Ella Lloró

Milenio, lunes 16 de junio de 2003, Diario de Noticias
Desconsoladamente, ante las cámaras, exhibiéndose así una vez más. Otro capítulo en una vida que es puro espectáculo televisivo; porque al fin y al cabo sabemos de ella por la televisión que le ha dado existencia, y ahora la vemos convertida en la famosa más famosa de ese hotel un poco parada de los monstruos. Yola lloraba, con lágrimas de silicona que, a pesar de todo, eran lo más real del espectáculo mediático. Y es comprensible la emoción de quien ha rescatado las mamadas del monopolio de la política norteamericana: habían sido cuatro duros meses luchando contra los otros en conseguir ir un poco más allá (más allá de lo imaginable) y mantener una audiencia que es la que justifica su ser.
Dejando de lado las consideraciones habituales que suscita la telebasura (esas descalificaciones que son tan obvias como innecesarias como estúpidas, más aún cuando vienen de presidentes de gobierno que viven, al fin y al cabo, de vender también su presencia en la caja tonta) lo que tenemos delante retransmitido por las ondas es ni más ni menos lo que funciona. Desengañémonos: esto funciona. Porque conectamos el televisor y somos partícipes de la liturgia tan poco glamurosa, cómplices al fin y al cabo de esa telenovela cuyo guión exige lo exagerado, lo impresentable y lo impúdico. Por supuesto, siempre podemos cambiar de cadena, o apagar la tele, vivir en el mismo mundo pero sin atender a la farsa que se nos pretende vender. ¿Y?
Sólo si todos hiciéramos eso a la vez el negociete se cerraría. Porque mientras se mantenga un porcentaje de audiencia suficiente, los programadores seguirán con ello. Ahora bien, ¿puede esta vez la opinión pública movilizarse de esta manera? ¿No sería esa misma movilización un absurdo? (y de ahí lo estúpido de quejarse como si el hotel glam o las crónicas marcianas fueran el enemigo a batir)
Lo más terrible de las lágrimas de Yola es que, en el fondo, responden a una situación que ha traspasado la propia dimensión que debería tener un programa de "entretenimiento", y esas formas y maneras -el yolismo, el pocholismo, el tamarismo, etc...- las vemos también en la calle, en la política, en la economía, un poco por todos los sitios. Lo vergonzoso no es que estas gentes tengan éxito en la tele, sino que el país entero parezca un hotel de monstruos bastante patéticos. Algunos, incluso, con carta de diputado.
(foto cortesía del osito)