son así más ligeras. Pero al quemarse en la atmósfera en la reentrada al cabo de su vida útil (o en algún accidente antes de ello) comenzarán a alterar irreversiblemente la química atmosférica: el vapor metálico generado alterará la temperatura de la atmósfera superior y dañará la capa de ozono. Esos aerosoles van a tener consecuencias en el forzado radiativo de la atmósfera, convirtiéndose en el futuro en un nuevo factor de riesgo para el equilibrio del clima.
La regulación actual, liderada por organismos como la FCC, más preocupada por la cuestión económica, ignora sistemáticamente la seguridad orbital y el riesgo de colisiones en cadena —el temido Síndrome de Kessler— que podría dejar la órbita terrestre inutilizable para futuras generaciones. La conclusión de Lawler es puramente pragmática: necesitamos infraestructuras de internet terrestre (fibra y torres) y una legislación que deje de tratar el espacio como un vertedero sin dueño antes de que el cielo nocturno natural pase a ser, definitivamente, un recuerdo del pasado.
Por supuesto nadie le hará caso. Por supuesto, nadie va a disminuir tampoco esto de la contaminación lumínica que comentábamos. Un nuevo signo de que nuestra civilización está emprendiendo acciones destinadas a colapsarla mientras los ricos se dedican a hacerse más ricos. A ver cómo nos salvamos de nosotros mismos.